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La noche en que Mariana se dejó tocar

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HistoriasOcultas

29 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Mariana llevaba tres años trabajando en la misma oficina y veintisiete de vida sin saber lo que era que un hombre la tocara de verdad. No por falta de ganas, sino porque siempre había priorizado su independencia, su apartamento en Chapinero y su puesto como analista financiera. Pero esa noche, después de un viernes eterno cerrando balances, aceptó por fin la invitación de Andrés, el ingeniero de sistemas del piso once, a tomar algo en un bar cerca de la empresa. Él tenía treinta y un años, una sonrisa tranquila y unas manos grandes que ella había observado más de una vez tecleando en las reuniones.

El bar era pequeño, con luces cálidas y música a volumen bajo. Pidieron dos cervezas artesanales y hablaron de cosas simples: el trancón de la séptima, la nueva política de parqueaderos, lo malo que estaba el café de la máquina. Pero bajo la mesa, la rodilla de Andrés rozó la de ella y ninguno de los dos se movió. Mariana sintió un calor distinto, un cosquilleo que le subió por el muslo y le apretó el estómago. Andrés la miró fijamente, con una calma que no ocultaba el deseo, y le preguntó si quería ir a su apartamento, que quedaba a tres cuadras. Ella asintió sin pensarlo, con la boca seca y el corazón golpeándole las costillas.

En el ascensor no se tocaron, pero la tensión era tan densa que Mariana podía oír la respiración de él, un poco acelerada. El apartamento de Andrés era ordenado, con un sofá gris, una mesa de centro con libros de programación y una vista discreta a la calle. Él le ofreció agua, ella dijo que no, y entonces se quedaron de pie, frente a frente, a medio metro de distancia. Andrés alzó una mano y le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. El roce de sus dedos en el cuello la hizo temblar.

—¿Estás segura? —preguntó él, con la voz ronca.

—Sí —dijo Mariana—. Llevo mucho tiempo queriendo esto.

Andrés se inclinó y la besó. Fue un beso lento al principio, exploratorio, pero en segundos se volvió profundo, húmedo, con lenguas que se buscaban y dientes que chocaban un poco por la urgencia. Mariana le rodeó el cuello con los brazos y él la atrajo por la cintura, pegando sus cuerpos. Ella sintió la dureza de él contra su vientre y gimió dentro de la boca de Andrés. Él deslizó las manos por su espalda, bajó hasta sus nalgas y las apretó con firmeza, arrancándole un jadeo.

—Quiero verte —murmuró Andrés contra sus labios—. Toda.

La llevó al cuarto, un espacio con una cama tendida y una lámpara de luz tenue. Se detuvieron al borde del colchón. Andrés le quitó la blusa lentamente, botón por botón, sin dejar de mirarla. Mariana se sintió expuesta, pero no incómoda; al contrario, el deseo en los ojos de él la hizo sentirse poderosa. Llevaba un brasier negro de encaje que realzaba sus senos redondos, de pezones oscuros que ya se marcaban duros bajo la tela. Andrés lo desabrochó con destreza y lo dejó caer al suelo. Luego se inclinó y tomó un pezón en la boca, chupándolo con suavidad al principio, luego con más fuerza, mientras su mano pellizcaba el otro. Mariana arqueó la espalda y le clavó los dedos en el cabello.

—Ay, Andrés… —suspiró—. Eso se siente delicioso.

Él la recostó en la cama y le quitó los zapatos, luego el pantalón de vestir, deslizándolo por sus piernas con una lentitud que la hizo retorcerse. Quedó en tanga, una prenda mínima que apenas cubría su sexo. Andrés se arrodilló entre sus piernas y le separó los muslos con las manos. Le besó el interior de los muslos, subiendo poco a poco, mordisqueando la piel sensible. Mariana temblaba, con la respiración entrecortada. Cuando él acercó la boca a su entrepierna, ella levantó las caderas instintivamente.

—Todavía no —dijo Andrés, con una sonrisa traviesa—. Primero quiero que me toques.

Se puso de pie y se quitó la camisa, revelando un torso firme, con vello oscuro en el pecho y un abdomen trabajado. Mariana se incorporó, se arrodilló en la cama y desabrochó el cinturón de él, luego el botón y la cremallera. Bajó el pantalón y el bóxer, y el miembro de Andrés saltó libre, grueso y erecto, con una vena marcada en el costado. Mariana lo tomó con una mano, sintiendo el calor y la textura suave de la piel. Lo acarició de arriba abajo, despacio, mirándolo a los ojos. Andrés cerró los párpados y soltó un gemido grave.

—Así, Mariana… no pares.

Ella se inclinó y pasó la lengua por la punta, probando el sabor salado de una gota que ya asomaba. Luego lo introdujo en su boca, centímetro a centímetro, adaptándose a la sensación de tenerlo llenándola. Andrés le sostuvo la cabeza con suavidad, guiándola, mientras murmuraba palabras calientes: “qué rico, muñeca, así, más profundo”. Mariana lo chupó con dedicación, usando la lengua y los labios, hasta que él la detuvo con un jadeo.

—No quiero acabar todavía —dijo, apartándola con cuidado—. Es tu primera vez, ¿cierto?

Mariana asintió, con los labios hinchados y los ojos brillantes. Andrés la recostó de nuevo y le quitó la tanga, dejándola completamente desnuda. Se quedó un momento contemplándola: sus caderas anchas, su cintura marcada, el vello oscuro y recortado de su pubis, los labios de su sexo ya húmedos y entreabiertos. Se inclinó y la besó allí, con la lengua plana, de abajo hacia arriba. Mariana gimió fuerte, sorprendida por la intensidad. Andrés la sujetó por los muslos y la abrió más, lamiéndola con calma, chupando su clítoris con una presión exacta que la hizo arquearse.

—Dios mío, Andrés… —jadeó—. Qué estás haciendo…

—Comiéndote rico —respondió él, sin separarse—. ¿Te gusta?

—Sí, sí, no pares…

Él introdujo un dedo en su entrada, despacio, y Mariana contuvo el aliento. La sensación era nueva, invasiva pero placentera. Andrés lo movió con cuidado, curvándolo hacia arriba, mientras su boca seguía trabajando el clítoris. Mariana sintió que algo se tensaba en su bajo vientre, una presión creciente que la hizo agarrar las sábanas. Andrés añadió un segundo dedo, estirándola con suavidad, preparándola. Ella movía las caderas contra su boca, buscando más, gimiendo sin control.

—Voy a… voy a… —balbuceó.

—Déjate ir —murmuró Andrés—. Quiero sentirte.

El orgasmo la atravesó como una ola, sacudiéndola entera. Mariana gritó, con las piernas temblorosas y los dedos enterrados en el cabello de Andrés. Él siguió lamiéndola suavemente, prolongando el placer, hasta que ella lo empujó con suavidad, demasiado sensible. Se incorporó y la besó, dejándole probar su propio sabor en la boca de él.

—Ahora sí —dijo Andrés, con la voz espesa—. Quiero estar dentro de ti.

Se puso un condón con manos rápidas y se acomodó entre sus piernas. Mariana lo miró, con el pecho subiendo y bajando, los pezones duros y la piel brillante de sudor. Andrés se inclinó y la besó con ternura, mientras acomodaba la punta de su miembro en la entrada húmeda de ella.

—Voy a ir despacio —dijo—. Si te duele, me dices.

—Quiero sentirlo —respondió Mariana—. Entra.

Andrés empujó, apenas un poco, y Mariana sintió una presión intensa, un estiramiento que le arrancó un quejido. Él se detuvo, dándole tiempo, besándole el cuello y los hombros. Luego avanzó otro poco, y otro, hasta que estuvo completamente dentro. Mariana lo sintió llenarla por completo, una mezcla de dolor sordo y placer profundo que la hizo lagrimear un poco. Andrés le secó la mejilla con el pulgar.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —susurró ella—. No te muevas todavía.

Se quedaron así un momento, conectados, respirando juntos. Mariana se acostumbró a la sensación, a la intimidad de tenerlo dentro. Luego, poco a poco, comenzó a mover las caderas, pidiéndole con el cuerpo que continuara. Andrés empezó a embestirla con un ritmo lento, profundo, saliendo casi por completo y volviendo a entrar. Cada embestida arrancaba un gemido de ambos. Mariana le rodeó la cintura con las piernas, clavándole los talones en las nalgas, pidiéndole más.

—Más rápido —jadeó—. Así, Andrés, así…

Él obedeció, aumentando el ritmo, golpeando un punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. La cama crujía bajo ellos, y el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el cuarto. Mariana le arañó la espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos. Andrés se incorporó un poco, tomándola por las caderas, y la penetró con más fuerza, mirando cómo su miembro desaparecía en ella una y otra vez.

—Qué apretada estás —gruñó—. Me vuelves loco.

—Es tuya —dijo Mariana, sin pensar—. Toda tuya.

Andrés la giró, poniéndola de lado, y se acomodó detrás de ella, levantándole una pierna. La penetró de nuevo, con un ángulo distinto que la hizo gritar. Su mano libre se deslizó hacia el frente y encontró su clítoris, frotándolo en círculos mientras la embestía. Mariana sintió que el placer se acumulaba otra vez, más intenso, más urgente. Andrés le mordió el hombro, jadeando contra su piel.

—Vamos juntos —murmuró—. Quiero sentirte apretarme.

—Sí, sí, ya casi… —gimió ella.

El orgasmo la golpeó con más fuerza que el primero, un espasmo que la hizo contraerse alrededor de Andrés. Él gimió, sintiendo cómo ella lo apretaba, y con dos embestidas más se derramó dentro del condón, con un gruñido profundo. Se quedaron así, enredados, respirando agitados, con el sudor enfriándose en sus cuerpos. Andrés salió de ella con cuidado y se deshizo del condón, luego la atrajo contra su pecho.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, besándole la frente.

—Viva —dijo Mariana, con una sonrisa cansada—. Muy viva.

Se quedaron abrazados, sin hablar, escuchando el sonido de la ciudad afuera. Mariana pasó los dedos por el pecho de Andrés, dibujando círculos distraídos. No sentía arrepentimiento, solo una calma profunda y un calor que le llenaba el pecho. Andrés le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—¿Te quedas? —preguntó.

—Sí —respondió ella—. Pero no me vayas a hacer el desayuno muy tarde.

Andrés se rió, con una risa baja y satisfecha, y apagó la lámpara. Mariana se acurrucó contra él, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que estaba exactamente donde debía estar.

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