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La noche que sedujo mi jefe

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EscritoraSexy

27 de enero de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Llevaba dos años trabajando en esa empresa de marketing cuando él llegó como nuevo director. Ricardo tenía 45 años, estaba casado, y era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Alto, cabello negro con algunas canas que le daban un aire distinguido, mandíbula marcada y unos ojos oscuros que parecían leer el alma de quien los mirara.

Yo tenía 28 años, era soltera, y me consideraba atractiva sin ser despampanante. Cabello castaño largo, ojos color miel, cuerpo curvilíneo que sabía vestir para resaltar lo mejor. Pero frente a él me sentía como una adolescente torpe. Cada vez que entraba a su oficina mi corazón se aceleraba y me costaba concentrarme en lo que decía.

No fue algo que planeara. Al principio solo eran miradas que duraban un segundo más de lo profesional. Luego empecé a notar que él también me observaba. Cuando me inclinaba sobre su escritorio para mostrarle algún documento, sus ojos bajaban a mi escote. Cuando caminaba frente a él, sentía su mirada en mi trasero. Era un juego silencioso que ninguno de los dos mencionaba.

Empecé a vestirme para él. Faldas más cortas, blusas más ajustadas, tacones más altos. Notaba cómo apretaba la mandíbula cuando entraba a su oficina con mi falda que apenas cubría lo necesario. Me sentaba cruzando las piernas lentamente, dejando que viera un destello de mis muslos. Era una provocación constante que me excitaba tanto como a él lo frustraba.

Todo cambió aquella noche de viernes. Había una presentación importante el lunes y necesitábamos terminar los materiales. La oficina se fue vaciando hasta que solo quedamos él y yo, rodeados de papeles y pantallas brillantes. Eran casi las diez de la noche cuando decidimos pedir comida.

Mientras esperábamos, él abrió una botella de whisky que guardaba en su oficina. "Ha sido una semana larga," dijo sirviéndome un vaso. "Te lo has ganado." Brindamos y bebimos, el alcohol relajando la tensión que siempre existía entre nosotros.

La comida llegó y comimos en su oficina, sentados en el sofá de cuero en lugar del escritorio. La conversación fluyó hacia territorios personales. Me contó de su matrimonio infeliz, de cómo hacía años que su esposa y él eran más compañeros de cuarto que amantes. Yo le conté de mi última relación fallida, de cómo me había dejado por una mujer más joven.

"Ese hombre es un idiota," dijo él, sus ojos fijos en los míos. "Cualquier hombre que te deje ir no merece llamarse hombre."

El aire se tensó. Podía sentir la electricidad entre nosotros, esa atracción que habíamos ignorado por meses. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura que él podía escucharlo.

"Ricardo..." empecé, sin saber qué iba a decir.

Él puso un dedo en mis labios. "Sé que esto está mal," susurró. "Soy tu jefe. Estoy casado. Hay mil razones por las que no deberíamos." Su mano bajó de mis labios a mi barbilla, levantando mi rostro. "Pero llevo meses sin poder sacarte de mi cabeza. Cada noche pienso en ti. En tus piernas cuando cruzas la oficina. En tu escote cuando te inclinas. En cómo gemirías si te tocara."

Mi respiración se aceleró. Debería haberme levantado. Debería haber dicho que no. Pero no quería. Dios, cómo lo deseaba.

"Entonces tócame," susurré.

Su boca encontró la mía con urgencia desesperada. Me besó como si llevara años esperando ese momento, su lengua invadiendo mi boca, sus manos en mi cabello. Yo respondí con la misma intensidad, toda la tensión acumulada explotando en ese beso.

Sus manos bajaron a mi blusa, desabotonándola con dedos impacientes. Cuando la abrió y vio mi sostén de encaje negro, gruñó de aprobación. "Joder, eres perfecta," murmuró antes de enterrar su cara entre mis pechos, besando, lamiendo, mordisqueando.

Yo trabajaba en su camisa, arrancando los botones en mi desesperación. Su torso era exactamente como lo había imaginado: fuerte, con la cantidad justa de vello, cálido bajo mis palmas. Recorrí sus músculos mientras él desabrochaba mi sostén y liberaba mis pechos.

Tomó uno en su boca, succionando mi pezón mientras su mano atendía al otro. Yo gemí, arqueando la espalda, ofreciéndome a él. Su lengua hacía círculos alrededor de mi pezón endurecido, enviando oleadas de placer directamente a mi entrepierna.

"Ricardo, por favor," supliqué, sin saber exactamente qué pedía.

Él sabía. Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola hasta mi cintura. Cuando vio mis bragas de encaje a juego con el sostén, sonrió. "¿Te vestiste así para mí?" preguntó, su dedo trazando el borde de la tela.

"Siempre me visto para ti," confesé.

Eso pareció encenderlo aún más. Arrancó mis bragas con un tirón, el encaje desgarrándose. Antes de que pudiera protestar, su boca estaba entre mis piernas.

Grité. No había otra palabra para el sonido que salió de mí cuando su lengua tocó mi clítoris. Él lamía con experiencia, alternando entre succiones suaves y lengüetazos firmes. Mis manos se enredaron en su cabello, empujándolo más cerca mientras mis caderas se movían contra su boca.

"Dios, sabes increíble," murmuró contra mi sexo, el vibrar de sus palabras añadiendo otra capa de sensación. Sus dedos encontraron mi entrada y empujaron dentro, dos dedos largos que se curvaron para tocar ese punto perfecto.

Yo estaba en el cielo. Su boca en mi clítoris, sus dedos bombeando dentro de mí, todo mientras estábamos en su oficina, en el mismo sofá donde habíamos tenido tantas reuniones profesionales. La perversión de la situación solo aumentaba mi excitación.

El orgasmo me golpeó con fuerza. Mi cuerpo se tensó, mis piernas se cerraron alrededor de su cabeza, y grité su nombre mientras oleadas de placer me recorrían. Él no dejó de lamer hasta que el último temblor pasó.

Cuando levanté la mirada, él se estaba desabrochando el pantalón. Su erección saltó libre y tragué saliva. Era grande, más grande de lo que había anticipado, gruesa y perfecta.

"¿Tienes...?" empecé a preguntar.

Él sacó un condón del bolsillo y me lo mostró. "Llevo semanas llevando esto, esperando, fantaseando." Se lo puso mientras yo observaba, mordiéndome el labio de anticipación.

Me tomó de las caderas y me posicionó sobre él. Yo guié su miembro a mi entrada y lentamente me dejé caer. La sensación de ser llenada por él fue indescriptible. Cada centímetro que entraba me hacía gemir más fuerte.

Cuando estuvo completamente dentro, me quedé quieta un momento, saboreando la plenitud. Nuestros ojos se encontraron y vi en los suyos el mismo deseo desesperado que yo sentía.

"Muévete," ordenó, sus manos apretando mis caderas.

Obedecí. Empecé a cabalgarlo, lentamente al principio, encontrando el ritmo. Él gruñía con cada movimiento, sus ojos fijos en mis pechos que rebotaban frente a su cara. Tomó uno en su boca mientras yo aumentaba la velocidad.

"Así, joder, así," gemía él entre mis pechos. "No tienes idea de cuántas veces imaginé esto. Tenerte así, montándome en mi oficina."

Sus palabras me excitaban tanto como sus movimientos. Aceleré más, mis caderas estrellándose contra las suyas, su miembro tocando lugares profundos dentro de mí. El sofá crujía bajo nosotros, nuestros gemidos llenaban la oficina vacía.

De repente, él me tomó y me giró, poniéndome en cuatro sobre el sofá. Entró de nuevo desde atrás, más profundo esta vez, y empezó a embestirme con fuerza. Sus manos en mis caderas, atrayéndome hacia él con cada golpe.

"Toca tu clítoris," ordenó. "Quiero sentirte venirte en mi verga."

Llevé mi mano a mi entrepierna y encontré mi clítoris hinchado. Bastaron unos pocos círculos para sentir el orgasmo construyéndose. Él aumentó el ritmo, embistiéndome casi con violencia, y yo exploté. Mi cuerpo entero se convulsionó, apretándolo dentro de mí tan fuerte que él gritó.

"Mierda, voy a..." No terminó la frase. Sentí su miembro palpitar dentro de mí mientras él se venía, gruñendo mi nombre como una oración.

Caímos en el sofá, sudorosos y jadeantes. Él todavía estaba dentro de mí, ninguno de los dos queriendo romper la conexión. Sus labios besaban mi cuello mientras su respiración se normalizaba.

"Esto cambia todo," murmuró.

"Lo sé," respondí.

Y cambió. No de la manera que podrían pensar. Él no dejó a su esposa. Yo no me convertí en su amante oficial. Pero cada viernes, cuando la oficina se vaciaba, él cerraba la puerta con llave y yo me sentaba en su escritorio. O en el sofá. O contra la ventana con vista a la ciudad.

Llevo un año siendo su secreto. Y él el mío. Sé que está mal, que debería buscar a alguien disponible, que esto no tiene futuro. Pero cuando me mira con esos ojos oscuros llenos de deseo, cuando sus manos recorren mi cuerpo, cuando me hace gritar de placer en la misma oficina donde damos presentaciones serias... nada más importa.

A veces, cuando estamos en una reunión con otros ejecutivos, él roza mi pierna bajo la mesa. Y yo sonrío, sabiendo que esa noche, cuando todos se vayan, me tendrá de nuevo sobre su escritorio, haciéndome olvidar que existe un mundo fuera de sus brazos.

Dar propina

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