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Extremo

El verano que descubrí el placer

E

EscritoraSexy

30 de enero de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Tenía veintitrés años cuando todo cambió. Acababa de terminar la universidad y mis padres, como regalo de graduación, me ofrecieron pasar el verano en la casa de playa de la familia en la costa. Acepté sin dudarlo, necesitaba tiempo para pensar en mi futuro, para decidir qué hacer con mi vida ahora que el mundo se abría ante mí con infinitas posibilidades.

La casa estaba ubicada en un pequeño pueblo costero, alejado de las rutas turísticas principales. Era el lugar perfecto para la introspección: playas casi desiertas, atardeceres espectaculares y el sonido constante del mar como única compañía. O eso pensaba yo antes de conocer a Marcos.

Lo vi por primera vez en la pequeña tienda del pueblo, comprando provisiones. Alto, de unos treinta y cinco años, con el cabello oscuro ligeramente despeinado por el viento marino y unos ojos verdes que parecían contener todos los secretos del océano. Llevaba una camiseta blanca que dejaba entrever un torso trabajado y unos shorts que revelaban piernas bronceadas y musculosas. Nuestras miradas se cruzaron brevemente mientras yo pagaba mi compra, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

"Eres nueva por aquí," dijo con una voz grave que hizo que algo en mi vientre se tensara. No era una pregunta.

"Pasaré el verano en la casa de mis padres," respondí, sorprendida de que mi voz sonara tan normal cuando mi corazón latía desbocado. "La casa azul al final del camino de la playa."

Él sonrió, y esa sonrisa transformó su rostro de atractivo a devastadoramente guapo. "Somos vecinos entonces. Vivo en la casa blanca, justo al lado." Extendió su mano. "Marcos."

"Valentina," respondí, estrechando su mano. El contacto de su piel contra la mía envió una descarga eléctrica por todo mi brazo. Él también lo sintió, lo vi en el leve ensanchamiento de sus pupilas.

"Bienvenida al paraíso, Valentina." La manera en que pronunció mi nombre, saboreando cada sílaba, me hizo sentir cosas que no debería sentir por un desconocido. "Si necesitas algo, cualquier cosa, no dudes en tocar mi puerta."

Esa noche, acostada en mi cama con las ventanas abiertas al sonido del mar, no pude dejar de pensar en él. En sus ojos, en su sonrisa, en la manera en que había sostenido mi mano un segundo más de lo necesario. Me descubrí fantaseando con lo que habría debajo de esa camiseta blanca, con cómo se sentiría tener esas manos grandes recorriendo mi cuerpo.

Llevé mi mano a mi vientre, sintiendo el calor que se había instalado allí desde el encuentro en la tienda. Mis dedos bajaron lentamente, rozando el borde de mis bragas, y por un momento me permití imaginar que eran sus dedos los que me tocaban. Pero me detuve, avergonzada de mis propios pensamientos. Apenas lo conocía. Era ridículo reaccionar así ante un extraño.

Los días siguientes establecimos una rutina tácita. Cada mañana, yo salía a correr por la playa al amanecer, y cada mañana, él estaba allí, nadando en el mar con brazadas poderosas. Nos saludábamos desde la distancia, a veces intercambiábamos algunas palabras cuando nuestros caminos se cruzaban. Conversaciones casuales sobre el clima, sobre el pueblo, sobre nada en particular. Pero debajo de cada palabra había una tensión que ambos fingíamos ignorar.

Descubrí que era escritor, que había venido a la costa buscando inspiración para su próxima novela. Descubrí que le gustaba el vino tinto, que cocinaba como un chef profesional, que había viajado por medio mundo antes de establecerse en ese pequeño rincón de paraíso. Y con cada nuevo detalle que aprendía sobre él, mi atracción crecía exponencialmente.

Fue en la tercera semana cuando todo cambió. Una tormenta de verano se desató sobre el pueblo, una de esas tormentas violentas que transforman el cielo en un espectáculo de luz y sonido. El viento aullaba, la lluvia golpeaba las ventanas con furia, y de repente, las luces de mi casa se apagaron.

Busqué velas en la oscuridad, maldiciendo mi falta de previsión, cuando escuché golpes en la puerta. Abrí para encontrar a Marcos, empapado de pies a cabeza, sosteniendo una linterna.

"Vi que se fue la luz," dijo, agua goteando de su cabello. "Tengo un generador. ¿Quieres venir?"

No debería haber aceptado. Sabía que no debería. Pero la tormenta era intensa, la oscuridad era total, y la verdad es que no quería estar sola. Tomé un suéter y lo seguí a través de la lluvia torrencial hasta su casa.

Su hogar era cálido y acogedor, iluminado por lámparas que funcionaban con el generador. Me ofreció una toalla para secarme y una copa de vino mientras la tormenta rugía afuera. Nos sentamos en su sofá, escuchando el tamborileo de la lluvia contra las ventanas, y hablamos. Hablamos de nuestras vidas, de nuestros sueños, de nuestros miedos. La conversación fluía con una naturalidad que me sorprendió, como si nos conociéramos de toda la vida.

En algún momento, el espacio entre nosotros en el sofá se había reducido. No recuerdo quién se movió primero, pero de pronto estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, podía oler su colonia mezclada con el aroma de la lluvia.

"Valentina," murmuró, y la manera en que dijo mi nombre fue como una caricia. "He intentado resistirme. Desde el primer día que te vi, he intentado mantener la distancia. Pero no puedo más."

Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. "Entonces no lo hagas," susurré, sorprendida de mi propia audacia.

Él levantó una mano y acarició mi mejilla, su pulgar trazando la línea de mi pómulo. El toque fue suave, casi reverente, pero encendió un fuego en mi interior. Me incliné hacia él, cerrando la distancia, y cuando nuestros labios finalmente se encontraron, fue como si el mundo explotara en mil colores.

El beso empezó suave, exploratorio, como dos personas aprendiendo un idioma nuevo. Pero pronto se transformó en algo más urgente, más hambriento. Su lengua encontró la mía y bailaron juntas mientras sus manos bajaban a mi cintura, atrayéndome más cerca. Yo enredé mis dedos en su cabello todavía húmedo, sintiendo la textura sedosa entre mis manos.

Cuando nos separamos para respirar, ambos jadeábamos. Sus ojos verdes estaban oscurecidos de deseo, reflejando exactamente lo que yo sentía. "¿Estás segura?" preguntó, su voz ronca. "Porque si seguimos, no creo poder detenerme."

En respuesta, tomé el borde de mi camiseta y la saqué por mi cabeza, quedando solo en sostén frente a él. Vi cómo sus ojos recorrían mi cuerpo, cómo su respiración se aceleraba. "Estoy segura," dije.

Él gruñó, un sonido primitivo que resonó en lo más profundo de mi ser, y entonces sus manos estaban por todas partes. Desabrochó mi sostén con dedos expertos y lo dejó caer al suelo. Tomó mis pechos en sus manos, amasándolos suavemente mientras sus pulgares rozaban mis pezones ya endurecidos.

"Eres perfecta," murmuró antes de inclinar la cabeza y tomar un pezón en su boca. La sensación de su lengua caliente contra mi piel sensible me arrancó un gemido. Arqueé la espalda, ofreciéndome más, mientras él alternaba entre succionar y mordisquear suavemente.

Mis manos encontraron el borde de su camiseta y la subí, necesitando sentir su piel contra la mía. Él se apartó lo suficiente para quitársela, revelando un torso que superaba todas mis fantasías. Músculos definidos, una línea de vello que bajaba desde su ombligo hasta desaparecer bajo la cintura de sus pantalones. Tracé esa línea con mis dedos y lo sentí estremecerse.

"Vamos a mi habitación," dijo, tomando mi mano.

Lo seguí por el pasillo, mi corazón latiendo con anticipación. Su habitación era amplia, dominada por una cama grande con sábanas blancas. Las ventanas daban al mar, y los relámpagos ocasionales iluminaban la escena con destellos dramáticos.

Me recostó en la cama con suavidad, posicionándose sobre mí. Nos besamos de nuevo mientras nuestras manos exploraban, descubriendo, memorizando. Él besó mi cuello, mi clavícula, el valle entre mis pechos. Cada beso dejaba un rastro de fuego sobre mi piel.

Cuando llegó a la cintura de mis shorts, levantó la mirada, pidiendo permiso silencioso. Asentí, y él los deslizó por mis piernas junto con mis bragas, dejándome completamente desnuda ante él. Me observó por un momento que pareció eterno, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo expuesto.

"Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida," dijo, y la sinceridad en su voz me hizo sonrojar.

Se posicionó entre mis piernas y empezó a besar mi muslo interno, subiendo lentamente, tortuosamente. Yo me retorcía de anticipación, necesitando sentir su boca donde más la deseaba. Cuando finalmente llegó a mi centro, cuando su lengua hizo el primer contacto con mi clítoris, grité de placer.

Era experto, había que admitirlo. Sabía exactamente cómo mover su lengua, cuánta presión aplicar, cuándo acelerar y cuándo ralentizar. Me llevó al borde una y otra vez, retrocediendo justo antes de que pudiera caer, hasta que yo suplicaba entre gemidos.

"Por favor," jadeé. "Por favor, Marcos."

Él levantó la cabeza, sus labios brillantes con mi excitación. "¿Por favor qué, Valentina?"

"Hazme terminar. Por favor. Lo necesito."

Sonrió, esa sonrisa devastadora que me había conquistado desde el primer día, y volvió a su tarea. Esta vez no se detuvo. Su lengua trabajó mi clítoris mientras dos dedos se deslizaban dentro de mí, curvándose para encontrar ese punto perfecto. La combinación fue demasiado. El orgasmo me golpeó como una ola gigante, haciéndome gritar su nombre mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer. Él continuó lamiendo suavemente, prolongando mi clímax hasta que finalmente me derrumbé, temblando.

Cuando pude abrir los ojos, él estaba sobre mí, observándome con una mezcla de satisfacción y deseo. Se había quitado los pantalones en algún momento, y pude ver su erección, grande e imponente, lista para mí.

"¿Tienes...?" empecé a preguntar.

Él asintió, sacando un condón de la mesita de noche. Lo observé mientras se lo ponía, hipnotizada por el movimiento de sus manos sobre su miembro. Cuando terminó, se posicionó sobre mí, la punta de su erección rozando mi entrada.

"Mírame," ordenó suavemente, y lo hice. Mantuve mis ojos fijos en los suyos mientras entraba en mí lentamente, centímetro a centímetro, llenándome de una manera que nunca había experimentado.

Cuando estuvo completamente dentro, ambos soltamos un gemido. Él era grande, me estiraba de una manera que bordeaba el dolor pero que era increíblemente placentera. Se quedó quieto un momento, dejándome ajustarme a su tamaño, besando mi frente, mis párpados, mis labios.

"¿Bien?" preguntó.

"Más que bien," respondí, moviendo mis caderas para instarlo a continuar.

Él empezó a moverse, primero con embestidas lentas y profundas que me hacían jadear con cada una. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. Sus manos sostenían mis caderas mientras encontrábamos un ritmo juntos, una danza tan antigua como la humanidad misma.

"Más fuerte," pedí, y él obedeció. Sus embestidas se volvieron más intensas, más urgentes. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenaba la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y el rugido de la tormenta afuera.

Cambió de posición, levantando una de mis piernas sobre su hombro, y el nuevo ángulo me hizo ver estrellas. Cada embestida tocaba lugares profundos dentro de mí, enviando oleadas de placer por todo mi cuerpo. Yo arañaba su espalda, mordía su hombro, gemía incoherencias mientras él me llevaba cada vez más alto.

"Voy a venirme otra vez," advertí, sintiendo la tensión construirse en mi vientre.

"Sí," gruñó él. "Córrete para mí, Valentina. Déjame sentirte."

Sus palabras fueron el detonante. El orgasmo estalló a través de mí, más intenso que el primero, haciendo que todo mi cuerpo se tensara alrededor de él. Grité, las paredes de mi sexo apretándolo rítmicamente mientras oleada tras oleada de éxtasis me recorría.

Lo sentí acelerar, sus embestidas volviéndose erráticas mientras perseguía su propio clímax. Unos segundos después, gruñó mi nombre y se derramó, su cuerpo temblando sobre el mío mientras ambos descendíamos lentamente del cielo.

Se dejó caer a mi lado, atrayéndome hacia él. Nuestros cuerpos sudorosos se entrelazaron mientras nuestras respiraciones se normalizaban. Afuera, la tormenta continuaba, pero dentro de esa habitación, todo era paz.

"Eso fue..." empecé, sin encontrar las palabras adecuadas.

"Lo sé," completó él, besando mi frente. "Lo sé."

Esa noche marcó el comienzo de algo que ninguno de los dos había anticipado. Durante las semanas siguientes, exploramos todo lo que nuestros cuerpos podían ofrecernos. Hicimos el amor en la playa bajo las estrellas, el sonido de las olas mezclándose con nuestros gemidos. Lo hice en su cocina, sentada sobre la encimera mientras él me penetraba con urgencia. En mi cama, en su sofá, en la ducha con el agua caliente cayendo sobre nosotros.

Descubrí cosas sobre mí misma que nunca había sabido. Descubrí que me gustaba ser dominada, que me excitaba cuando él me decía lo que hacer. Descubrí el placer de estar atada, de entregarle el control completamente. Él era un amante generoso y experimentado, siempre atento a mis reacciones, siempre llevándome al límite para luego hacerme caer en el éxtasis.

Pero más allá del sexo increíble, había algo más. Había conversaciones que duraban hasta el amanecer, risas compartidas, silencios cómodos. Había desayunos lentos y cenas románticas. Había una conexión que iba más allá de lo físico, algo que me asustaba y me emocionaba a partes iguales.

Una noche, acostados en su cama después de horas de hacer el amor, él me preguntó qué haría cuando terminara el verano.

"No lo sé," admití. "Se supone que debería volver a la ciudad, buscar trabajo, empezar mi vida adulta."

"¿Y si no volvieras?" preguntó, jugando con un mechón de mi cabello.

Levanté la cabeza para mirarlo. "¿Qué quieres decir?"

"Quédate," dijo simplemente. "Quédate aquí, conmigo."

Mi corazón dio un vuelco. Era una locura. Nos conocíamos desde hacía apenas dos meses. Pero cuando lo miré a los ojos, vi algo que me hizo creer que tal vez, solo tal vez, las locuras valían la pena.

"Sí," susurré. "Me quedo."

Eso fue hace cinco años. Ahora, mientras escribo esto sentada en la terraza de nuestra casa con vista al mar, con el anillo de compromiso brillando en mi dedo, sé que esa fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. El verano que pensé dedicar a encontrar mi camino terminó mostrándome algo mucho más valioso: el amor, el placer, y la certeza de que a veces, las mejores cosas de la vida llegan cuando menos las esperas.

Y sí, después de cinco años, la pasión sigue tan viva como el primer día. Cada noche descubrimos nuevas formas de darnos placer, nuevas fantasías que explorar, nuevas alturas que alcanzar juntos. Porque eso es lo que hace el verdadero amor: no apaga la llama del deseo, la aviva hasta convertirla en un incendio que consume todo a su paso.

A veces, cuando estamos en la playa viendo el atardecer, Marcos me mira de esa manera que conozco tan bien. Esa mirada que dice que me desea, que me necesita, que me ama. Y yo le devuelvo la mirada, tomamos de la mano, y volvemos a casa para escribir otro capítulo de nuestra historia. Una historia que empezó con una tormenta de verano y que, espero, no termine nunca.

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