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Fuerte

Calor de nevera, fuego en Altamira

C

CuentosIntimos

2 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un arreglo de aire acondicionado terminaría conmigo empotrado contra la nevera, pero así fue. Yo tengo veintiocho, trabajo en mantenimiento desde hace seis años, y ese jueves a las dos de la tarde el calor de Caracas estaba que derretía el asfalto. Ella me abrió la puerta con un vestido de lino blanco que se le pegaba a las tetas por el sudor, sin sostén, y con una sonrisa que me hizo olvidar hasta mi nombre. Cuarenta y tres años, divorciada, dueña de un apartamento en Altamira con vista al Ávila y un cuerpo que parecía esculpido para joderle la paciencia a cualquiera.

—Pasa, mi amor, ese aparato está más muerto que la economía —me dijo, y su voz ronca me bajó directo al pantalón.

Me presenté, le dije que era técnico certificado, que en veinte minutos le resolvía. Mentira. Apenas entré al salón y la vi caminar delante de mí, con esas nalgas redondas marcándose bajo la tela fina, supe que iba a necesitar más tiempo. El aire acondicionado estaba en la habitación principal, así que la seguí por el pasillo sintiendo cómo se me iba llenando la verga de sangre con cada paso. El cuarto olía a perfume dulce, a sábanas recién lavadas y a ese aroma a mujer madura que te hace temblar las rodillas.

—¿Tienes calor, papi? —preguntó, recostada contra el marco de la puerta, abanicándose con la mano—. Porque te veo sudando y ni siquiera has empezado.

—El trabajo es pesado —respondí, sin despegar los ojos de sus piernas bronceadas, de sus muslos gruesos que se rozaban al caminar.

Me puse a revisar el equipo, pero ella no se fue. Se sentó en la cama, cruzó las piernas y el vestido se le subió lo suficiente para mostrarme el borde de una tanga negra. Se me secó la boca. Saqué el destornillador, quité la tapa, pero no podía concentrarme. Ella se reía bajito, como si supiera exactamente lo que me estaba provocando. Entonces se levantó, se acercó por detrás y me puso una mano en el hombro.

—¿Tú crees que no me doy cuenta, mi vida? —me susurró al oído, con la boca pegada a mi cuello—. Desde que llegaste no has dejado de mirarme las tetas. ¿Te gustan?

Me giré y quedamos frente a frente. Tenía los pezones duros marcándose en la tela, y los ojos brillantes, llenos de una calentura que no necesitaba explicación. Le agarré la cintura con las dos manos y la atraje contra mí. Ella soltó un jadeo corto cuando sintió mi erección presionándole el vientre.

—Me encantan —le dije, con la voz ronca—. Y me encanta cómo hueles, cómo te mueves, cómo me provocas desde que abriste la puerta.

—Entonces deja el destornillador y ven a comerme, que tengo tres meses sin que un hombre me toque como Dios manda.

No me lo dijo dos veces. La empujé contra la pared, le levanté el vestido hasta la cintura y le arranqué la tanga de un tirón. Ella gimió, sorprendida, y me miró con una mezcla de lujuria y aprobación. Me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas y le pasé la lengua por el coño sin previo aviso. Estaba mojada, caliente, con los labios hinchados y un sabor salado que me volvió loco. Le chupé el clítoris con ganas, haciendo círculos con la punta de la lengua mientras ella se agarraba de mi pelo y empujaba la cadera contra mi cara.

—Así, papi, así… no pares, que me vas a matar… —gemía, con la respiración entrecortada.

Le metí dos dedos mientras le succionaba el clítoris, y ella soltó un quejido largo, tembloroso. Sus muslos me apretaban las orejas y su coño se contraía alrededor de mis dedos. La masturbé con fuerza, buscando ese punto rugoso por dentro, mientras con la otra mano le apretaba una nalga. Ella empezó a moverse contra mi boca, a frotarse, a pedirme más con palabras sucias que me ponían la verga a punto de estallar.

—Me voy a venir, me voy a venir… —anunció, y yo aceleré el ritmo, chupándole el clítoris con desesperación, metiéndole los dedos hasta el fondo.

Se vino con un grito ahogado, apretando mis dedos con una fuerza que me sorprendió, soltando un chorro de fluidos que me mojó la barbilla. Me levanté, me limpié la boca con el dorso de la mano y la besé con furia, dejando que probara su propio sabor en mi lengua. Ella me agarró la verga por encima del pantalón y la apretó con ganas.

—Quiero que me la metas ya, sin condón, quiero sentirte adentro —dijo, desabrochándome el cinturón con dedos torpes por la urgencia.

Me bajé los pantalones y los bóxers de un solo movimiento. Mi verga saltó libre, dura, con la punta brillante de líquido preseminal. Ella la agarró con las dos manos, la acarició de arriba abajo, me miró a los ojos y se lamió los labios. Luego se dio la vuelta, se apoyó contra la pared con las manos abiertas y arqueó la espalda, ofreciéndome esas nalgas perfectas, ese coño abierto y chorreando.

—Métemela por detrás, papi, que me encanta que me agarren así —pidió, moviendo la cadera de forma obscena.

Le agarré la cintura con una mano y con la otra me guié la verga hasta su entrada. Empujé despacio al principio, sintiendo cómo sus paredes calientes me recibían, cómo se estiraban para acomodarme. Ella soltó un gemido largo, gutural, y echó la cabeza hacia atrás. La agarré del pelo con suavidad pero firmeza, y empecé a embestirla con un ritmo lento y profundo, sacándome casi por completo para volver a enterrarme hasta el fondo.

—Más duro, coño, más duro… —exigió, y yo obedecí.

Empecé a darle con fuerza, con las caderas chocando contra sus nalgas, con el sonido húmedo de su coño llenando la habitación. Sus tetas se balanceaban con cada embestida, y yo se las agarré por debajo del vestido, apretándoselas, pellizcándole los pezones duros. Ella gemía sin control, diciendo obscenidades que me calentaban más, pidiéndome que la partiera en dos, que no me detuviera.

—Me encanta tu verga, papi, me encanta cómo me llenas… —jadeaba, con la voz quebrada—. Sigue, sigue, que me voy a venir otra vez…

La saqué de la pared y la llevé a la cama. La puse en cuatro patas, con las rodillas al borde del colchón, y me coloqué detrás. Le levanté el vestido hasta los hombros, dejando al descubierto su espalda sudada, sus nalgas redondas y abiertas para mí. Le di una nalgada fuerte, y ella soltó un grito de placer. Luego le metí la verga de nuevo, de un solo envión, y ella se arqueó como un gato, clavando las uñas en las sábanas.

—Así, así, no pares, que me encanta… —repetía, moviendo la cadera para encontrarme en cada embestida.

La agarré de las caderas y la embestí con todo, con un ritmo brutal, sintiendo cómo sus nalgas rebotaban contra mi pelvis. El sudor me corría por la frente, por el pecho, y el olor a sexo llenaba el cuarto. Ella se tocaba el clítoris mientras yo la penetraba, y sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados. La sentí apretarse alrededor de mi verga, y supe que estaba a punto de venirse de nuevo.

—Vente conmigo, papi, vente adentro… —me pidió, y esas palabras me hicieron perder el control.

Le di tres embestidas más, profundas, violentas, y me vine con un rugido, soltando chorros de semen caliente dentro de ella. Ella se vino al mismo tiempo, gritando mi nombre, apretando mi verga con una fuerza que me dejó sin aire. Me quedé un momento dentro de ella, jadeando, sintiendo cómo su coño palpitaba alrededor de mí. Luego me retiré despacio y me dejé caer a su lado en la cama.

Ella se giró, con el vestido arrugado y la cara encendida, y me sonrió con una satisfacción que me hizo sentir invencible. Se acercó, me besó con suavidad, y me pasó una mano por el pecho sudado.

—Eso fue… coño, papi, eso fue exactamente lo que necesitaba —dijo, con la voz todavía ronca—. ¿Y el aire acondicionado?

Me reí, mirando el aparato desarmado en el suelo.

—Mañana vuelvo a arreglarlo —le dije—. Y de paso, si quieres, te hago mantenimiento completo.

Ella se rió, se montó encima de mí y me agarró la verga, que ya empezaba a reaccionar de nuevo.

—El mantenimiento me lo haces ahora, mi amor —susurró, bajando la cadera hasta rozarme con su coño todavía mojado—. Que todavía me quedan ganas de más.

Y así, con el calor de Caracas entrando por la ventana y el Ávila de testigo, me la volví a coger hasta que las piernas nos temblaron y el apartamento entero olió a sexo y a sudor. Esa tarde aprendí que algunas clientas no solo quieren que les arreglen el aire, sino que les apaguen el fuego por dentro. Y yo, como buen técnico, cumplí con el trabajo completo.

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