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Mi primera vez con otra mujer

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FantasiaRoja

18 de enero de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Siempre supe que había algo diferente en mí. Desde adolescente, mientras mis amigas suspiraban por los chicos del colegio, yo me descubría mirando a las chicas. Sus curvas, sus labios, la manera en que movían las caderas al caminar. Pero crecí en un pueblo conservador donde esas cosas no se mencionaban, así que enterré esos sentimientos y salí con chicos como se esperaba de mí.

Me casé a los 24 con un buen hombre que me daba una vida cómoda. Teníamos sexo aceptable, teníamos una casa bonita, teníamos todo lo que se supone que debía hacerme feliz. Pero por las noches, cuando él dormía a mi lado, yo fantaseaba con labios más suaves, pechos en lugar de pecho plano, curvas en lugar de ángulos.

Mi despertar llegó a los 32 años, durante un congreso de trabajo en Barcelona. Conocí a Sofía en el cóctel de bienvenida. Era colombiana, de mi edad, con cabello negro rizado, ojos color caramelo, y una sonrisa que me hizo olvidar cómo respirar. Congeniamos inmediatamente, hablando de trabajo, de viajes, de vida. Cuando me di cuenta, el cóctel había terminado y éramos las últimas en el bar.

"¿Quieres subir a mi habitación a tomar la última copa?" preguntó. Mi corazón se aceleró. Sabía lo que esa invitación podía significar. Y por primera vez en mi vida, decidí no huir de mis deseos.

Su habitación era igual que la mía, pero con ella dentro se sentía completamente diferente. Abrió una botella de vino y nos sentamos en el pequeño sofá, tan cerca que nuestras rodillas se tocaban. La conversación fluyó, salpicada de risas, de roces accidentales que eran cada vez menos accidentales.

"¿Puedo preguntarte algo personal?" dijo ella, sus ojos encontrando los míos. Asentí, sin confiar en mi voz. "¿Has estado alguna vez con una mujer?"

Mi cara se encendió. "No," admití. "Pero he pensado en ello. Mucho."

Ella sonrió, una sonrisa que era comprensión y ofrecimiento al mismo tiempo. "¿Quieres?" La pregunta más simple del mundo, cargada de infinitas posibilidades.

"Sí," susurré. "Quiero."

Ella se acercó lentamente, dándome tiempo para retractarme. Pero no quería retractarme. Cuando sus labios encontraron los míos, fue como si el mundo finalmente tuviera sentido.

Besarla era diferente a besar a cualquier hombre. Sus labios eran más suaves, más gentiles. No había prisa, no había demanda. Solo exploración, descubrimiento, placer compartido. Su lengua encontró la mía y yo gemí contra su boca, mis manos subiendo por sus brazos, sus hombros, enredándose en su cabello.

Ella me fue recostando en el sofá sin dejar de besarme. Su cuerpo sobre el mío era diferente también: más suave, más moldeable. Nuestros pechos se presionaban a través de la tela y yo quería sentir su piel contra la mía con una urgencia que nunca había experimentado.

"Quítame la blusa," le pedí, sorprendida de mi propia audacia.

Sus manos desabotonaron mi blusa lentamente, besando cada centímetro de piel que revelaba. Cuando llegó a mi sostén, lo desabrochó con práctica y liberó mis pechos. Los observó un momento con admiración antes de tomar uno en su boca.

Grité. No de dolor, sino de placer puro. Su boca era experta, sabiendo exactamente cómo succionar, cómo lamer, cómo mordisquear mis pezones hasta que estuve retorciéndome bajo ella. Ningún hombre me había hecho sentir así con solo tocar mis pechos.

La desvestí también, torpe por la inexperiencia y el deseo. Cuando finalmente estuvo desnuda sobre mí, contuve el aliento. Era hermosa, toda curvas y piel dorada, sus pechos perfectos con pezones oscuros que pedían ser besados. Me incorporé y la besé, lamiendo un pezón mientras mi mano acariciaba el otro.

"Así," gemía ella. "Justo así."

Nos movimos a la cama, un enredo de extremidades y besos y caricias. Ella se posicionó entre mis piernas y yo las abrí para ella sin dudar. Cuando su boca encontró mi sexo, solté un gemido que probablemente escuchó toda la planta del hotel.

Esto era lo que me había estado perdiendo. Su lengua sabía exactamente qué hacer, moviéndose con una intuición que solo otra mujer podía tener. Lamía mis labios, mi clítoris, me penetraba con su lengua. Yo tiraba de las sábanas, gemía su nombre, me perdía en sensaciones que nunca había experimentado.

"Te voy a hacer venirte," prometió desde entre mis piernas. "Y luego te voy a hacer venirte otra vez."

Cumplió su promesa. El primer orgasmo llegó rápido, construido por años de deseo reprimido. Grité mientras mi cuerpo se convulsionaba, sus manos en mis caderas manteniéndome en lugar mientras su lengua no paraba. Antes de que pudiera recuperarme, sus dedos entraron en mí y el segundo orgasmo empezó a construirse.

Perdí la cuenta de cuántas veces me hizo terminar. Cuando finalmente levantó la cabeza, su barbilla brillante con mis fluidos, yo era un desastre tembloroso y satisfecho.

"Tu turno," dije, encontrando la fuerza para incorporarme.

Nunca había tocado a otra mujer íntimamente, pero mi cuerpo sabía qué hacer. La recosté y bajé por su cuerpo, besando, lamiendo, adorando. Cuando llegué a su sexo, inhalé su aroma y me embriagué. Era diferente al mío, pero igualmente intoxicante.

La lamí tentativamente al principio, aprendiendo qué le gustaba por sus gemidos y movimientos. Pronto encontré mi ritmo, mi lengua trabajando su clítoris mientras mis dedos exploraban su interior. Ella gemía mi nombre, sus manos en mi cabello, guiándome cuando lo necesitaba.

Cuando se vino, gritando, su cuerpo arqueándose, sentí un orgullo que nunca había experimentado. Yo le había dado ese placer. Yo, que nunca había tocado a una mujer, la había hecho explotar de éxtasis.

Dormimos enredadas esa noche, despertándonos varias veces para besarnos, para tocarnos, para darnos placer. El congreso duró tres días y pasamos cada noche juntas, explorando, aprendiendo, descubriendo placeres que yo no sabía que existían.

Cuando volvimos a nuestras ciudades, mantuvimos el contacto. Mensajes, llamadas, videollamadas íntimas cuando nuestras parejas no estaban cerca. Eventualmente le dije a mi esposo que necesitaba encontrarme a mí misma. No le di detalles, pero creo que él sospechaba.

Ahora vivo sola en un departamento pequeño en la ciudad. Sofía viene a visitarme cada mes, y entre visitas, he empezado a explorar este nuevo mundo que se abrió para mí. Tengo 34 años y finalmente soy quien siempre debí ser. No fue fácil, pero cada orgasmo, cada beso, cada caricia femenina me recuerda que valió la pena.

Mi primera vez con otra mujer me cambió la vida. Y no la cambiaría por nada del mundo.

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