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Medio

Vecinos que se miran sin cortinas

H

HistoriasOcultas

22 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

La hueá empezó por puro leseo, porque a nadie le importaba realmente lo que hacía el vecino de al lado. Vivo solo desde los veintitrés, en un departamento chico en Ñuñoa que arriendo con mi sueldo de analista de datos. Ya tengo treinta y cuatro y mi rutina es fome: teletrabajo, café, series, y de vez en cuando una chela con los cabros. Hasta que llegó ella al depto 4B, justo al frente del mío, separados apenas por un pasillo angosto y dos ventanales que dan casi de espejo.

La primera vez la vi fue un martes, tipo once de la noche. Yo estaba en pijama, con el notebook al lado, y levanté la vista porque se prendió la luz de su cocina. Se llama Carolina, me enteré después, tiene treinta y uno, es diseñadora de interiores y se había mudado hace poco. Alta, pelo castaño largo, unas piernas que parecían no terminarse nunca. Andaba con un polerón grande y pantuflas, pero igual se le notaba el porte. Se movía por su departamento como si el mundo no la estuviera mirando. Y yo, luego, me convertí en el hueón que la miraba.

No fue de una. Fue de a poquito, como se enciende una parrilla. Primero la veía cocinar, tomarse un vino sola, hablar por teléfono. Después empecé a fijarme en los horarios. Tipo doce, casi siempre andaba en ropa de dormir. A veces se quedaba en el sillón leyendo, con las piernas dobladas, y yo la observaba desde mi ventana con una mezcla de curiosidad y algo más caliente que me subía por el pecho. Sabía que estaba mal, que era mirar sin que ella supiera, pero no era algo turbio. Era, más bien, como ver una película privada que nadie más tenía.

Una noche de jueves me quedé pegado. Eran como las doce y media, y ella no había cerrado las cortinas. Se paseaba por su living con un vaso de agua, descalza, y de pronto se detuvo frente al ventanal que da justo a mi edificio. Miró hacia afuera un rato, como si estuviera pensando en algo. Yo estaba en penumbra, así que no me veía. O eso creía. Se pasó la mano por el pelo, se estiró, y luego se fue a su pieza. La luz se apagó y me quedé con las ganas.

Al día siguiente me la encontré en el ascensor. Yo iba bajando a comprar pan, ella subía con unas bolsas del super. Me miró y sonrió. “¿Tú vives en el 4A, cierto?”, me preguntó. Le dije que sí, y ella se rió. “Te he visto la silueta varias veces. Como que vives pegado a la ventana”. Me puse rojo como tomate. No supe qué decir. Ella se bajó en su piso y me dejó con la palabra en la boca. Esa noche no pude dormir.

Los días siguientes fueron un juego silencioso. Ella empezó a dejar la cortina un poco más abierta. Yo, a no esconderme tanto. Una vez me quedé a propósito en el balcón, tomando una chela, y ella salió a regar unas plantas. Nos miramos de lejos, sin hablar. Se mordió el labio y entró. Sentí una electricidad en el cuerpo que no sentía hace años. Era como si ambos supiéramos lo que estaba pasando, pero nadie se atrevía a decirlo.

Hasta que un sábado me llegó un mensaje por Instagram. “Oye, vecino, ¿te gusta el vino? Tengo una botella abierta y nadie con quien compartirla”. Carolina. Me temblaron las manos. Le respondí que sí, que en quince minutos bajaba. Me duché, me puse una camisa limpia, y cruzé el pasillo con el corazón a mil. Cuando me abrió la puerta, andaba con un vestido verde suelto, sin maquillaje, y un aroma a jazmín que me descolocó.

Nos sentamos en su sillón, con la botella de Carmenere sobre la mesa. Hablamos de cosas fomes: el edificio, el teletrabajo, lo caro que está todo. Pero había una tensión en el aire que se podía cortar. Ella se reía de mis tallas, me tocaba el brazo al hablar, y yo sentía que cada vez estábamos más cerca. En un momento se quedó callada, me miró directo a los ojos y me dijo: “¿Sabes que te veía todas las noches?”. Casi se me cae el vaso. “¿Me veías?”, pregunté, hueón. “Sí. Y me gustaba. Me gustaba que me miraras”.

Ahí se me acabó la timidez. Le dije que ella también me gustaba, que llevaba semanas pensando en ella, que me sentía como un cabro chico. Ella se rió, se acercó, y me besó. Fue un beso lento, de esos que empiezan suaves y se van poniendo húmedos. Sentí su mano en mi nuca, su pelo rozándome la cara, y un calor que me subió por todo el cuerpo. Nos quedamos pegados un buen rato, hasta que ella se separó y me dijo al oído: “¿Quieres quedarte?”.

No respondí con palabras. La tomé de la cintura y la llevé a su pieza. La luz de la luna entraba por la ventana, la misma que yo miraba desde mi depto. Ahora estaba del otro lado. Ella se sacó el vestido por la cabeza, sin apuro, y yo me quedé mirándola. Tenía el cuerpo de una mujer que se cuida, con curvas suaves y una piel que parecía de seda. Le besé el cuello, los hombros, bajé por su pecho mientras ella me desabrochaba la camisa. Sentía su respiración agitada, sus dedos en mi espalda, y un deseo que me nublaba todo.

Nos acostamos en su cama. Ella me miró desde abajo, con los labios entreabiertos, y me dijo: “Despacio”. Y así fue. La recorrí entera con la boca, deteniéndome en cada rincón, escuchando cómo su respiración se cortaba. Ella me acariciaba el pelo, me apretaba los hombros, y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro que me erizaba la piel. Cuando por fin estuvimos los dos desnudos, ella me guió con sus manos, y nos movimos juntos, sin apuro, como si el tiempo no existiera.

En un momento me di vuelta y quedé mirando hacia la ventana. Desde ahí se veía mi propio departamento, la luz apagada, el sillón vacío. Me dio una risa nerviosa. Ella me preguntó qué pasaba. “Nada”, le dije, “es que ahora entiendo por qué te gustaba que te mirara”. Ella se rió, me besó, y me dijo: “Ahora me gusta que me toques”. Y seguimos, hasta que los dos quedamos sin fuerzas, abrazados en la penumbra.

Al rato, ya más tranquilos, ella se levantó a buscar agua. Yo me quedé en la cama, mirando el techo, sintiendo su olor en las sábanas. Cuando volvió, se acostó a mi lado y me pasó el vaso. “¿Te quedas a dormir?”, me preguntó. Le dije que sí. Nos quedamos conversando de hueás, de la vida, de por qué ninguno de los dos había dicho nada antes. Ella me contó que llevaba un mes separada, que se había mudado para empezar de nuevo, y que yo le había llamado la atención desde el primer día. Le conté que yo también andaba medio solo, que el teletrabajo me tenía medio chato, y que verla se había vuelto lo mejor de mis noches.

Nos quedamos dormidos así, enredados. Al otro día desperté con el sol pegando en la ventana y con ella mirándome desde al lado. “Buenos días, vecino”, me dijo, con una sonrisa de gata. Le devolví el saludo y la atraje hacia mí. Nos quedamos un rato más en la cama, sin apuro, hasta que el hambre nos sacó. Nos vestimos y bajamos a la esquina a comprar pan amasado. Caminamos por el barrio como si fuéramos pololos de años, tomados de la mano, y yo sentía que algo había cambiado.

Ahora, unas semanas después, seguimos juntos. A veces duermo en su depto, a veces ella se queda en el mío. Ya no miramos por la ventana, porque ahora compartimos la misma cama. Pero de vez en cuando, cuando ella se va a su pieza y yo me quedo en la mía, prendemos las luces y jugamos a mirarnos de lejos. Es nuestro secreto, nuestro juego. Y aunque suene cursi, me gusta saber que la hueá empezó por una ventana, por un par de miradas, y por un mensaje que decía “¿te gusta el vino?”. La vida es rara, pero a veces te da regalos que no esperabas.

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