Encaje rojo, deseo sin pausa
NarradorSensual
3 de noviembre de 2026
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Sensual y envolvente
El departamento de Regina olía a café recién hecho y a ese perfume dulzón que se ponía detrás de las orejas. Tenía veintiocho años, un trabajo estable como diseñadora gráfica y una cama king size que, según sus amigas, estaba desperdiciada. Esa noche, sin embargo, la cama iba a cumplir su propósito. Frente a ella, sentado en el sillón de terciopelo verde, estaba Emiliano, de treinta y un años, ingeniero de audio, con una sonrisa que le marcaba hoyuelos y una mano descansando sobre su muslo, como si no tuviera prisa pero sí hambre.
—¿Entonces sí te gustó el vino? —preguntó Regina, arqueando una ceja mientras se recogía el cabello castaño en un chongo flojo. Llevaba un vestido negro que se le pegaba a las caderas y dejaba ver el borde de un encaje rojo en el escote.
—Me gustó más verte a ti tomándolo —respondió Emiliano, con la voz grave y pausada—. Te quedas callada un segundo antes de tragar, como si le dieras permiso al sabor.
Regina soltó una risa corta, pero el calor ya le subía por el cuello. Emiliano se puso de pie, caminó hacia ella con la calma de quien sabe que ya ganó, y le puso una mano en la cintura. La tela del vestido se arrugó bajo sus dedos. La acercó lo suficiente para que ella sintiera el bulto duro en su pantalón de mezclilla.
—No te hagas la sorprendida —murmuró él contra su oído—. Desde que abriste la puerta supe que esto iba a terminar contigo encima de mí.
—¿Encima? —Regina echó la cabeza hacia atrás, dejando que él besara su cuello—. Qué confiancita te cargas.
—No es confianza, es observación. Te vi cruzar las piernas tres veces mientras platicábamos. Y te mordiste el labio cuando te dije que tu boca se veía bonita.
Ella no respondió. En lugar de eso, le agarró la nuca y lo besó con una urgencia que desmentía su tono juguetón. Las lenguas se encontraron húmedas, calientes, con ese sabor a vino tinto y deseo acumulado. Emiliano la apretó contra su pecho, y Regina sintió sus propios pezones endurecerse bajo el encaje del sostén. Él deslizó las manos hacia sus nalgas, las apretó con fuerza, y ella gimió dentro de su boca.
—Quiero verte —dijo Emiliano, separándose apenas, con los labios brillantes—. Toda.
Regina dio un paso atrás. Con una lentitud deliberada, se bajó los tirantes del vestido. La tela cayó al suelo con un susurro. Debajo llevaba un conjunto de encaje rojo: sostén de aros que realzaba sus pechos redondos y un cachetero que se le metía entre las nalgas. Pero lo que Emiliano miró con más atención fue la forma de su entrepierna, apenas insinuada bajo el encaje. Regina sostuvo su mirada, desafiante, mientras se quitaba el sostén y dejaba al descubierto sus pechos, con pezones oscuros y erectos.
—Soy trans, Emiliano —dijo, con la voz firme, aunque el corazón le latía rápido—. Si eso cambia algo, dímelo ahora.
Emiliano no apartó los ojos de su cuerpo. Se acercó de nuevo, le tomó la barbilla con suavidad y le dio un beso corto en los labios.
—Lo único que cambia es que ahora quiero chuparte más partes de las que pensaba.
Regina soltó una carcajada nerviosa que se convirtió en un jadeo cuando Emiliano se arrodilló frente a ella. Le bajó el cachetero con los dientes, despacio, dejando un rastro de besos en su abdomen, en sus caderas, en la parte interna de sus muslos. Cuando la prenda cayó al suelo, el pene de Regina se liberó, semierecto, y Emiliano lo tomó con una mano, con una mezcla de reverencia y deseo.
—Mira nada más —susurró, pasando el pulgar por la punta húmeda—. Tan bonita y tan dura para mí.
Regina se estremeció. Emiliano abrió la boca y la deslizó sobre su miembro, lento al principio, saboreando cada centímetro. Regina echó la cabeza hacia atrás y se agarró de sus hombros. La sensación era abrumadora: la lengua de Emiliano jugueteaba con el frenillo, sus labios apretaban con la presión justa, y una de sus manos le acariciaba los testículos con suavidad. Regina empezó a mover las caderas, buscando más profundidad, y Emiliano la dejó, relajando la garganta, hasta que la punta tocó el fondo.
—Así, no pares —jadeó ella, con las uñas clavadas en la tela de su camisa.
Emiliano la miró desde abajo, con los ojos llorosos y la boca llena, y Regina sintió que las piernas le temblaban. La chupaba con una devoción obscena, haciendo ruidos húmedos que llenaban el departamento. De pronto, se apartó con un hilo de saliva conectando sus labios con la punta del pene de Regina.
—Ahora quiero que te sientes en mi cara —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Quiero comerte el culo mientras te masturbas.
Regina sintió un vuelco en el estómago. No era una propuesta que esperara, pero la excitación le ganó. Asintió, mordiéndose el labio. Emiliano se recostó en la cama, se quitó la camisa y el pantalón, quedando en boxers negros que no ocultaban su erección. Regina se subió a la cama, se colocó sobre su rostro, de espaldas a él, y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus muslos. Emiliano le separó las nalgas con ambas manos y pasó la lengua por su entrada, despacio, en círculos.
—¡Ay, cabrón! —gimió Regina, arqueando la espalda.
Emiliano no respondió con palabras. Su lengua se volvió más insistente, alternando entre lamidas amplias y penetraciones cortas. Regina empezó a masturbarse, con movimientos rápidos, mientras él le comía el culo con una entrega que la hacía temblar. La barba de Emiliano le raspaba la piel sensible, y eso solo aumentaba el placer. Regina sentía la saliva escurriendo entre sus nalgas, mezclándose con su propio sudor.
—Me encanta cómo te abres para mí —murmuró Emiliano contra su piel, antes de meter la lengua más adentro.
Regina gimió su nombre, una y otra vez, mientras se masturbaba con desesperación. Estaba tan excitada que sentía el orgasmo acercarse como una ola. Pero no quería terminar todavía. Se apartó de su rostro, jadeando, y se giró para quedar frente a él.
—Ahora te toca a ti —dijo, con los ojos brillantes—. Quiero que me cojas.
Emiliano se quitó los boxers. Su pene era grueso, con venas marcadas y la punta roja y húmeda. Regina se puso en cuatro patas, con el culo levantado, y lo miró por encima del hombro. Emiliano se acercó, se escupió en la mano y se lubricó el miembro. Luego, con una mano en la cadera de Regina y la otra guiando su pene, apoyó la punta en su entrada.
—Dime si te lastimo —dijo, con la voz ronca.
—No me vas a lastimar —respondió ella, empujando las caderas hacia atrás—. Métemela toda.
Emiliano empujó. La punta entró con una resistencia deliciosa, y Regina soltó un gemido largo. Él se detuvo un segundo, dejando que ella se acostumbrara, y luego siguió, centímetro a centímetro, hasta que sus testículos chocaron contra sus nalgas. Regina apretó las sábanas con fuerza. Estaba llena, completamente llena, y la sensación era tan intensa que se le nubló la vista.
—Muévete —suplicó—. Ya, por favor.
Emiliano comenzó a embestirla con un ritmo lento pero profundo. Cada embestida arrancaba un gemido de la garganta de Regina. La cama crujía bajo ellos. Emiliano le agarró las caderas con fuerza, dejando marcas con los dedos, y aumentó la velocidad. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, junto con los jadeos y las maldiciones en español.
—Te sientes tan apretada, tan caliente —gruñó Emiliano, inclinándose sobre su espalda para morderle el hombro—. Me vuelves loco.
—Más fuerte —pidió Regina, con la voz quebrada—. No te detengas.
Emiliano obedeció. La embestía con una fuerza que la hacía avanzar sobre la cama. Regina se tocaba el pene, que goteaba sobre las sábanas, mientras él la penetraba sin piedad. De pronto, Emiliano se salió, la giró con brusquedad y la puso boca arriba. Le levantó las piernas, colocándolas sobre sus hombros, y volvió a entrar de una sola estocada.
—Quiero verte la cara cuando te vengas —dijo, mirándola fijamente.
Regina lo miró, con los labios entreabiertos y el cabello pegado a la frente. Emiliano la penetraba con un ángulo que le rozaba la próstata, y Regina sintió que el placer se le acumulaba en el bajo vientre. Se masturbó con rapidez, mientras Emiliano le apretaba los muslos y le chupaba los dedos de un pie.
—Ya casi, ya casi —jadeó ella, arqueando la espalda.
—Vente conmigo —respondió Emiliano, aumentando el ritmo—. Quiero sentirte apretarme.
Regina gritó. El orgasmo la atravesó como un rayo, sacudiéndole todo el cuerpo. Su pene se contrajo y disparó semen sobre su propio abdomen, mientras sus músculos internos apretaban a Emiliano con fuerza. Él gimió, con la mandíbula tensa, y dio tres embestidas más antes de enterrarse hasta el fondo y venirse dentro de ella, con un gruñido profundo.
Se quedaron así un momento, jadeando, con los cuerpos pegados y sudorosos. Emiliano se retiró con cuidado y se dejó caer a su lado. Regina se giró hacia él, con una sonrisa satisfecha, y le pasó un dedo por el pecho.
—¿Y bien? —preguntó, con la voz ronca—. ¿La cama estaba desperdiciada?
—Para nada —respondió Emiliano, riendo—. Pero creo que ahora sí le dimos uso.
Regina se acercó y lo besó, lenta, saboreando el sudor y el vino. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero dentro del departamento solo existían ellos dos, desnudos, satisfechos y con ganas de repetir.