Azúcar, serrín y tus manos de carpintero
PlumaNocturna
25 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
Nunca pensé que un simple tarro de azúcar me llevaría a esto. Tengo veintiocho años, vivo sola en un tercero sin ascensor y trabajo tantas horas que apenas conozco a los vecinos. Pero a él lo conocía de vista: treinta y cuatro, espalda ancha, manos grandes de carpintero y una forma de mirar que me hacía apretar los muslos cada vez que coincidíamos en el portal. Esa tarde llamé a su puerta con una excusa absurda, el corazón golpeándome las costillas.
—Hola, soy Laura, la del 3ºB. ¿Tendrías un poco de azúcar? Estoy a mitad de una receta y…
Me abrió descalzo, con un pantalón de chándal gris que no disimulaba nada y una camiseta vieja que se le pegaba al pecho. Olía a madera recién cortada y a jabón. Me miró de arriba abajo sin prisa, y noté cómo se me encendía la piel bajo el vestido de verano.
—Claro. Pasa, no te quedes en el descansillo.
Su voz era grave, con un punto ronco que me recorrió la espalda. Entré en su piso, que olía a café y a serrín. La puerta se cerró detrás de mí con un clic que sonó definitivo. No me pidió que me sentara. Se quedó muy cerca, tanto que podía ver el pulso latiéndole en el cuello.
—¿Azúcar o prefieres algo más… dulce?
Me reí, nerviosa, pero no me moví. Él tampoco. El aire entre nosotros se espesó. Apoyó una mano en la encimera, a un lado de mi cadera, y se inclinó lo justo para que su aliento me rozara la sien.
—Llevo semanas viéndote bajar las escaleras con esas faldas —murmuró—. Y pensando en lo fácil que sería subírtelas.
Se me escapó un suspiro entrecortado. No era una invitación sutil; era una declaración. Y yo llevaba demasiado tiempo deseando exactamente eso. Así que hice lo que llevaba meses imaginando: apoyé la palma en su pecho, noté el calor y el músculo firme bajo la camiseta, y deslicé los dedos hasta su nuca.
—Pues deja de pensarlo.
Me besó sin avisar, con una urgencia que me hizo tambalear. Su boca sabía a café y a algo más oscuro, más hambriento. Me agarró por la cintura y me subió a la encimera de un solo movimiento, separándome los muslos con sus caderas. El mármol estaba frío contra mis piernas desnudas, pero su cuerpo era una estufa. Le rodeé la cintura con las piernas y noté su erección presionando justo donde el vestido se me había arremangado.
—Joder, Laura —gruñó contra mi cuello—. No sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti.
—Pues ahora hazlo de verdad.
Me mordió el lóbulo y bajó la boca por mi garganta mientras sus manos me subían el vestido hasta la cintura. Llevaba unas braguitas de encaje mínimas, casi transparentes por la humedad. Él las apartó a un lado sin molestarse en quitármelas y deslizó dos dedos por mi raja, despacio, como si estuviera comprobando lo mojada que estaba. Gemí y eché la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente contra el armario.
—Estás empapada —dijo, con la voz llena de asombro y deseo—. ¿Así de caliente estabas cuando has llamado a mi puerta?
—Sí —confesé, sin aliento—. Llevo todo el día tocándome pensando en ti.
Aquello le arrancó un gruñido. Metió un dedo dentro de mí, luego dos, y empezó a bombearlos con un ritmo lento y profundo que me hacía temblar. Su pulgar encontró mi clítoris y lo frotó en círculos mientras yo me aferraba a sus hombros, jadeando contra su boca. Olía a sexo, a mi propio deseo, y el sonido húmedo de sus dedos llenaba la cocina.
—Quiero comerte —dijo, y no era una pregunta.
Me bajó de la encimera y me giró, doblándome sobre la mesa de madera. El vestido quedó hecho un ovillo en mi cintura. Me bajó las braguitas por las piernas con una lentitud exasperante, dejando un rastro de besos por la parte posterior de mis muslos. Cuando su boca llegó a mi coño, abierta y húmeda, solté un gemido tan alto que me tapé la boca con la mano.
—No te tapes —ordenó, separándome la mano—. Quiero oírte. Aquí las paredes son gruesas.
Y me lamió. Dios, cómo me lamió. Su lengua era ancha y caliente, y sabía exactamente dónde presionar. Me abrió con los pulgares y chupó mi clítoris con una precisión que me hizo ver las estrellas. Yo empujaba las caderas contra su cara, buscando más, y él me sujetaba por las nalgas con fuerza, clavándome los dedos. Metió la lengua dentro de mí, luego volvió al clítoris, alternando lametones largos con succiones cortas que me hacían gemir su nombre.
—Voy a correrme —avisé, con la voz rota—. No pares, por favor, no pares…
En lugar de parar, metió dos dedos dentro de mí y los curvó hacia arriba, justo contra esa pared rugosa que me hacía perder la cabeza. Mi orgasmo estalló en oleadas, sacudiéndome entera, y él siguió lamiéndome hasta que las piernas me fallaron. Me habría caído si no me hubiera sujetado por las caderas.
Me giró con suavidad, pero sus ojos ardían. Tenía la barbilla brillante y los labios hinchados. Me besó, y me supe a mí misma en su lengua, salada y dulce a la vez. Mientras me besaba, le bajé el pantalón del chándal. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. La agarré con firmeza y él gimió contra mi boca.
—Quiero sentirte dentro —dije, acariciándolo de arriba abajo—. Ahora.
Me levantó como si no pesara nada y me sentó de nuevo en la encimera. Se puso un condón con manos temblorosas, sin dejar de mirarme. Luego se colocó entre mis piernas, agarró su polla por la base y pasó el glande por mi raja, empapándolo. El roce me hizo arquear la espalda.
—Mírame —pidió, y lo hice.
Empujó. Entró de una sola embestida, llenándome por completo. Grité, no de dolor, sino de puro placer. Era grueso, y me estiraba de una forma que me hacía sentir cada centímetro. Se quedó quieto un segundo, respirando contra mi cuello, dejando que me adaptara. Luego empezó a moverse, lento al principio, con embestidas profundas que me hacían gemir en cada salida.
—Qué coño tan apretado —jadeó—. Me estás matando.
—Más fuerte —le pedí, clavándole los talones en las nalgas—. Fóllame más fuerte.
Perdió el control. Me agarró por las caderas y empezó a embestirme con un ritmo brutal, haciendo que la encimera golpeara contra la pared. Mis pechos saltaban bajo el vestido, y él bajó la cabeza para morder uno de mis pezones a través de la tela. El dolor mezclado con el placer me hizo clavar las uñas en su espalda. Estaba tan mojada que cada embestida sonaba obscena, y el olor a sexo lo impregnaba todo.
—Así, así, no pares —repetía yo, sin reconocer mi propia voz.
Me sacó de la encimera sin salir de mí, me giró y me dobló sobre la mesa otra vez. Entró de nuevo desde atrás, más hondo, y yo gemí contra la madera. Una de sus manos se deslizó por mi espalda y me agarró del pelo, tirando suavemente para arquearme. La otra rodeó mi cadera y encontró mi clítoris, frotándolo al ritmo de sus embestidas.
—Quiero que te corras conmigo —gruñó—. Quiero sentirte apretarme.
Era demasiado. La mesa, su polla, sus dedos, su voz. Sentí que el segundo orgasmo se acercaba, más profundo, más devastador. Mis paredes empezaron a contraerse a su alrededor y él lo notó.
—Eso es, cariño, córrete en mi polla —jadeó, acelerando—. Déjate ir.
Y me dejé ir. Grité su nombre mientras el placer me arrasaba, y él me siguió un segundo después, con un gruñido ronco y las caderas clavadas contra mis nalgas. Sentí sus espasmos dentro de mí, el calor de su orgasmo, y me derrumbé sobre la mesa, sin fuerzas.
Nos quedamos así un minuto, jadeando, pegados por el sudor. Luego se retiró con cuidado, tiró el condón y me ayudó a incorporarme. Me besó la frente, la mejilla, los labios, con una ternura que contrastaba con la urgencia de hacía un momento.
—Creo que te debo un tarro de azúcar —dijo, sonriendo.
Me reí, todavía temblorosa, y me arreglé el vestido como pude. Las braguitas seguían en el suelo de su cocina. Él las recogió y se las guardó en el bolsillo con una sonrisa ladina.
—Vuelve mañana a por ellas —propuso—. Y tráete más recetas.
Salí de su piso con las piernas flojas y la certeza de que aquello no había sido un favor entre vecinos. Fue el comienzo de algo mucho más adictivo que el azúcar.