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La brasa que Andrés encendió en Mariana

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LetrasArdientes

23 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Mariana llevaba veintitrés años acumulando una curiosidad que le pesaba en el vientre como una brasa encendida. No era falta de oportunidades: en la universidad y luego en su trabajo como diseñadora gráfica en una agencia de Caracas, los hombres le coqueteaban, la invitaban a salir, le rozaban la cintura en los ascensores. Pero ella siempre se frenaba justo antes del borde, con una mezcla de nervios y una exigencia íntima que no sabía nombrar. Hasta que conoció a Andrés, un ingeniero de veintiocho años, con un apartamento propio en Los Palos Grandes, una sonrisa pausada y unas manos que parecían saber exactamente cuándo detenerse.

Esa noche, después de tres semanas de mensajes subidos de tono y dos citas en las que se habían besado hasta quedarse sin aliento en el carro de él, Mariana decidió que era el momento. Se puso un vestido negro de algodón que se le pegaba a las caderas, sin sostén, y unas sandalias bajas. Se miró al espejo de su cuarto alquilado en Chacao y se dijo en voz baja: “Hoy sí, chama. Hoy dejas la vaina”.

Andrés la recibió en la puerta de su apartamento con una camisa blanca arremangada hasta los codos y un jean oscuro. Olía a madera y a un perfume limpio. Apenas cerró la puerta, la acorraló suavemente contra la pared del recibidor. No dijo nada. Le tomó la cara con ambas manos y la besó lento, profundo, mordiéndole el labio inferior con una calma que a ella le encendió el pecho. Mariana le agarró la camisa con los puños y lo atrajo más, sintiendo ya la dureza de él contra su cadera.

—¿Estás segura? —preguntó Andrés, con la voz ronca, separándose apenas un centímetro.

—Sí —respondió ella, sin soltarlo—. Llevo toda la semana pensando en esto. En ti. En cómo me vas a tocar.

Él sonrió, esa sonrisa torcida que a ella le derretía las rodillas, y la llevó de la mano hasta la habitación. El cuarto era amplio, con una cama tendida con sábanas grises y una luz cálida que venía de una lámpara de pie. Andrés se sentó en el borde del colchón y la atrajo para que quedara de pie entre sus piernas. Le subió el vestido despacio, rozándole los muslos con los nudillos, y Mariana sintió un escalofrío que le subió por la espalda. Cuando el vestido quedó hecho un montón en el suelo, Andrés se quedó mirándola: los pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros ya endurecidos, la cintura estrecha y el triángulo de vello negro asomando sobre la ropa interior de encaje.

—Eres más linda de lo que imaginaba —dijo él, y le pasó las manos por las costillas, subiendo hasta cubrirle los senos con las palmas calientes. Mariana echó la cabeza hacia atrás y gimió bajito cuando él le pellizcó los pezones con suavidad, rodándolos entre el pulgar y el índice.

—Me encanta cómo suenas —murmuró Andrés, y se inclinó para besarle el esternón, bajar por el valle entre los pechos y atrapar un pezón con la boca. Lo chupó despacio, con la lengua caliente, mientras con la otra mano le apretaba el seno libre. Mariana le enterró los dedos en el cabello y arqueó la espalda, empujándose contra su boca. Sentía el calor concentrándose entre las piernas, una humedad que ya le mojaba la tela delgada del encaje.

Andrés la tumbó en la cama con cuidado, como si fuera algo precioso, y se quitó la camisa. Mariana lo miró desde la almohada: el pecho ancho, el vello oscuro que bajaba en una línea fina hasta el ombligo, los brazos fuertes. Él se desabrochó el jean y lo bajó junto con los boxers, y Mariana contuvo el aliento. Lo tenía grueso, largo, con una vena marcada en el costado y la punta ya brillante. Andrés se arrodilló en la cama y le quitó la ropa interior con una lentitud deliberada, deslizándola por sus piernas y dejándola caer al suelo.

—Ábrete para mí —le pidió, con la voz espesa.

Mariana obedeció, separando los muslos. Andrés se acomodó entre sus piernas y le pasó la lengua por el interior del muslo, subiendo despacio, dejando un rastro húmedo. Ella tembló. Cuando por fin le pasó la lengua por el centro, de abajo hacia arriba, Mariana soltó un quejido ronco y se agarró de las sábanas. Andrés lo hizo otra vez, más lento, deteniéndose en el clítoris con la punta de la lengua, dibujando círculos pequeños. Le agarró las caderas con las dos manos y la sujetó firme mientras la lamía con una dedicación que a ella le nubló la vista.

—Andrés… —jadeó ella, moviendo las caderas contra su boca—. Así, justo ahí… no pares.

Él no paró. Le metió un dedo despacio, sintiendo lo estrecha y mojada que estaba, y Mariana gimió más fuerte. Luego otro, bombeándolos suave mientras la lengua seguía trabajándole el clítoris. Mariana sintió que el placer se le acumulaba en el vientre, una presión caliente que le subía por la espalda. Cuando Andrés curvó los dedos hacia arriba y chupó con más fuerza, ella se vino con un grito ahogado, las piernas temblándole alrededor de la cabeza de él, las caderas alzándose de la cama.

—Qué rico te viniste —dijo Andrés, subiendo para besarla. Mariana se probó en su boca, salada y tibia, y le pasó las manos por la espalda, arañándolo suave. Lo sintió duro contra su muslo, caliente y pesado.

—Quiero sentirlo adentro —dijo ella, con la voz entrecortada—. Ya no aguanto más.

Andrés se apartó un momento para buscar un condón en la mesa de noche. Se lo puso con manos seguras y volvió a colocarse entre sus piernas. La punta le rozó la entrada y Mariana contuvo el aliento. Él la miró a los ojos, buscando confirmación, y ella asintió, mordiéndose el labio.

—Tranquila, mi vida —murmuró él—. Vamos despacio.

Empujó apenas, solo la punta, y Mariana sintió un estiramiento ardiente, una presión que le cortó la respiración. Andrés se detuvo, dejándola acostumbrarse, besándole el cuello, la mandíbula, los párpados. Luego empujó un poco más, y otro poco, hasta que estuvo completamente adentro. Mariana soltó un gemido largo, las uñas clavadas en los hombros de él. La sensación era abrumadora: llena, caliente, invadida de una forma que no había imaginado.

—¿Estás bien? —preguntó Andrés, quieto, con la frente apoyada en la de ella.

—Sí… —susurró Mariana—. Muévete, por favor.

Él comenzó a moverse despacio, con embestidas largas y profundas, retirándose casi por completo para volver a entrar. Mariana enganchó las piernas alrededor de su cintura y lo recibió con un movimiento de caderas que lo hizo gemir contra su boca. El sonido de sus cuerpos chocando llenó el cuarto, mezclado con los jadeos de ambos.

—Qué apretada estás —dijo Andrés, con la voz ronca—. Me vuelves loco.

—Más rápido —pidió ella, y él obedeció, aumentando el ritmo, agarrándole una pierna para subirla sobre su hombro. El ángulo cambió y Mariana sintió que el placer se le disparaba de nuevo, una corriente eléctrica que le subía por el vientre. Andrés la embestía con fuerza, con un ritmo constante que hacía temblar la cama. Mariana se agarró de las sábanas con una mano y con la otra le apretó el brazo, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos.

—No pares, no pares… —repetía ella, con la voz quebrada, y Andrés le mordió el cuello, le chupó la piel, le dijo cosas sucias al oído que la hicieron arquearse entera.

—Eres mía ahora —le gruñó él, y Mariana sintió que esas palabras le atravesaban el pecho. Se vino otra vez, con un grito largo, apretándose alrededor de él con espasmos que le sacudieron todo el cuerpo. Andrés siguió embistiendo, persiguiendo su propio placer, y al final se vino con un gemido profundo, enterrándose hasta el fondo y quedándose quieto, temblando sobre ella.

Se quedaron así un rato, respirando agitados, los cuerpos pegados por el sudor. Andrés se retiró despacio y se deshizo del condón, luego volvió a la cama y la abrazó, acomodándola contra su pecho. Mariana sentía el corazón latiéndole fuerte, las piernas flojas, una sonrisa tonta en la cara.

—¿Y entonces? —preguntó Andrés, besándole la frente—. ¿Valió la pena esperar?

—Chamo, sí —dijo ella, riendo bajito—. No sabes cuánto.

—Bueno, esto es solo el comienzo —dijo él, deslizándole una mano por la espalda, bajando hasta la curva de su trasero—. Porque ahora que te tengo aquí, no pienso soltarte tan rápido.

Mariana lo miró, con los ojos brillantes y el cuerpo todavía vibrando, y supo que esa noche no había terminado. Ni de cerca.

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