El trío que salvó mi matrimonio
NarradorSensual
25 de enero de 2026
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Sensual y envolvente
Después de doce años de matrimonio, Diego y yo estábamos en crisis. No era que nos odiáramos, al contrario, nos queríamos profundamente. Pero la pasión se había apagado. El sexo se había vuelto predecible, mecánico, casi una obligación que cumplíamos una vez a la semana sin entusiasmo. Yo tenía 38 años, él 42, y sentía que nuestra vida íntima había envejecido más rápido que nosotros.
Fue él quien lo propuso, una noche después de nuestra tercera copa de vino. "¿Alguna vez has fantaseado con estar con otra mujer?" La pregunta me tomó por sorpresa, pero después de un momento de reflexión, admití que sí. En la universidad había tenido un par de experiencias con compañeras de cuarto que nunca había olvidado.
Diego confesó que su fantasía era verme con otra mujer. La idea de observarme experimentar placer con alguien más lo excitaba de una manera que no podía explicar. Esa noche, por primera vez en meses, hicimos el amor con verdadera pasión, fantaseando juntos sobre la posibilidad.
Decidimos explorar esa fantasía. Creamos un perfil en una aplicación para parejas y empezamos a buscar a alguien compatible. Después de varias conversaciones que no llevaron a nada, encontramos a Valentina.
Valentina tenía 35 años, era divorciada, bisexual experimentada, y absolutamente hermosa. Cabello negro azabache, ojos claros, piel bronceada y un cuerpo de gimnasio que me hizo sentir un poco intimidada. Chateamos durante semanas, primero las tres, luego ella y yo solas. Había química, tanto intelectual como sexual.
El día acordado llegó un sábado de octubre. Habíamos limpiado la casa obsesivamente, preparado una cena elegante, y gastado una fortuna en lencería nueva. Cuando Valentina tocó el timbre, mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.
Ella era aún más impresionante en persona. Llevaba un vestido negro ajustado que resaltaba cada curva, y cuando me saludó con un beso en la mejilla, su perfume me envolvió. Diego abrió el vino y los tres nos sentamos a cenar, intentando actuar como si fuera una cena normal entre amigos.
La conversación fluyó, el vino también, y gradualmente la tensión sexual se volvió palpable. Valentina tenía una manera de mirarme que me hacía sentir completamente desnuda aunque todavía llevara puesto mi vestido. Diego nos observaba con una mezcla de nerviosismo y excitación evidente.
"Entonces," dijo Valentina finalmente, dejando su copa en la mesa, "¿vamos a seguir pretendiendo que solo vinimos a cenar?"
Nos reímos, liberando parte de la tensión. Diego tomó mi mano y me miró a los ojos. "¿Estás segura?" preguntó. Asentí. Estaba aterrorizada y más excitada de lo que había estado en años.
Valentina se levantó y caminó hacia mí. Sin decir palabra, tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Sus labios eran suaves, tan diferentes a los de Diego, y su beso era gentil pero lleno de promesa. Cerré los ojos y me dejé llevar.
Sentí las manos de Diego en mi espalda, bajando el cierre de mi vestido. Entre los dos me desnudaron lentamente, mientras Valentina no dejaba de besarme. Cuando quedé solo en ropa interior, ella se apartó y me observó con apreciación.
"Eres hermosa," murmuró, y el cumplido en sus labios significaba más que cualquier otro que hubiera recibido.
Entonces fue su turno. Mis manos temblaban mientras desabrochaba su vestido, revelando un cuerpo que parecía esculpido. Sus pechos eran perfectos, coronados por pezones oscuros que pedían ser besados. Su vientre plano, sus caderas curvas, sus piernas largas. Era como una obra de arte.
Diego se había sentado en el sillón, observándonos. Ya se había quitado la camisa y podía ver su erección marcada en los pantalones. Saber que vernos lo excitaba añadía otra dimensión a mi placer.
Valentina me guió hacia el sofá y me recostó suavemente. Se posicionó sobre mí, nuestros cuerpos alineados, y empezó a besarme de nuevo mientras sus caderas se movían contra las mías. La fricción entre nuestros sexos, aunque separados por la tela, era electrizante.
Sus labios bajaron por mi cuello, mis clavículas, hasta llegar a mis pechos. Desabrochó mi sostén y lo apartó, tomando un pezón en su boca. Yo gemí, arqueándome hacia ella. Su lengua era experta, alternando entre succiones suaves y mordiscos juguetones.
Mientras ella atendía mis pechos, sus dedos bajaron a mi entrepierna. Apartó mis bragas y me encontró completamente empapada. "Alguien está muy lista," susurró con una sonrisa antes de deslizar un dedo dentro de mí.
Grité de placer. Diego gruñó desde su sillón, su mano ahora claramente dentro de su pantalón. Verlo tocarse mientras otra mujer me penetraba con sus dedos era la experiencia más erótica de mi vida.
Valentina añadió otro dedo y empezó a bombear mientras su pulgar encontraba mi clítoris. Yo ya no podía pensar, solo sentir. Sus dedos curvándose dentro de mí, tocando ese punto perfecto, su pulgar haciendo círculos precisos, su boca alternando entre mis pechos.
El orgasmo me golpeó como un relámpago. Mi cuerpo entero se tensó, mis piernas se cerraron alrededor de su mano, y grité tan fuerte que probablemente los vecinos escucharon. Oleadas de placer me recorrían mientras ella seguía moviéndose dentro de mí, extendiendo mi clímax hasta que supliqué que parara.
Cuando abrí los ojos, Valentina estaba sonriendo. "Tu turno," dijo, y se recostó a mi lado, abriendo las piernas.
Había pasado años desde la última vez que había tocado a otra mujer, pero mi cuerpo recordaba. Bajé por su cuerpo, besando cada centímetro de piel, hasta llegar a su sexo. Estaba depilada y mojada, su aroma embriagador. La lamí tentativamente y su gemido de aprobación me dio confianza.
Empecé a trabajar con mi lengua, explorando cada pliegue, succionando su clítoris, penetrándola con mi lengua. Sus manos se enredaron en mi cabello, guiándome, mostrándome exactamente lo que le gustaba. Yo aprendía rápido, recordando lo que a mí me gustaba y aplicándolo.
"Joder, sí, así," gemía ella. "No pares."
Sentí movimiento a mi lado y supe que Diego se había acercado. Sus manos recorrieron mi espalda mientras yo seguía lamiendo a Valentina. Luego sentí sus dedos en mi sexo, preparándome, y finalmente su miembro entrando en mí desde atrás.
La sensación era abrumadora. La lengua de Valentina en mi boca cuando levantó mi cara para besarme, el sabor de ella en mis labios, el miembro de Diego embistiéndome por detrás. Éramos un enredo de cuerpos, manos, bocas, todos buscando dar y recibir placer.
Cambiamos de posición varias veces. Diego penetrando a Valentina mientras ella me lamía. Yo cabalgando a Diego mientras Valentina besaba mi cuello y acariciaba mis pechos. Las dos lamiendo a Diego juntas, nuestras lenguas encontrándose alrededor de su miembro.
El final llegó con los tres juntos en la cama. Diego dentro de mí, Valentina sobre mi cara mientras yo la devoraba. Los gemidos se mezclaban, los cuerpos se movían en sincronía. Sentí a Valentina tensarse sobre mí, gimiendo mi nombre mientras se venía en mi boca. Eso me llevó al borde y mi orgasmo disparó el de Diego, que gruñó y se derramó dentro de mí.
Caímos los tres en un montón de extremidades y sudor, jadeando, riendo, completamente satisfechos. Valentina se quedó esa noche. Dormimos los tres entrelazados, y por la mañana hicimos el amor de nuevo, más lento, más tierno.
Eso fue hace un año. Valentina ahora es parte de nuestra vida. No es nuestra novia exactamente, más bien una amiga muy especial que nos visita cada par de semanas. Mi matrimonio nunca había sido más fuerte. Diego y yo hacemos el amor más seguido, con más pasión, explorando fantasías que antes ni nos atrevíamos a mencionar.
A veces me pregunto si lo que hacemos está bien, si somos normales. Pero cuando estoy entre los brazos de mi esposo y los de Valentina, cuando los tres alcanzamos el éxtasis juntos, todas las dudas desaparecen. El placer no tiene reglas, solo límites que nosotros mismos elegimos.