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Fuerte

El fontanero que destapó mis deseos

E

EroticWriter

7 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un simple arreglo de tuberías en mi apartamento en Laureles terminaría conmigo empapado en sudor, con la espalda arañada y el sabor de dos bocas distintas aún pegado a mis labios. Tengo veintiocho años, vivo solo, trabajo como diseñador gráfico desde casa, y ese martes el calentador decidió morir justo cuando más lo necesitaba. Llamé a un técnico recomendado por un vecino. Cuando abrí la puerta, me encontré con un man moreno, alto, de unos treinta y dos años, con brazos gruesos y una sonrisa que desarmaba. Se llamaba Andrés. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su pecho y un jean gastado que le quedaba perfecto. Su mirada era directa, sin vergüenza, y me recorrió de arriba abajo como si ya supiera lo que iba a pasar.

—¿Vive solo? —preguntó, pasando la mano por el marco de la puerta.

—Sí, solo —respondí, sintiendo un calor repentino en el estómago.

—Mejor. Así trabajamos tranquilos.

Lo hice pasar. Mientras revisaba el calentador en el baño, yo me quedé en la sala, nervioso, bebiendo agua. No soy de enredarme con desconocidos, pero Andrés tenía una energía que me ponía la piel de gallina. A los diez minutos salió, secándose las manos con un trapo.

—Esto está jodido, parce. Toca cambiar una pieza. ¿Tiene una toalla vieja? No quiero ensuciarle el piso.

Le pasé una toalla y se agachó frente a la caja de herramientas. Verlo en cuclillas, con los muslos tensos y el cuello sudado, me hizo imaginar cosas que no debía. Me paré a su lado, ofreciéndole un vaso de agua. Al entregárselo, nuestros dedos se rozaron. Fue un segundo, pero suficiente para que él levantara la vista y me mirara con una sonrisa torcida.

—¿Siempre es tan atento con los técnicos?

—Solo con los que me gustan —solté, sin pensarlo.

Andrés se rio, se puso de pie y me quitó el vaso de la mano. Lo dejó en la mesa. Luego, sin prisa, me agarró por la cadera y me acercó a él. Olía a sudor limpio, a grasa y a algo más, algo animal. Su boca se estrelló contra la mía sin pedir permiso, y yo le respondí con la misma hambre. Su lengua era gruesa, caliente, y me besaba como si quisiera comerme. Le agarré el cuello, le mordí el labio inferior y gemí dentro de su boca. Tenía la verga dura contra mi muslo, y yo no me quedaba atrás.

—¿Y si mejor arreglamos otra cosa primero? —murmuró, apretándome el culo con ambas manos.

—El calentador puede esperar —dije, desabrochándole la camisa.

Nos fuimos a la cama tropezando, arrancándonos la ropa. Andrés me tiró al colchón y se quitó el jean de un tirón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la punta brillante de líquido preseminal. Se la agarró y se la sacudió frente a mi cara, mirándome con una sonrisa arrogante.

—¿Te gusta lo que ves?

—Ven y te lo demuestro.

Se arrodilló sobre mi pecho y me la puso en los labios. La chupé con ganas, pasando la lengua por el glande, saboreando su sabor salado. Andrés gemía bajito, moviendo las caderas, empujando su verga más adentro de mi boca. Le agarré las nalgas, duras como piedras, y lo obligué a embestirme la garganta. Se le escapó un quejido ronco.

—Así, marica, así… qué rico chupas.

Me corrí un poco de saliva por la barbilla, pero no me importó. Quería que me usara, que me llenara la boca. Andrés se retiró de golpe, jadeando, y me volteó boca abajo. Me abrió las piernas con las rodillas y me lamió el culo sin avisar. Su lengua caliente recorrió mi entrada, húmeda y ansiosa, y yo gemí contra la almohada, empujando las caderas hacia atrás. Me agarró las nalgas con fuerza, separándolas, y me penetró con la lengua, una y otra vez, mientras me masturbaba con la mano.

—Me encanta tu culo —dijo, escupiendo sobre mi entrada—. Lo voy a abrir bien rico.

—Hazlo ya, no aguanto más.

Se puso de rodillas detrás de mí y me penetró con un dedo, luego con dos. Me estiró despacio, con saliva y paciencia, mientras yo me retorcía de placer. Cuando por fin apoyó la punta de su verga en mi entrada, sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Empujó despacio, y yo solté un gemido largo, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Era grueso, y dolía un poco, pero el placer era mucho mayor. Andrés me agarró de las caderas y comenzó a embestirme con un ritmo constante, profundo, sacando casi toda la verga para volver a enterrarla hasta el fondo.

—Qué apretado estás, parce —gruñó, dándome una nalgada—. Me vas a hacer venir rápido.

—No pares, por favor, no pares…

El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenaba el cuarto. Yo me aferraba a las sábanas, con la cara hundida en la almohada, gimiendo sin control. Andrés me levantó el torso, pegándome la espalda a su pecho, y me mordió el cuello mientras me masturbaba con una mano. Su otra mano me apretaba la garganta, suave, justo para hacerme sentir dominado. Me susurraba cosas sucias al oído, palabras que me hacían temblar.

—¿Te gusta que te coja así? ¿Que te llene el culo con mi verga?

—Sí, sí, me encanta…

—Eres un puto delicioso.

Me empujó de nuevo contra la cama, boca abajo, y me embistió con más fuerza, más rápido, como si quisiera romperme. Yo ya no podía pensar, solo sentir. Mi verga se frotaba contra el colchón, y sabía que no iba a aguantar mucho más. Andrés también estaba cerca; sus gemidos se volvieron más agudos, sus embestidas más erráticas. Me agarró del pelo y me obligó a arquear la espalda.

—Voy a llenarte, marica —avisó, con la voz quebrada—. ¿Quieres mi leche adentro?

—Sí, dámela toda…

Andrés soltó un rugido y se vino dentro de mí, con embestidas cortas y profundas, llenándome de semen caliente. Sentí cada chorro, cada espasmo de su verga dentro de mi culo, y eso me empujó al orgasmo. Me corrí sobre las sábanas, gimiendo su nombre, con las piernas temblando. Nos quedamos así un momento, jadeando, con su cuerpo pesado sobre el mío.

—Qué rico, parce —dijo, besándome el hombro—. Necesitaba esto.

—Yo también —respondí, todavía flotando.

Se salió de mí despacio y se acostó a mi lado. Yo me volteé y lo besé, suave, agradecido. Su verga todavía estaba húmeda, y la agarré con la mano, jugando con ella. Andrés me miró con una sonrisa perezosa.

—¿Ya quieres más?

—Todavía no. Pero no te vayas.

—No me voy. Apenas estoy calentando.

Nos quedamos un rato en silencio, acariciándonos. Yo le pasaba los dedos por el pecho, por los tatuajes que le cubrían los brazos. Andrés me contó que era bisexual, que tenía una novia que a veces le permitía estar con hombres. Eso me excitó más. Le pregunté si ella sabía que estaba conmigo.

—No, pero le va a encantar cuando le cuente —dijo, riendo—. A ella le gusta verme con otros manes.

—¿Y a ti te gusta verla con otros?

—Me encanta. Somos una pareja abierta. Ella está en la casa, probablemente aburrida.

Me quedé callado un momento, pensando. Luego lo miré a los ojos.

—¿Y si la llamas?

Andrés me miró sorprendido, luego sonrió con malicia.

—¿En serio?

—En serio. Quiero conocerla.

Agarró el celular y marcó. Habló en voz baja, riendo, y colgó a los dos minutos. Me miró con los ojos brillantes.

—Dice que viene. Que se arregle y que la espere con la verga parada.

Me reí, nervioso y excitado. Me levanté a lavarme rápido, y Andrés me siguió al baño. Nos metimos juntos a la ducha, y me lavó la espalda, el culo, la verga, con una lentitud que me puso duro de nuevo. Me arrodillé en la ducha y se la chupé otra vez, con el agua caliente cayendo sobre nosotros. Andrés me agarró la cabeza y me folló la boca, despacio, disfrutando cada centímetro.

—Así me gusta, que me dejes bien limpio para ella —dijo, gimiendo.

Salimos de la ducha justo cuando sonó el timbre. Andrés se puso una toalla y fue a abrir. Yo me quedé en la habitación, con el corazón a mil. Escuché una voz femenina, suave y ronca, y luego pasos acercándose. Cuando ella entró, se me cortó la respiración. Se llamaba Valentina, tenía veintinueve años, era bajita, de curvas generosas, con el pelo negro suelto y unos labios gruesos pintados de rojo. Llevaba un vestido corto que marcaba sus tetas grandes y sus caderas anchas. Me miró de arriba abajo, sin disimular, y sonrió.

—Hola, parce. Andrés me dijo que eres un delicioso. No mintió.

—Hola —dije, sintiéndome torpe—. Gracias por venir.

—Gracias a ti por invitarme.

Se acercó y me besó sin preámbulos. Su boca sabía a menta y a deseo. Sus manos me agarraron la nuca y me atrajo hacia ella, pegando su cuerpo al mío. Sentí sus tetas contra mi pecho, su vientre contra mi verga. Andrés se acercó por detrás y nos abrazó a los dos, besándome el cuello, luego besándola a ella. Los tres nos enredamos en un beso de tres bocas, lenguas, dientes, saliva. Fue caótico y perfecto.

Valentina me empujó a la cama y se subió sobre mí, sin quitarse el vestido. Se frotó contra mi verga, gimiendo, y luego se levantó la falda. No llevaba ropa interior. Su coño estaba mojado, rosado, con los labios hinchados. Se agarró mi verga y se la pasó por la entrada, despacio, mirándome a los ojos.

—¿Quieres que te lo meta?

—Sí, por favor…

Se deslizó sobre mí, y sentí su calor apretándome. Era distinto al culo de Andrés, más suave, más húmedo. Valentina comenzó a cabalgarme, moviendo las caderas en círculos, con las tetas rebotando bajo el vestido. Andrés se arrodilló a mi lado y me besó, metiéndome la lengua en la boca mientras su novia me follaba. Luego se puso detrás de ella, le bajó el vestido por los hombros y le chupó las tetas, mordiéndole los pezones. Valentina gemía, echando la cabeza hacia atrás.

—Me encanta que me miren mientras me cogen —dijo, mirando a Andrés—. Y me encanta que me cojan entre dos.

Andrés se puso de rodillas frente a su cara y le metió la verga en la boca. Valentina la chupó con ganas, sin dejar de moverse sobre mí. Yo le agarré las caderas y la ayudé, empujando hacia arriba, sintiendo cómo su coño me exprimía. La escena era obscena: ella chupando a su novio mientras yo le llenaba el coño, los tres sudados, gimiendo, oliendo a sexo.

—Quiero que me des por el culo —dijo Valentina, sacándose la verga de la boca—. Mientras él me da por el coño.

Andrés y yo nos miramos. Sin decir nada, nos acomodamos. Valentina se puso a cuatro patas sobre mí, con mi verga enterrada en su coño. Andrés se arrodilló detrás de ella, escupió en su entrada y le metió un dedo, luego dos. Valentina gimió, empujando hacia atrás. Andrés se puso la punta de la verga en su culo y empujó despacio. Valentina soltó un quejido largo, mezcla de dolor y placer.

—Así, así, lléname los dos huecos…

Andrés la penetró por completo, y por un momento los tres nos quedamos quietos, sintiendo la plenitud. Luego comenzaron a moverse, y yo los seguí. Era un vaivén sincronizado, doble penetración, con Valentina en el medio gimiendo como una loca. Yo le agarraba las tetas, Andrés le agarraba las caderas. Nuestros cuerpos chocaban, sudorosos, y la cama crujía bajo nosotros.

—Me voy a venir, me voy a venir… —gritó Valentina.

—Espera, aguanta un poco más —dijo Andrés, embistiéndola más rápido.

—No puedo, no puedo…

Valentina se corrió con un grito, apretándome el coño con espasmos, y eso me hizo venir a mí también. Le llené el coño de semen, gimiendo su nombre, mientras Andrés seguía dándole por el culo. Al final, Andrés se salió y se masturbó sobre su espalda, lanzando chorros de leche sobre su piel morena. Valentina se derrumbó sobre mí, jadeando, y Andrés se acostó a nuestro lado.

Nos quedamos así, enredados, sucios, felices. Valentina me besó el pecho, Andrés me acarició el pelo. Yo no podía creer lo que acababa de pasar. Afuera, Medellín seguía su ruido, pero en mi cuarto solo existíamos nosotros tres,

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