El profesor que cambió mi vida
PlumaNocturna
31 de enero de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Capítulo 1: El Encuentro
Me llamo Carolina y tengo treinta y dos años. Soy profesora de literatura en una universidad privada de la ciudad, una mujer que siempre se consideró racional, controlada, dueña de sus emociones. O al menos eso creía hasta que él apareció en mi vida y demolió todas las certezas sobre las que había construido mi existencia.
Todo comenzó un lunes de septiembre, el primer día del nuevo semestre. Yo estaba en mi oficina, revisando el programa del curso que impartiría ese año, cuando escuché que tocaban a la puerta. "Adelante," dije sin levantar la vista de mis papeles.
"¿Profesora Méndez?" La voz era grave, con un timbre que hizo que algo en mi vientre se tensara inexplicablemente. Levanté la mirada y me encontré con el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Alto, de al menos un metro ochenta y cinco, con cabello castaño oscuro ligeramente ondulado y unos ojos de un azul tan intenso que parecían irreales. Tenía la mandíbula cuadrada, cubierta por una barba de varios días perfectamente recortada, y los hombros anchos de alguien que claramente pasaba tiempo en el gimnasio. Vestía un traje gris oscuro que se ajustaba a su cuerpo de una manera que debería ser ilegal.
"Soy el profesor Daniel Vega," dijo, extendiendo una mano. "Me han asignado la oficina de al lado. Quería presentarme."
Me puse de pie, alisando mi falda en un gesto nervioso que esperé que él no notara, y estreché su mano. El contacto fue como tocar un cable eléctrico. Un hormigueo recorrió mi brazo y se extendió por todo mi cuerpo, dejándome momentáneamente sin aliento.
"Carolina Méndez," logré decir. "Literatura Comparada. ¿Cuál es tu especialidad?"
"Filosofía del Arte," respondió él, y noté que no había soltado mi mano. Sus ojos azules me estudiaban con una intensidad que me hacía sentir completamente expuesta, como si pudiera ver a través de mi ropa, de mi piel, hasta lo más profundo de mi ser. "Algo me dice que vamos a llevarnos muy bien, Carolina."
La manera en que pronunció mi nombre, saboreando cada sílaba, envió un escalofrío por mi espalda. Retiré mi mano, tal vez con más brusquedad de la necesaria, y di un paso atrás.
"Bienvenido al departamento," dije, tratando de sonar profesional. "Si necesitas algo, no dudes en preguntar."
Él sonrió, y esa sonrisa transformó su rostro de atractivo a devastadoramente irresistible. "Oh, lo haré," prometió. "Definitivamente lo haré."
Cuando se fue, me dejé caer en mi silla, el corazón latiendo desbocado. ¿Qué diablos había sido eso? Yo era una mujer profesional, controlada, que nunca mezclaba el trabajo con el placer. Había tenido relaciones, por supuesto, pero siempre mantenidas cuidadosamente separadas de mi vida académica. Y ahora, un hombre que acababa de conocer había logrado desestabilizarme con una simple presentación.
Me dije a mí misma que era ridículo, que estaba exagerando. Era solo un colega nuevo, nada más. Pero cuando cerré los ojos esa noche, fue su rostro el que vi, fueron sus ojos azules los que me persiguieron en mis sueños, y fue su voz grave la que susurraba mi nombre mientras yo me agitaba entre las sábanas, despertando húmeda y frustrada.
Las semanas siguientes fueron una tortura exquisita. Daniel y yo nos cruzábamos constantemente en los pasillos, en la cafetería del campus, en las reuniones de departamento. Cada encuentro era como agregar leña a un fuego que amenazaba con consumirme. Él siempre encontraba la manera de tocarme: una mano en el hombro, un roce "accidental" cuando pasábamos por una puerta, sus dedos rozando los míos cuando me pasaba un documento.
Y las miradas. Dios, las miradas. Me observaba con esa intensidad que hacía que me sintiera desnuda, que hacía que mi piel ardiera como si estuviera bajo un sol abrasador. Yo trataba de ignorarlo, de mantener la compostura profesional, pero cada día se volvía más difícil. Cada noche me encontraba fantaseando con él, imaginando lo que sería sentir esas manos grandes recorriendo mi cuerpo, esos labios explorando cada centímetro de mi piel.
Empecé a vestirme de manera diferente, aunque me negaba a admitirlo. Faldas más cortas, blusas más ajustadas, tacones más altos. Me decía a mí misma que solo quería verme profesional, pero la verdad era que quería que él me mirara, que me deseara tanto como yo lo deseaba a él.
Fue en una de esas noches de octubre, durante una recepción de la facultad, cuando todo cambió. Yo estaba en un rincón del salón, copa de vino en mano, observando a los colegas conversar, cuando sentí su presencia detrás de mí antes de verlo.
"Estás particularmente hermosa esta noche," murmuró en mi oído, su aliento cálido acariciando mi cuello.
Me volví para enfrentarlo, y me encontré atrapada entre su cuerpo y la pared. Estaba tan cerca que podía oler su colonia, una mezcla embriagadora de madera y especias. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
"Daniel," dije, intentando sonar firme, "no creo que esto sea apropiado."
"¿El qué?" preguntó, un brillo travieso en sus ojos. "¿Que te diga que eres hermosa? Es solo la verdad."
"Somos colegas," insistí, aunque mi voz sonaba débil incluso a mis propios oídos.
"Y eso es un problema porque..." Dejó la pregunta en el aire, inclinándose aún más cerca. "Dime que no piensas en mí, Carolina. Dime que no te preguntas cómo sería besarnos, tocarnos, perdernos el uno en el otro. Mírame a los ojos y dime que no me deseas."
Abrí la boca para negarlo, para mentir, pero las palabras no salieron. Porque la verdad era que lo deseaba. Lo deseaba con una intensidad que me asustaba, que iba en contra de todo lo que yo creía ser.
Él sonrió, leyendo mi silencio como la confesión que era. "Eso pensé," murmuró. "Te espero en mi oficina en una hora. Si no vienes, lo entenderé y no volveré a mencionarlo. Pero si vienes..." Sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja. "Si vienes, te prometo una noche que nunca olvidarás."
Y luego se fue, dejándome temblando, el corazón desbocado, la entrepierna húmeda de anticipación.
Capítulo 2: La Decisión
Esa hora fue la más larga de mi vida. Me quedé en la recepción, tratando de participar en conversaciones que no me interesaban, revisando el reloj cada cinco minutos. Mi mente era un torbellino de dudas y deseos contradictorios.
Una parte de mí, la parte racional y prudente, me gritaba que no fuera. Que era una locura arriesgar mi reputación, mi carrera, por una aventura con un colega. Que esto solo podía terminar mal, en lágrimas y arrepentimiento.
Pero otra parte, esa parte que había mantenido encerrada durante años, esa parte salvaje y hambrienta que apenas reconocía como mía, me urgía a ir. A dejarme llevar por una vez en mi vida, a explorar este deseo que me consumía desde hacía semanas. A vivir, verdaderamente vivir, aunque solo fuera por una noche.
Cuando el reloj marcó las once, me encontré caminando hacia el edificio del departamento. Mis tacones resonaban en los pasillos vacíos, cada paso acercándome más a un punto de no retorno. Podía dar la vuelta, pensé. Podía volver a mi apartamento, tomarme una copa de vino, pretender que esta noche nunca había sucedido.
Pero cuando llegué frente a la puerta de su oficina, supe que no había vuelta atrás. Levanté la mano y toqué, sintiendo cada latido de mi corazón retumbar en mis oídos.
La puerta se abrió casi inmediatamente. Daniel estaba ahí, habiéndose quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de su camisa. La luz tenue de una lámpara de escritorio creaba sombras en su rostro, haciéndolo parecer aún más peligrosamente atractivo.
"Viniste," dijo, su voz ronca de algo que reconocí como deseo.
"Vine," confirmé, sorprendida de que mi voz sonara tan firme cuando todo mi cuerpo temblaba.
Él dio un paso atrás, invitándome a entrar. Crucé el umbral, escuchando la puerta cerrarse detrás de mí con un clic que sonó definitivo, irrevocable.
Su oficina era más grande que la mía, decorada con buen gusto. Había estantes llenos de libros, reproducciones de obras de arte en las paredes, un sofá de cuero en un rincón. Pero apenas noté nada de eso, porque él estaba frente a mí, y su presencia llenaba todo el espacio.
"Antes de que empiece cualquier cosa," dijo, acercándose lentamente, "quiero que sepas que puedes irte en cualquier momento. Si algo te incomoda, si cambias de opinión, solo dilo y me detengo. ¿Entendido?"
Asentí, conmovida a pesar de todo por su preocupación por mi consentimiento.
"Necesito escucharte decirlo," insistió.
"Entendido," dije. "Y lo mismo va para ti."
Él sonrió. "No voy a querer que pares. Te lo garantizo."
Y entonces me besó. No fue un beso suave o tentativo. Fue un beso de hambre contenida durante semanas, de deseo finalmente liberado. Su boca tomó la mía con una intensidad que me robó el aliento, su lengua explorando, demandando, conquistando. Yo respondí con igual fervor, mis manos aferrándose a sus hombros, mi cuerpo presionándose contra el suyo.
Sus manos bajaron a mi cintura, luego a mis caderas, apretando, moldeando. Me empujó suavemente hasta que mi espalda chocó con la pared, y entonces presionó todo su cuerpo contra el mío. Pude sentir su erección a través de la tela de sus pantalones, dura y demandante contra mi vientre.
"He soñado con esto desde el primer día," murmuró contra mis labios. "Con desnudarte, con probarte, con hacerte gritar mi nombre."
"Entonces hazlo," lo desafié, sorprendida de mi propia audacia.
Sus manos encontraron el cierre de mi vestido y lo bajaron lentamente. La tela se deslizó por mis hombros, por mi cintura, hasta caer al suelo, dejándome en ropa interior frente a él. Me observó con esos ojos azules oscurecidos de deseo, recorriendo mi cuerpo como si estuviera memorizando cada curva.
"Joder," exhaló. "Eres incluso más hermosa de lo que imaginaba."
Me sonrojé, sintiéndome expuesta y poderosa al mismo tiempo. Nunca me había sentido tan deseada, tan absolutamente querida. Levante las manos hacia los botones de su camisa.
"Tu turno," dije.
Él me dejó desvestirlo, observando mi cara mientras yo revelaba su torso. Era magnífico: músculos definidos bajo piel bronceada, una línea de vello oscuro bajando desde su ombligo hasta perderse bajo la cintura de sus pantalones. Tracé esa línea con mis dedos, sintiendo cómo su estómago se contraía bajo mi toque.
Cuando llegué a su cinturón, él cubrió mis manos con las suyas. "Todavía no," dijo, su voz tensa. "Si me tocas ahora, esto va a terminar antes de empezar."
Antes de que pudiera responder, me levantó en brazos y me llevó al sofá. Me recostó sobre el cuero fresco y se arrodilló ante mí, sus manos recorriendo mis piernas, mis muslos, subiendo hasta el borde de mis bragas.
"He querido hacer esto desde el momento en que te vi," murmuró, enganchando sus dedos en el elástico de mis bragas. "Probarte. Hacerte gemir. Hacer que te corras en mi lengua."
Tiró de la prenda, deslizándola por mis piernas. Yo quedé completamente desnuda ante él, vulnerable, expuesta. Debería haberme sentido cohibida, pero la manera en que me miraba, con una mezcla de reverencia y hambre, solo me hacía sentir poderosa.
Él se inclinó entre mis piernas, su aliento cálido acariciando mi centro húmedo. "Estás tan mojada," observó, su voz ronca de deseo. "¿Todo esto es por mí?"
"Sí," admití sin vergüenza. "He estado así desde la primera vez que te vi."
Él gruñó, un sonido primitivo que resonó en lo más profundo de mi ser, y entonces su boca encontró mi sexo.
El primer contacto de su lengua fue como un relámpago. Grité, mis caderas levantándose involuntariamente hacia él, mis manos encontrando su cabello para anclarse. Él lamía, succionaba, exploraba cada pliegue con una dedicación que me hizo ver estrellas.
Nadie me había tocado así antes. Mis amantes anteriores habían sido competentes, supongo, pero esto era diferente. Esto era un hombre que sabía exactamente lo que hacía, que leía cada una de mis reacciones y ajustaba su técnica para maximizar mi placer.
Cuando introdujo dos dedos mientras su lengua seguía trabajando mi clítoris, casi perdí la cabeza. Los curvó hacia arriba, encontrando ese punto que me hacía temblar, y empezó a bombear mientras su boca no dejaba de moverse.
"Dios, Daniel," gemí, tirando de su cabello. "Voy a... no puedo..."
"Sí puedes," murmuró contra mi sexo, las vibraciones de sus palabras añadiendo otra capa de sensación. "Córrete para mí, Carolina. Déjame probarte."
El orgasmo me golpeó como una ola gigante. Todo mi cuerpo se tensó, mis piernas temblando incontrolablemente mientras oleadas de placer me recorrían. Grité, grité de verdad, su nombre mezclado con sonidos incoherentes mientras él seguía lamiendo, prolongando mi clímax hasta que finalmente me derrumbé, jadeante y satisfecha.
Él se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, una sonrisa satisfecha en sus labios. "Eso fue solo el comienzo," prometió.
Se puso de pie para quitarse el resto de la ropa, y yo observé, todavía temblando, mientras revelaba su cuerpo. Su erección saltó libre cuando bajó sus boxers, larga y gruesa, ya brillando en la punta con anticipación.
"¿Tienes...?" empecé a preguntar.
Él sacó un condón del bolsillo de su pantalón caído. "Siempre preparado," dijo con una sonrisa.
Lo observé mientras se lo ponía, hipnotizada por la visión de sus manos acariciando su propia erección. Cuando terminó, se posicionó sobre mí en el sofá, su cuerpo caliente cubriendo el mío.
"¿Lista?" preguntó, la punta de su miembro rozando mi entrada.
"Más que lista," respondí, levantando las caderas para encontrarlo.
Entró lentamente, dándome tiempo para ajustarme a su tamaño considerable. La sensación de ser llenada así, tan completamente, me arrancó un gemido gutural. Él se detuvo cuando estuvo completamente dentro, nuestros ojos encontrándose, nuestras respiraciones mezclándose.
"Perfecta," murmuró. "Encajas perfectamente."
Y entonces empezó a moverse. Embestidas largas y profundas al principio, estableciendo un ritmo que me hacía jadear con cada una. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura, mis uñas arañando su espalda, mientras él me llevaba cada vez más alto.
"Más fuerte," pedí, necesitando más, necesitando todo lo que pudiera darme.
Él obedeció. Sus embestidas se volvieron más intensas, más urgentes, el sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenando la oficina. El sofá se movía bajo nosotros, golpeando rítmicamente contra la pared, pero a ninguno de los dos nos importaba.
"Dios, Carolina," gruñó en mi oído. "No tienes idea de lo bien que se siente estar dentro de ti. He fantaseado con esto tantas veces..."
Sus palabras me excitaban casi tanto como sus movimientos. Me sentía deseada, poderosa, completamente viva. Cada embestida tocaba lugares profundos dentro de mí, enviando chispas de placer por todo mi cuerpo.
Cambió de posición, levantando una de mis piernas sobre su hombro, y el nuevo ángulo me hizo gritar. Ahora tocaba ese punto perfecto con cada movimiento, llevándome rápidamente hacia otro clímax.
"Voy a venirme otra vez," advertí, mis paredes internas apretándose alrededor de él.
"Hazlo," ordenó, sus ojos azules fijos en los míos. "Córrete conmigo adentro. Quiero sentirte."
El orgasmo fue devastador. Más intenso que el primero, me sacudió por completo, haciéndome gritar tan fuerte que probablemente me escucharon en todo el edificio. Mis músculos se contrajeron alrededor de él rítmicamente mientras oleadas de éxtasis me recorrían.
Lo sentí acelerar, sus embestidas volviéndose erráticas, y segundos después gruñó mi nombre mientras se derramaba, su cuerpo temblando sobre el mío con la fuerza de su propio clímax.
Caímos juntos, sudorosos y jadeantes, un enredo de extremidades sobre el sofá de su oficina. Él salió de mí con cuidado y se deshizo del condón antes de volver a mi lado, atrayéndome hacia su pecho.
"Eso fue..." empecé, sin encontrar palabras adecuadas.
"Increíble," completó él. "Y apenas es el comienzo."
Capítulo 3: La Caída
Esa noche en su oficina fue solo el comienzo de una aventura que transformaría mi vida por completo. Durante los meses siguientes, Daniel y yo nos vimos casi todos los días. A veces era en su oficina después de las clases, otras veces en su apartamento o en el mío. Una vez incluso lo hicimos en los estantes de la biblioteca, después de horas, entre los libros polvorientos que eran testigos silenciosos de nuestra pasión.
Descubrí facetas de mí misma que nunca había conocido. Descubrí que me gustaba ser dominada, que me excitaba cuando él me decía qué hacer, cuándo tocar, cuándo venirme. Descubrí el placer del juego, de la anticipación, de la tensión sexual mantenida durante horas antes de finalmente liberarla.
Una noche, él llegó a mi apartamento con una bolsa misteriosa. Me dijo que me desnudara y me sentara en la cama, y yo obedecí, el corazón latiendo con anticipación. De la bolsa sacó cuerdas de seda, un antifaz negro, y una pluma.
"¿Confías en mí?" preguntó.
"Sí," respondí sin dudar.
Me vendó los ojos primero, sumergiéndome en una oscuridad total que amplificó todos mis otros sentidos. Luego ató mis muñecas a la cabecera de la cama con las cuerdas de seda, dejándome completamente a su merced.
Lo que siguió fue la experiencia más erótica de mi vida. Con la pluma, recorrió cada centímetro de mi cuerpo, desde mis labios hasta mis dedos del pie, provocando sensaciones que iban desde cosquillas hasta ondas de placer que me hacían retorcerme. Sin poder verlo, sin saber qué vendría después, cada toque era una sorpresa, cada caricia una revelación.
"Me vuelve loco lo receptiva que eres," murmuró mientras la pluma circulaba mis pezones endurecidos. "La manera en que tu cuerpo responde a cada cosa que hago."
Cuando finalmente dejó la pluma y empezó a tocarme con sus manos, con su boca, con su lengua, yo estaba tan sensibilizada que cada contacto era casi demasiado. Perdí la cuenta de cuántas veces me hizo terminar antes de finalmente penetrarme, llevándome a un orgasmo final tan intenso que lloré de placer.
Pero no todo era sexo. También había conversaciones largas sobre arte, literatura, filosofía. Había cenas románticas y caminatas por la ciudad. Había risas compartidas y silencios cómodos. Había, aunque ninguno de los dos lo decía en voz alta, una conexión que iba más allá de lo físico.
Me estaba enamorando. Lo sabía, aunque trataba de negarlo. No era parte del plan. Se suponía que esto era solo una aventura, una exploración del deseo, nada más. Pero cada vez que lo miraba, cada vez que él me miraba a mí, sentía algo en el pecho que no podía ignorar.
Fue en diciembre, justo antes de las vacaciones de invierno, cuando todo se complicó.
Estábamos en una fiesta de la universidad, manteniendo las distancias como siempre hacíamos en público, cuando una mujer rubia y hermosa se acercó a Daniel. Lo abrazó con una familiaridad que me heló la sangre, besándolo en la mejilla con labios demasiado cercanos a los suyos.
"¡Daniel! No sabía que estabas trabajando aquí," exclamó. "¿Por qué no me llamaste?"
Él pareció incómodo, su mirada encontrándose brevemente con la mía antes de volver a la mujer. "Elena. Qué sorpresa. Estoy... estamos un poco ocupados estos días."
"¿Estamos?" La mujer levantó una ceja perfectamente delineada. "¿Hay alguien nuevo en tu vida, Daniel?"
Observé la escena desde la distancia, un nudo formándose en mi estómago. ¿Quién era esta mujer? ¿Por qué lo trataba con tanta familiaridad? ¿Por qué él no la presentaba, no la alejaba?
Esa noche, cuando estuvimos solos, le pregunté directamente.
"¿Quién era ella?"
Él suspiró, pasándose una mano por el cabello en un gesto que había aprendido a reconocer como nerviosismo. "Mi ex esposa."
Ex esposa. La palabra cayó entre nosotros como una bomba. Nunca me había hablado de una ex esposa. Nunca me había hablado de mucho de su pasado, en realidad, y yo no había preguntado, demasiado absorta en el presente para preocuparme por el pasado.
"¿Cuánto tiempo estuvieron casados?" pregunté, mi voz extrañamente calmada.
"Cinco años. Nos divorciamos hace dos."
"¿Por qué no me lo dijiste?"
Él me miró, y vi algo en sus ojos que no había visto antes: vulnerabilidad. "Porque cuando estoy contigo, mi pasado no importa. Solo importa el presente. Solo importamos nosotros."
Debería haberme alejado entonces. Debería haber reconocido las señales de advertencia, los secretos que él guardaba, las partes de su vida que no compartía conmigo. Pero cuando me besó, cuando sus manos encontraron mi cuerpo, cuando me llevó a la cama y me hizo el amor con una ternura que me rompió el corazón, supe que estaba perdida.
Me había enamorado de él. Y aunque sabía que probablemente saldría herida, no podía alejarme. No quería alejarme.
Capítulo 4: La Verdad
Los meses siguientes fueron una montaña rusa de emociones. La relación con Daniel se intensificó, tanto física como emocionalmente. Empezamos a pasar las noches juntos con más frecuencia, a compartir más de nuestras vidas. Él me contó sobre su matrimonio fallido, sobre cómo Elena lo había engañado con su mejor amigo, sobre cómo había tardado años en recuperarse de esa traición.
"Es por eso que me cuesta abrirme," admitió una noche, ambos acurrucados en mi sofá después de horas de hacer el amor. "Me aterra volver a sentirme así de vulnerable."
Le acaricié el rostro, sintiendo mi corazón hincharse de amor por este hombre complicado y hermoso. "No soy Elena," dije suavemente. "Nunca te haría eso."
Él tomó mi mano y la besó. "Lo sé. Y por eso me aterras más que ella nunca me aterró. Porque con ella, siempre mantuve una parte de mí reservada. Pero contigo..." Me miró a los ojos. "Contigo me siento expuesto. Completamente. Y eso es terrorifico y maravilloso al mismo tiempo."
Esa noche, hicimos el amor de manera diferente. Más lento, más tierno, con una intimidad que iba más allá de lo físico. Cada beso era una promesa, cada caricia una declaración. Cuando finalmente nos unimos, nuestros ojos manteniéndose fijos el uno en el otro, sentí que algo fundamental había cambiado entre nosotros.
Y después, acurrucada en sus brazos, escuché las palabras que llevaba meses deseando oír.
"Te amo, Carolina. Estoy enamorado de ti."
Las lágrimas corrieron por mis mejillas mientras le devolvía las palabras. "Yo también te amo, Daniel. Más de lo que creí posible."
Pero la vida rara vez es tan simple como un "te amo". Y en marzo, justo cuando empezaba a creer que tal vez tendríamos nuestro final feliz, la realidad golpeó con fuerza.
Fue el decano quien nos llamó a su oficina. Alguien, todavía no sé quién, había reportado nuestra relación. Nos encontramos sentados frente a su escritorio como niños castigados mientras él nos sermoneaba sobre la política de la universidad respecto a las relaciones entre colegas.
"Aunque técnicamente no está prohibido," dijo, sus ojos pasando de uno al otro con desaprobación mal disimulada, "es altamente desaconsejable. Especialmente cuando no se ha sido... discreto."
El rubor subió a mis mejillas mientras pensaba en todas las veces que habíamos sido "indiscretos". La oficina, la biblioteca, aquel almacén de suministros que recordé con vergüenza...
"La junta directiva ha decidido que uno de ustedes debe ser transferido a otra facultad," continuó el decano. "Tienen una semana para decidir quién."
Salimos de la oficina en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Cuando llegamos a su oficina, cerré la puerta detrás de nosotros y me derrumbé en sus brazos.
"¿Qué vamos a hacer?" pregunté, las lágrimas amenazando con caer.
Él me sostuvo fuerte, sus labios besando mi cabello. "Encontraremos una solución. Juntos."
Esa noche, en lugar de hacer el amor, simplemente hablamos. Discutimos opciones, consideramos alternativas. Él podía solicitar el traslado, ya que tenía menos años en la institución. O yo podía hacerlo, ya que tenía una oferta pendiente de otra universidad.
Al final, fue él quien tomó la decisión.
"Yo me iré," dijo. "Tu carrera aquí está más establecida, tienes más que perder."
"Pero Daniel..."
Me silencio con un beso. "No es el final, Carolina. Es solo un nuevo capítulo. Estaré a solo una hora de distancia. Nos veremos los fines de semana, las vacaciones. Lo haremos funcionar."
Y así fue. Daniel se transfirió a una universidad en una ciudad cercana. El primer mes fue difícil, acostumbrarme a no verlo todos los días, a no poder caminar hasta su oficina cuando lo necesitaba. Pero aprendimos a adaptarnos. Las videollamadas nocturnas se convirtieron en nuestra rutina, los fines de semana juntos en nuestro santuario.
Y curiosamente, la distancia hizo que nuestra relación se fortaleciera. Sin la conveniencia de la cercanía, tuvimos que esforzarnos más, comunicarnos mejor, valorar cada momento juntos.
Cuando nos veíamos, era como el reencuentro de dos amantes separados por la guerra. Apenas podíamos mantener las manos alejadas el uno del otro, la urgencia de nuestros cuerpos reflejando la profundidad de lo que sentíamos.
Un fin de semana, seis meses después de su transferencia, él llegó a mi apartamento con una expresión extraña en el rostro. Me preocupé de inmediato.
"¿Qué pasa?" pregunté, tomando sus manos.
Él se arrodilló frente a mí, y mi corazón dejó de latir por un segundo.
"Carolina Méndez," dijo, sacando una pequeña caja de su bolsillo. "Este año contigo ha sido el más feliz de mi vida. Me has enseñado lo que es el amor verdadero, la pasión verdadera, la conexión verdadera. No quiero pasar ni un día más sin saber que serás mía para siempre."
Abrió la caja, revelando un anillo de diamantes que brillaba bajo la luz.
"¿Quieres casarte conmigo?"
Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras asentía, incapaz de hablar. Él deslizó el anillo en mi dedo, luego se levantó para besarme, un beso que contenía todas nuestras promesas, todos nuestros sueños, todo nuestro amor.
"Sí," finalmente logré decir cuando nos separamos. "Mil veces sí."
Capítulo 5: El Final Feliz
Nos casamos en junio, exactamente un año después de aquella primera noche en su oficina. Fue una ceremonia pequeña en una playa al atardecer, con solo nuestros amigos más cercanos y familiares. Yo llevaba un vestido blanco sencillo, mis pies descalzos en la arena, el viento del mar jugando con mi cabello mientras caminaba hacia él.
Él me esperaba al final del pasillo improvisado, más guapo que nunca en un traje claro que resaltaba sus ojos azules. Y cuando nuestras miradas se encontraron, cuando vi el amor reflejado en su rostro, supe que había tomado la decisión correcta.
Los votos fueron simples pero sinceros. Prometimos amarnos, respetarnos, apoyarnos en los buenos y malos momentos. Prometimos nunca dejar que la pasión muriera, nunca dar por sentado lo que teníamos. Prometimos ser compañeros, amantes, mejores amigos hasta el final de nuestros días.
Cuando el oficiante nos declaró marido y mujer, él me besó con toda la pasión de nuestra primera noche juntos, ganándose aplausos y silbidos de nuestros invitados.
La noche de bodas, en una suite de hotel con vista al mar, hicimos el amor durante horas. Fue diferente a todas las veces anteriores, más significativo, más trascendente. Ya no éramos solo amantes, éramos esposos, compañeros de vida.
"Te amo, señora Vega," murmuró él contra mi cuello mientras nos recuperábamos de un clímax particularmente intenso.
"Te amo, señor Vega," respondí, acariciando su cabello sudado. "Gracias por no rendirte conmigo."
"Nunca me rendiré contigo," prometió. "Esto es solo el comienzo."
Han pasado tres años desde esa noche. Ahora vivimos en una casa a medio camino entre nuestras universidades, compartiendo la conducción para ir al trabajo. Tenemos un perro, un golden retriever llamado Byron en honor a mi poeta favorito. Y hace seis meses, descubrimos que estamos esperando nuestro primer hijo.
A veces, cuando estoy acostada junto a Daniel mirándolo dormir, pienso en todo el camino que recorrimos para llegar aquí. En aquella primera mirada en la tienda del campus, en la tensión de aquellas primeras semanas, en la noche de la tormenta que lo cambió todo. Pienso en los obstáculos que enfrentamos, en la distancia que superamos, en las decisiones difíciles que tomamos juntos.
Y me doy cuenta de que cada paso, cada dificultad, cada momento de duda valió la pena. Porque al final del camino estaba él. Estaba este amor. Estaba esta vida que construimos juntos.
La pasión no ha disminuido con el tiempo, si algo ha hecho, es intensificarse. Todavía me estremezco cuando me toca, todavía siento mariposas cuando me mira. Todavía hacemos el amor con la misma urgencia de aquellas primeras veces, aunque ahora hay también una ternura, una familiaridad que hace que cada vez sea aún más especial.
El verano pasado, volvimos a la playa donde nos casamos. Caminamos por la orilla al atardecer, tomados de la mano, viendo cómo el sol se hundía en el mar.
"¿Eres feliz?" me preguntó él, como hace a menudo.
Me detuve, girándome para enfrentarlo. El viento agitaba su cabello, ahora con algunas canas en las sienes que lo hacían aún más atractivo. Sus ojos azules todavía tenían ese brillo que me había cautivado desde el primer día.
"Más de lo que nunca creí posible," respondí sinceramente.
Él sonrió, esa sonrisa que todavía me derrite el corazón, y me besó. Un beso suave, lleno de promesas, lleno de amor.
"Yo también," murmuró contra mis labios. "Gracias por ser valiente aquella noche. Gracias por tocar a mi puerta."
"Gracias por abrirla."
Seguimos caminando, el sol hundiéndose en el horizonte, el futuro extendiéndose ante nosotros tan vasto y hermoso como el mar. Y supe, con una certeza que llenaba todo mi ser, que sin importar lo que viniera, lo enfrentaríamos juntos.
Porque eso es lo que hace el amor verdadero. No te promete un camino fácil, pero te garantiza que no lo caminarás sola. Y con Daniel a mi lado, con su mano sosteniendo la mía, sé que puedo enfrentar cualquier cosa.
Esta es mi historia. La historia de cómo una profesora de literatura encontró el amor donde menos lo esperaba, de cómo aprendió que la pasión y el romance no existen solo en los libros, de cómo descubrió que el final feliz es posible si estás dispuesto a arriesgarte por él.
Y mientras espero a nuestro hijo, mientras imagino el futuro que construiremos juntos, sé una cosa con absoluta certeza: la aventura apenas comienza. Y no la cambiaría por nada del mundo.