Cuñada y enfermera


Cuando Margarita me propuso semejante asunto, quedé sin palabras y asombrado. No supe que decirle mirando atónito e incrédulo sus grandes ojos negros, seguros y serenos. Hice un esfuerzo mayúsculo para tomar con naturalidad lo que ella me decía por absurdo que pareciera y apenas si logré reponerme. Le pregunté entonces con timidez y algo nervioso:

 - ¿Estás segura de querer hacer eso?

 - Claro que sí. Si no, no te lo propusiera. ¿Tienes otra idea mejor o alternativa?  ¿Te da cosa porque soy tu cuñada, verdad?

 - No, no, no para nada. Sí quiero hacerlo y no sabes cuánto te agradezco tu generosidad. Me haces un gran favor que no se cómo pagarte. ¿Empezaríamos mañana entonces? – le respondí tratando de esconder mi voz quebradiza.

 - Si. Mira; llegaré un poco antes de lo acostumbrado para que nos dé tiempo. No le  comentes nada a mi hermana de lo que te dijo el médico. No es necesario hacerla sentir mal.

- No, no le comentaré nadita. Ni más faltaba.

Desviamos la conversación hacia otros temas banales durante los quince minutos que tomo el taxi en llevarnos de la clínica en la que yo acababa de tener mi cita médica al barrio en el que vivíamos, pero yo no lograba concentrarme y tampoco dejaba de pensar incrédulo en lo que íbamos a hacer. Margarita era, realmente generosa con migo. Siempre lo había sido desde que nos conocimos, pero también ha sido siempre una mujer traviesa, testaruda, atrevida y hasta sin escrúpulos. Diría que tiene un alma criminal por naturaleza que esconde bien bajo una suave y fascinante dulzura. Nos bajamos  del taxi y nos despedimos en la puerta de mi piso.

- Alberto ya está por llegar y la cena está atrasada - dijo mirando su reloj y andando a caminar las dos callecitas que nos separaban de su casa al edificio en el que yo vivía.

 Yo la contemplé unos segundos, concentrado en su andar de paso rápido sin poder evitar mirar fijamente sus nalgas abultadas en la horma de su blue-jean raído. Mi amigo y vecino Miguel tiene toda la razón. Margarita tiene el mejor culo del barrio. Subí las escaleras para entrar. Eran casi las cinco y cuarenta de la tarde.

 

Me metí a la ducha pensando en el suceso que habría de suceder al día siguiente. Empezaba a estar ansioso mientras el chorro de agua fresca aliviaba mi piel sudada. Mi pene bastante recuperado después de la cirugía estaba ya listo para retornar a sus quehaceres normales según el médico. Me vestí recreando la imagen del culo de mi cuñada. Me lo inventaba y reinventaba semidesnudo o completamente desnudo ante mis ojos. Lo imaginaba de diferentes texturas. Debía ser aun más blanco que su rostro. ¿Tendría lunares? ¿La piel sería lisa y tersa o más bien estriada? Una erección ligera comenzaba a notarse por encima de mi calzón azul grisáceo limpio recién puesto, pero escuché en ese momento los pasos de mi esposa Paola subiendo la escaleras para entrar. Los pensamientos impíos se interrumpieron y me incorporé para recibirla.

 

El rostro de mi mujer expresaba cansancio del día laboral. Nos dimos el beso de rutina y me comentó de inmediato que su cistitis iba mejor. El ardor era menos intenso, pero que era incómodo tener que beber agua cada treinta minutos e orinar a cada rato tal como se lo habían prescrito el doctor. Era ya su tercer día de tratamiento que consistía en aplicarse durante siete noches un medicamento intravaginal para desinflamar la cistitis aguda. Eso requería de abstinencia sexual de al menos quince días.

 

Al preguntarme por mi cita médica de la tarde le respondí que todo iba bien sin darle detalles y ocultándole la consigna del médico. No la quise hacer sentir mal tal como me lo había indicado Margarita. Era inútil comentarle que el médico me había dado una cita para dentro de diez días en la que yo debía describirle el desempeño sexual de mi miembro viril después de haber sido sometido a una cirugía de corrección de curvatura peneal pronunciada. Eso implicaba que idealmente a diario yo debía tener sexo para ganar confianza y detectar cualquier incomodidad o anomalía y poder hacérselo saber en la cita próxima.

 

- ¿Mi hermana te pudo acompañar?

- Si, ella fue con migo.

 

Cenamos, hablamos, miramos una película aburrida en la televisión. Ella tomó su ducha y luego la ayudé a aplicarse su medicamento vaginal. Su vulva afeitada toda abierta hizo que mi verga se pusiera dura. Le introduje el tubo plástico inyectable lleno de un medicamento cremoso color ocre y luego nos dormimos, aunque a mí la ansiedad poco me dejó conciliar el sueño.

 

A las once y cincuenta de la mañana del día siguiente, un poco más temprano de lo habitual cual lo acordado, Margarita llegó como si nada extraordinario fuera a ocurrir. Su negra y abundante cabellera estaba recogida en un moño espeso sostenido por un peine de pasta rosada y dientes largos. El cuello desnudo con dos lunares lucía más sensual de lo habitual. Tenía puesta una blusa rosada de tirantas delgadas y de escote en “v” bastante generoso, bien ceñida a su cuerpo de contextura abundante y grandes senos. Abajo solo portaba una vieja falda negra simple apenas por encima de sus rodillas.

 

Hizo lo que había hecho todos los días de convalecencia. Llevarme el almuerzo. Dejármelo servido y después a revisar si la herida de la cirugía en mi pene iba bien. Su experiencia de enfermera le permitía mirarme como un paciente. Sin vergüenza y con una actitud profesional.

 

- La verdad, ya no tienes nada. Se ve todo bien. No hay inflamación y la herida está cerrada.

 

Me sostuvo el pene fláccido entre sus dedos y me lo apretaba por el tallo suavemente para detectar si me dolía.

 

- El médico tiene razón. Ya estás listo. Solo toca probar si la sensibilidad está bien y comprobar que las funciones se desarrollan con normalidad y sin dolor.

 

Ella hizo todo. Yo permanecí sentado en mi sofá de dos puestos contemplándola en silencio con la excitación en el alma. Ella con sigilo, corrió las cortinas de las ventanas de la sala para garantizar absoluta privacidad y de pie frente a mis ojos se descorrió la corredera trasera de su falda que cayó al piso deslizándose por sus piernas blancas bien torneadas. El trapo quedó deforme rodeando sus pies de uñas pintadas de rojo sanguíneo. Con algo de vergüenza levanté mi vista y topé con una hermosa imagen. Un calzoncito delgado de color azul oscuro de encajes clásicos que contrastaba con la blancura de piel tersa pese a los dos partos de sus hijos. Se giró para mostrarme su culo mientras lo meneaba con cierta cadencia.

 

- Tienes que erectarte. Espero que te guste lo que ves.

- Me gusta mucho

- Acuérdate que esto es con fines puramente médicos – dijo en un tono jocoso y serio a la vez.

 

El culo de Margarita, era más abundante de lo que lo había imaginado. Alberto, su marido, era un privilegiado. El calzón azul le partía cada nalga por la mitad. Era muy estimulante esa imagen y el morbo se me subió a la cabeza. En menos de lo esperado mi verga estaba dura y crecida. Yo estaba sorprendido y emocionado entretenido entre mirarle el culo hermoso y prohibido de mi cuñada y mi verga por fin recta después de una cirugía para enderezarle la curvatura pronunciada que me había robado la felicidad desde que empecé a probar las mieles del sexo.

 

Dejó de menearse y se giró nuevamente. Se sonrió cuando notó mi erección al máximo. La expresión de su rostro se tornó perversa, atrevida, como de puta barata, lejos muy lejos de la enfermera profesional de algunos minutos antes. Se puso el dedo índice de su mano derecha entre sus labios como mordisqueando y su mano izquierda la introdujo entre su vulva y su calzoncito para estimularse. Se estimuló su sexo de pie sin dejar de mirarme la verga durante algunos segundos. Yo no lograba decir una palabra. Mi mente solo era un chorro de estímulos de alto voltaje que me impedían cualquier razonamiento. En ese instante solo valía saber que Margarita era una mujer de carne y hueso con la que iba a culear. Los prejuicios morales por ser la hermana mayor de mi mujer, casada con Alberto, buen amigo mío etc., estaban desvanecidos.

 

Entonces se bajó el calzón y un triangulo tupido de pelos negros bien abundantes se convirtió en mi horizonte visual. Su blusa de tirantas le tapaba hasta el inicio de su pelaje haciendo para mí la imagen todavía más estimulante. Su teléfono móvil dentro del bolsillo de la falda tirada en el piso sonó. Margarita respondió y habló con naturalidad con su marido un asunto del pago de la escuela de sus hijos y en menos de un minuto colgó. Yo solo le estudiaba su sexo bello y sensual. Se agachó para recoger la falda y volver a meter su teléfono en el bolsillo. Al girarse para colocar el trapo sobre la mesa de comedor le pude mirar por primera vez su culo completamente desnudo. Era más hermoso de lo que lo había recreado en mis fantasías eróticas e incestuosas.

 

- Creo que es mejor que yo me siente y tú te muevas porque así puedes controlar ¿no crees?

- Tienes razón.

 

Se sentó en el sofá y abrió sus piernas. Su chocho peludo dejó ver sus labios vaginales de un hermoso rosado pálido. Yo acomodé mis rodillas sobre un cojín que dispuse en el piso y coloqué con torpeza de emoción la puntita de mi verga en el pelaje vaginal. Dejé que mi pene se acostumbrara al tacto velludo sobándola una y otra vez hasta que se hincó en la entrada de su hoyo. Ella me miraba a los ojos y yo no podía descifrar lo que escondía la perversidad de su mirada. Embestí con suavidad y mi verga se hundió delicadamente en la indescriptible profundidad del placer prohibido. La sensación parecía venirme de todas partes. Pero lo más impactante era la sensación increíble de comodidad que me daba el poder penetrar sin esfuerzo, sin temores, con una facilidad novedosa. Solo embestía de atrás hacia adelante y mi verga entraba toda en la humedad del hueco de Margarita. Que sensación de placer tan fuerte. No podía creérmelo. Ese jueves veinticuatro de marzo a medio día fue el día fundacional de mi felicidad sexual, valga decir felicidad vital.

 

Margarita, empezó a gemir sin control, cerró sus ojos y sus músculos se relajaron. Dejó de mirarme con ojo clínico como si yo fuera un ratón de laboratorio y se entregó al disfrute del sexo prohibido. Mi verga le daba otros placeres que la de Alberto no como me confesaría después. El ver a un hombre prohibido, moreno, velludo la estimulaba mucho. Pero tenía mucho que ver, el que yo fuera el marido de su hermana menor. Eso la volvía loca. Yo la seguía embistiendo entrando y sacando a ritmo agitado pero controlando mi miembro de sexo enchumbado de jugos femeninos. Estaba ya a punto de llegar al punto de no retorno cuando de repente ella se desensartó con aliento alterado.

 

- Tenemos que cambiar de pose.

 

Se giró entonces y se dispuso en cuatro patas. El culo blanco lo tuve todo para mí. Lo quería lamer. Mi timidez se me había borrado. No le pedí permiso y en vez de penetrarla de inmediato, acerqué mi nariz a su culo y le inicié un cunnilingus descontrolado. Margarita se sorprendió de mi acto, pero asintió con un gemido sensual y profundo. Mi lengua saboreó sus jugos y jugueteaba entre la raja húmeda de su vagina y el anillo de su culo. Mis manos necias acariciaban y agarraban sus nalgas. Margarita asentía cada acto mío en su culo. Luego si me dispuse en posición de embestida y se la volvía meter. Literalmente era un sueño hecho realidad. La curvatura de mi pene no me había permitido antes disfrutar de esa pose. Había vivido frustrado por eso y ahora todo era tan fácil, no podía creer al mirar mi verga completamente hundida hasta el tope en la concha de mi cuñada y mi pelvis golpeando sus hermosas nalgas. La tenía bien clavada y ella no paraba de gemir y dar gritos exigiendo más y más verga. Me olvidé que todo esto era un mandato médico. Mis manos necias se apoyaron en sus caderas asiéndola más hacía mi para hacer la penetración, más firme, mas carnal, mas animal. Esas mismas manos necias tantearon cada vez más lejos, ahora acariciaban su dorso terso hasta que por fin conquistaron la carnosidad de sus tetas grandes por encima de sus sostenes.

 

Eran sumamente suaves y cálidas y al acariciarlas Margarita imprimió más tonalidad, más brillo en sus gemidos de placer. Mi excitación había llegado al máximo en esa pose. Con su culo grande completamente vencido ante mi morbo de macho y sus senos abundantes tomados por mis manos necias que ya habían logrado en el forcejeo retirar un poco la seda de sus sostenes. No pude contenerme y le anuncié que ya me iba a correr. Sentí miedo, no sabía si iba a funcionar o a doler, pero ya nada estaba bajo mi control Margarita se desensartó  y con habilidad de giró y para favor y sorpresa mía se alzó su blusa, retiró con rapidez sus sostenes y dejó al descubierto la belleza de sus senos generosos de pezones pálidos y ovalados. Eran hermosos. Mi semen bañó sus tetas ensuciando un poco su blusa. Las palpitaciones de mi verga fueron después amortiguadas por la piel suave de sus senos. Margarita se quitó completamente la blusa sucia y metió mi pene aun erecto, chorreante y palpitante entre sus senos blancos y abundantes. Ni me lo hubiera imaginado.

 

- Dios, qué pocotón de leche tenías. ¿Todo bien? ¿Te dolió?

- Ah, ah, que rico mi vida ah hmmmm. No sabes cuan sabroso ha sido esto. Qué buena y sabrosa estas. Alberto ha de estar feliz contigo en la cama.

- Nadie se conforma con lo que tiene. No te olvides. Me respondió con una sonrisa perversa sin dejar de masturbar con ternura mi pene con sus tetas apretujadas por sus manos.

 

Tuvimos sexo en siete ocasiones más antes de mi cita con el urólogo. Pero, como era de esperarse en estos asuntos humanos. La cosa no pararía allí. Todo derivo en una larga, intensa, emocionante, difícil y perturbadora relación prohibida.

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