Mi vecino me descubrió
PlumaNocturna
29 de enero de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Siempre fui una mujer con fantasías que no me atrevía a confesar. A mis 32 años, vivía sola en un pequeño departamento en el quinto piso de un edificio céntrico. Mi vida era rutinaria: trabajo, gimnasio, Netflix, dormir. Pero había algo que nadie sabía de mí, un secreto que guardaba celosamente.
Me excitaba la idea de ser observada. No sé cuándo empezó esta fantasía, quizás en la adolescencia cuando descubrí que me gustaba dejar la puerta del baño entreabierta mientras me duchaba. La adrenalina de poder ser descubierta me provocaba sensaciones que nada más lograba igualar.
Mi departamento tenía un ventanal grande en la sala que daba hacia otro edificio. Durante el día mantenía las cortinas cerradas, pero por las noches, cuando las luces de la ciudad brillaban y yo me sentía sola, empecé a dejarlas abiertas. Al principio solo caminaba en ropa interior, sintiendo el cosquilleo de la posibilidad. Luego empecé a quitarme el sostén. Después todo.
Fue en una noche de julio, con el calor sofocante del verano, cuando decidí ir más allá. Estaba acostada en mi sofá de cuero negro, completamente desnuda, con las piernas abiertas hacia la ventana. Mis dedos jugaban con mis pezones mientras mi otra mano bajaba lentamente por mi vientre. El ventilador giraba perezosamente sobre mí, acariciando mi piel húmeda.
Cerré los ojos y dejé que mis dedos encontraran mi sexo. Estaba mojada, muy mojada. Empecé a acariciar mis labios, separándolos, sintiendo mi propia humedad. Mi dedo medio encontró mi clítoris y empecé a hacer círculos lentos mientras imaginaba que alguien me observaba. Esa fantasía me llevaba al borde más rápido que cualquier otra cosa.
Entonces lo escuché. Un ruido. Como alguien aclarándose la garganta. Abrí los ojos de golpe y miré hacia la ventana. Y ahí estaba él.
En el edificio de enfrente, en un balcón que nunca había notado, había un hombre. No podía ver sus rasgos claramente por la distancia y la oscuridad, pero su silueta era inconfundible. Estaba de pie, apoyado en la baranda, y me miraba directamente. Mi corazón se detuvo por un segundo. Debería haberme cubierto, haberme escondido, sentir vergüenza. Pero no fue eso lo que sentí.
Sentí el orgasmo más intenso de mi vida construyéndose en mi interior.
Sin apartar la vista de su silueta, continué tocándome. Mis dedos entraron en mi sexo, primero uno, luego dos. Bombeaba dentro de mí mientras mi pulgar no dejaba de estimular mi clítoris. Podía ver que él se movía, que su mano bajaba hacia su entrepierna. Saber que se estaba tocando viéndome fue demasiado.
Me vine con un grito que probablemente escucharon los vecinos de al lado. Mi cuerpo se arqueó, mis piernas temblaron, y oleadas de placer me recorrieron mientras mis dedos seguían enterrados en mi interior. Él no dejó de mirar. Yo no dejé de mirarlo a él.
Cuando finalmente pude respirar, levanté la mano y lo saludé. Él devolvió el saludo. Y entonces desapareció dentro de su departamento.
Esa noche no dormí. No podía dejar de pensar en él, en lo que había pasado, en lo que podría pasar. ¿Quién era? ¿Volvería a verlo? ¿Debería cerrar las cortinas y pretender que nunca sucedió?
La respuesta llegó al día siguiente. Cuando volví del trabajo, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Solo decía: "Balcón 8B, esta noche a las 11. Si quieres." Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me desmayaría.
Pasé las siguientes horas preparándome. Me duché, me depilé cuidadosamente, me puse mi mejor conjunto de lencería negra debajo de un vestido rojo que apenas cubría lo necesario. A las 10:55 salí de mi departamento y caminé hacia el edificio de enfrente. El portero me dejó pasar sin preguntas, como si ya supiera que yo vendría.
Subí al octavo piso temblando de anticipación. La puerta del 8B estaba entreabierta. La empujé y entré en un departamento iluminado solo por velas. Y ahí estaba él.
Era más guapo de lo que había imaginado. Alto, de unos 38 años, con cabello oscuro ligeramente canoso en las sienes y ojos verdes que parecían devorarme. Vestía solo un pantalón de lino blanco, su torso descubierto revelando un cuerpo trabajado pero natural.
"Así que viniste," dijo con una voz grave que me hizo estremecer.
"¿Cómo podría no hacerlo?" respondí, sorprendida de mi propia audacia.
Se acercó a mí lentamente, como un depredador que sabe que su presa no escapará. Cuando estuvo a centímetros de mi rostro, levantó su mano y acarició mi mejilla. "Te he visto muchas noches," confesó. "Pero anoche fue diferente. Anoche me dejaste ver todo."
"Me gustó que miraras," susurré.
Su boca encontró la mía y todo pensamiento coherente desapareció. Me besó con una intensidad que nunca había experimentado, su lengua explorando cada rincón de mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta tomar mis nalgas y apretarlas. Yo gemí contra sus labios, mis manos recorriendo su pecho, sintiendo sus músculos tensarse bajo mis dedos.
Me guió hacia el balcón, el mismo desde donde me había observado. "Quiero que toda la ciudad te vea como yo te vi anoche," murmuró en mi oído mientras deslizaba los tirantes de mi vestido por mis hombros. La tela cayó al suelo, dejándome solo en lencería. El aire nocturno acarició mi piel y sentí mis pezones endurecerse.
Me dio la vuelta, mi pecho contra la baranda fría del balcón, mi trasero contra su erección evidente. Sus manos desabrocharon mi sostén y lo dejaron caer. Tomó mis pechos desde atrás, amasándolos, pellizcando mis pezones mientras su boca mordisqueaba mi cuello. Yo no podía dejar de gemir, consciente de que cualquiera en los edificios cercanos podría vernos.
"¿Te gusta esto?" preguntó, una de sus manos bajando por mi vientre hasta meterse dentro de mis bragas. "¿Te gusta saber que pueden vernos?"
"Sí," jadeé. "Me encanta."
Sus dedos encontraron mi sexo empapado y gruñó de aprobación. "Estás tan mojada. Tan lista para mí." Empezó a masturbarme ahí mismo, en el balcón, con la ciudad a nuestros pies. Sus dedos entraban y salían de mí mientras su pulgar torturaba mi clítoris. Yo me aferraba a la baranda, tratando de no gritar, fallando miserablemente.
Cuando el orgasmo me golpeó, mis rodillas cedieron. Él me sostuvo, sus brazos fuertes alrededor de mi cintura, mientras yo temblaba y gemía su nombre – un nombre que aún no conocía.
"Marco," dijo, como leyendo mi mente. "Me llamo Marco."
"Laura," respondí cuando pude hablar.
"Laura," repitió él, saboreando mi nombre. "Vamos adentro. Esto apenas empieza."
Me llevó a su habitación, donde las velas creaban sombras danzantes en las paredes. Me recostó en su cama de sábanas blancas y se quitó el pantalón. Su erección saltó libre, grande, gruesa, perfecta. Me lamí los labios inconscientemente.
"¿La quieres?" preguntó con una sonrisa.
En lugar de responder, me incorporé y lo tomé con mi mano. Era suave y duro al mismo tiempo, palpitante bajo mis dedos. Me incliné y lo tomé en mi boca, sintiendo cómo él inhalaba bruscamente. Lo chupé lentamente, saboreándolo, mi lengua recorriendo cada centímetro mientras mi mano trabajaba lo que no cabía en mi boca.
"Joder, Laura," gruñó, sus manos en mi cabello, guiando mi ritmo. "Tu boca es increíble."
Me sentí poderosa, deseada. Aumenté el ritmo, tomándolo más profundo, sintiendo cómo golpeaba el fondo de mi garganta. Él gemía mi nombre una y otra vez hasta que de repente me apartó.
"No quiero terminar así," dijo, su voz ronca. "Quiero estar dentro de ti."
Me empujó suavemente sobre la cama y se posicionó entre mis piernas. Tomó un condón de la mesita de noche y se lo puso mientras yo observaba hipnotizada. Luego, lentamente, entró en mí.
Grité. De placer, de alivio, de éxtasis. Me llenaba completamente, estirándome de la manera más deliciosa. Él esperó un momento, dejando que me acostumbrara a su tamaño, y luego empezó a moverse.
Empezó lento, casi tierno, pero pronto el deseo tomó el control. Sus embestidas se volvieron más fuertes, más profundas. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo aún más. La cama crujía bajo nosotros, nuestros gemidos llenaban la habitación.
"Más fuerte," supliqué. "Por favor, Marco, más fuerte."
Él obedeció. Me tomó con una intensidad casi salvaje, sus caderas golpeando contra las mías, su miembro alcanzando lugares que no sabía que existían. Yo arañaba su espalda, mordía su hombro, gritaba sin control.
El orgasmo me golpeó como un tsunami. Todo mi cuerpo se convulsionó, apretándolo dentro de mí. Él gruñó y aceleró aún más, persiguiendo su propio clímax. Cuando llegó, lo sentí palpitar dentro de mí mientras gritaba mi nombre.
Caímos juntos, sudorosos, jadeantes, satisfechos. Él se quedó dentro de mí un momento más, besándome suavemente, antes de salir y recostarse a mi lado.
"Eso fue..." empecé.
"Lo sé," completó él con una sonrisa.
Me quedé esa noche. Hicimos el amor tres veces más antes del amanecer. En la ducha, contra la pared. En el sofá, yo cabalgándolo. De nuevo en la cama, lento y profundo, mientras el sol empezaba a asomar.
Han pasado seis meses desde esa primera noche. Marco y yo ahora somos pareja. Pero mantenemos nuestro ritual: cada viernes dejo las cortinas abiertas, y él viene a reclamar lo que empezó aquella noche de verano. A veces hacemos el amor en el balcón, dejando que la ciudad sea testigo de nuestra pasión.
Dicen que las fantasías nunca son tan buenas en la realidad. Quien dijo eso nunca tuvo un vecino como Marco.