Arrodíllate ante tu jefe
NarradorSensual
25 de octubre de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Nunca pensé que un simple cruce de miradas en la oficina pudiera desembocar en esto. Tengo treinta y dos años, un piso en el centro, un trabajo que me consume y una vida sexual que, hasta hace tres horas, era de una monotonía exasperante. Él, Marcos, tiene treinta y cinco, es director de cuentas y siempre me había parecido atractivo de una manera distante, inalcanzable. Hoy, sin embargo, su mirada se detuvo en mí durante una reunión y ya no pude pensar en otra cosa. Me envió un mensaje al terminar: “Esta noche, en mi casa. Quiero que seas tú quien se arrodille”.
Llegué a su piso con el pulso acelerado, vestida con una falda lápiz negra y una blusa de seda que se me pegaba a la espalda por los nervios. Abrió la puerta sin camisa, con unos vaqueros oscuros desabrochados y el pelo todavía húmedo de la ducha. Olía a jabón de sándalo y a algo más profundo, a autoridad. Me hizo pasar sin una palabra, cerró la puerta con llave y se quedó mirándome desde la distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su torso era firme, con un vello oscuro que descendía desde el ombligo hasta perderse bajo la cinturilla. Tenía las manos grandes, de dedos largos, y una mandíbula marcada que se tensaba al morderse el labio inferior.
—Quítate la blusa —ordenó, con una voz grave que me hizo apretar los muslos—. Despacio. Quiero verte.
Obedecí. Mis dedos temblaban al desabrochar los botones, uno a uno, mientras él se acercaba. Cuando la blusa cayó al suelo, se detuvo a un palmo de mí. Su aliento me rozó la frente. Llevaba un sujetador de encaje negro que realzaba mis pechos, y él los contempló sin tocarlos, con una calma que me desesperaba. Me sentí expuesta, vulnerable, y a la vez terriblemente excitada. Notaba la humedad creciendo entre mis piernas, el latido en el clítoris, la necesidad de que me tocara.
—La falda también —dijo—. Y las bragas. Quiero verte desnuda antes de decidir qué hago contigo.
Me descalcé, me bajé la cremallera lateral de la falda y la dejé resbalar por mis caderas. Luego, enganché los pulgares en el elástico de las bragas y las deslicé por mis muslos. Estaba completamente desnuda frente a él, con la piel erizada y los pezones duros. Marcos sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha, y rodeó mi cintura con una mano. Su palma era cálida y áspera. Me atrajo hacia él y me besó por primera vez, con una intensidad que me hizo gemir. Su lengua invadió mi boca, dominante, mientras su otra mano bajaba por mi espalda hasta agarrar mi culo con fuerza. Me apretó contra su erección, que se marcaba dura bajo el vaqueros, y yo arqueé la espalda, frotándome contra él.
—Arrodíllate —murmuró contra mis labios—. Y desabróchame los pantalones.
Me dejé caer al suelo, sobre una alfombra gruesa, y levanté la vista. Él me miraba desde arriba, con los ojos oscuros y la respiración agitada. Desabroché el botón, bajé la cremallera y tiré de los vaqueros junto con los calzoncillos. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, con el glande brillante de líquido preseminal. La sostuve con una mano, sintiendo su peso y su calor, y la lamí desde la base hasta la punta, despacio, sin dejar de mirarlo. Marcos gimió y me agarró del pelo, no con brusquedad, pero sí con firmeza, guiando el ritmo.
—Abre la boca —ordenó—. Toda.
La introduje en mi boca, centímetro a centímetro, hasta que la punta rozó mi garganta. Noté cómo se ensanchaba, cómo sus dedos se enredaban en mi melena y tiraban ligeramente. Empecé a mover la cabeza, succionando con fuerza, usando la lengua para presionar la vena que recorría su longitud. Mis labios se deslizaban arriba y abajo, dejando un rastro de saliva que le brillaba en la piel. Él empujaba suavemente las caderas, marcando el compás, y yo lo recibía con avidez, relajando la mandíbula, respirando por la nariz. El sonido húmedo de la mamada llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos y mis pequeños jadeos.
—Así, joder —gruñó—. Me encanta cómo me chupas. Sigue, no pares.
Me corrí un poco más, hasta que mis labios rozaron su pubis. Noté su vello áspero en la nariz y el olor intenso de su sexo. Saqué la polla de mi boca y la lamí de nuevo, esta vez centrándome en el glande, rodeándolo con la lengua, chupando la punta como si fuera un caramelo. Mientras tanto, deslicé una mano entre mis piernas y empecé a acariciarme el clítoris, mojada y palpitante. Marcos lo notó y tiró de mi pelo hacia atrás, obligándome a mirarlo.
—No te toques —dijo, con una autoridad que me hizo estremecer—. Esta noche tu placer me pertenece. ¿Entendido?
—Sí —susurré, con la voz ronca—. Lo que tú digas.
Me levantó del suelo y me empujó contra la pared. El frío del yeso contrastaba con el calor de su cuerpo. Me besó de nuevo, mordiéndome el labio inferior, mientras sus manos recorrían mis pechos, pellizcando los pezones hasta arrancarme un gemido. Luego bajó una mano por mi vientre, se detuvo en el monte de Venus y deslizó dos dedos entre mis labios. Estaba empapada. Los introdujo en mi interior sin previo aviso, curvos, buscando ese punto que me hizo gritar. Su pulgar presionó mi clítoris, dibujando círculos lentos, y yo me agarré a sus hombros, clavándole las uñas.
—Mírate —dijo al oído—. Tan mojada y tan obediente. Me encanta.
Sus dedos se movían dentro de mí con una precisión devastadora, entrando y saliendo, mientras su pulgar no dejaba de frotarme. Sentía el orgasmo acercarse, un calor que se expandía desde el vientre hasta las puntas de los dedos. Pero justo cuando estaba a punto de estallar, retiró la mano y se llevó los dedos a la boca, chupándolos con una sonrisa.
—Aún no —dijo—. Primero quiero follarte contra esta pared.
Me giró de espaldas, me obligó a apoyar las manos en la pared y separó mis piernas con su rodilla. Noté su polla rozando mi entrada, caliente y dura, y gemí de anticipación. Me agarró de las caderas y empujó, entrando de una sola embestida. Grité, no de dolor, sino de puro placer. Me llenaba por completo, estirándome, tocando cada rincón. Empezó a moverse con un ritmo intenso, profundo, cada embestida acompañada de un gruñido. Mis pechos chocaban contra la pared, mis muslos temblaban, y yo no podía hacer nada más que recibirlo, jadear y suplicar.
—Más fuerte —pedí—. Por favor, más fuerte.
Marcos obedeció. Aumentó la velocidad, agarrándome del pelo con una mano y del culo con la otra. Sus caderas golpeaban contra mis nalgas con un sonido seco y obsceno. La habitación olía a sexo, a sudor, a nosotros. Sentía cada centímetro de su polla deslizándose dentro de mí, rozando mi punto G, llevándome al borde una y otra vez. Él lo sabía. Lo notaba en la forma en que mis paredes se contraían a su alrededor, en mis gemidos cada vez más agudos.
—¿Quieres correrte? —preguntó, sin detenerse.
—Sí —jadeé—. Por favor, déjame correrme.
—Pídemelo mejor.
—Por favor, Marcos, hazme correr. Te lo suplico. Fóllame hasta que me corra en tu polla.
Eso fue suficiente. Introdujo una mano entre mis piernas y frotó mi clítoris con dos dedos, rápidos y certeros, mientras seguía embistiéndome sin piedad. El orgasmo me golpeó como una ola, violento y cegador. Grité su nombre, me corrí con fuerza, sintiendo cómo mis músculos internos se contraían alrededor de su polla, cómo mis piernas flaqueaban y todo mi cuerpo se sacudía. Él siguió follándome durante unos segundos más, alargando mi placer, hasta que noté que se tensaba.
—Me voy a correr —anunció, con la voz rota—. ¿Dónde quieres que lo haga?
—En mi boca —respondí sin dudar—. Quiero tragármelo.
Salió de mí y me giró. Me arrodillé de nuevo, con las piernas temblorosas, y abrí la boca. Marcos se masturbó delante de mi cara, rápido, con la polla brillante de mis jugos. Al cabo de unos segundos, gimió y eyaculó. El primer chorro me alcanzó en la lengua, caliente y espeso; el segundo, en los labios; el tercero, en la barbilla. Lo tragué con avidez, sin apartar la vista de sus ojos, y luego lamí la punta de su polla para recoger la última gota. Él me acarició la mejilla, con una ternura inesperada, y me ayudó a levantarme.
—Has estado perfecta —dijo, besándome la frente—. Ahora ven, quiero follarte otra vez en la cama. Esta noche no he terminado contigo.
Y no mentía. Me llevó a su habitación, me tumbó boca arriba y se colocó entre mis piernas. Esa vez fue más lento, más profundo, con las manos entrelazadas sobre mi cabeza y los ojos clavados en los míos. Me hizo correrme dos veces más antes de acabar él, esta vez dentro de mí, con un gemido largo y tembloroso. Después, nos quedamos abrazados, sudorosos y satisfechos, y supe que aquella noche había cambiado algo. Ya no era la misma mujer que había llegado a su puerta tres horas antes.