Encimera, cuero y una orden que obedecer
HistoriasOcultas
28 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
Valeria tenía veintiocho años, un apartamento propio en Sabana Grande y una paciencia que se le estaba agotando. Llevaba veinte minutos mirando a Camila desde la barra de la cocina, viendo cómo se mordía el labio inferior mientras fingía leer algo en el teléfono. Camila tenía treinta y un años, un cuerpo que pedía guerra y una falda de cuero que se le subía sola cada vez que cruzaba las piernas. Se conocían desde hacía tres meses, y en las últimas dos semanas cada encuentro había terminado con las rodillas de ambas rozándose por debajo de la mesa y una tensión que olía a sexo sudado.
—Chama, si te quedas ahí parada con esa cara, te voy a montar en la encimera —dijo Camila sin levantar la vista del teléfono, con una voz ronca que no dejaba espacio para la duda.
Valeria soltó una risa corta, pero no se movió. Llevaba un pantalón de lino beige que marcaba el bulto de su sexo sin disimulo, y una camiseta blanca sin sostén. Sus pezones, oscuros y gruesos, apuntaban contra la tela. Camila por fin levantó la mirada, la recorrió de arriba abajo con una lentitud obscena y se pasó la lengua por los labios.
—Ven acá —ordenó, y Valeria obedeció.
El apartamento olía a café recién hecho y a perfume dulce. Camila se puso de pie, descalza, y la diferencia de altura se hizo evidente: Valeria le sacaba una cabeza. La tomó por la cintura con una mano y con la otra le agarró la nuca, atrayéndola para un beso que empezó suave y se volvió hambriento en cuestión de segundos. Las lenguas se encontraron, se lamieron, se mordieron. Valeria gimió dentro de la boca de Camila y apretó sus caderas contra las suyas, buscando fricción.
—Quiero chuparte el cuello mientras te meto la mano por dentro del pantalón —murmuró Camila contra su boca, y Valeria sintió un espasmo en la base del pene.
—Hazlo, pues —jadeó—. No te estoy pidiendo permiso.
Camila sonrió con malicia y bajó la boca al cuello de Valeria, lamiendo la piel salada, mordiendo el pulso acelerado. Sus dedos desabrocharon el botón del pantalón de lino y se deslizaron dentro, directos al bulto caliente. Valeria no llevaba ropa interior. Camila la agarró con firmeza, sintiendo la longitud gruesa y la humedad que ya escurría por la punta. La apretó, la bombeó despacio, y Valeria echó la cabeza hacia atrás con un quejido largo.
—Estás mojadísima, mi amor —dijo Camila, restregando el pulgar sobre el glande—. Esto es un desastre.
—Toda tuya —respondió Valeria, con la voz rota—. Toda la noche.
Camila la empujó contra la encimera y se arrodilló en el piso de cerámica fría. Le bajó el pantalón hasta los tobillos y se quedó mirando el pene erecto, venoso, con la punta brillante de líquido preseminal. Era una verga gruesa, de piel morena y suave, con los testículos afeitados y pesados. Camila la sostuvo por la base y escupió sobre el glande, dejando que la saliva escurriera por el tronco. Luego la lamió de abajo hacia arriba, con la lengua plana, saboreando cada centímetro. Valeria se agarró del borde de la encimera y abrió las piernas, entregada.
—Qué rico sabes, chama —dijo Camila antes de meterse la punta en la boca.
La chupó con hambre, con la boca caliente y húmeda, moviendo la cabeza en un vaivén que hacía chasquidos obscenos. Valeria le agarró el cabello con una mano, no para guiarla, sino para no caerse. Camila la miraba desde abajo, con los ojos llorosos y la boca llena, y eso era suficiente para que Valeria sintiera que se iba a venir en cualquier momento. Pero no quería terminar tan rápido. La detuvo con un tirón suave del pelo.
—Espera, espera —jadeó—. Te quiero desnuda. Ya.
Camila se levantó y se quitó la blusa por encima de la cabeza. Sus tetas eran grandes, redondas, con pezones marrones que se endurecieron al contacto con el aire. Se desabrochó la falda y la dejó caer al piso. No llevaba bragas. Su coño estaba depilado, húmedo, con los labios hinchados y separados. Valeria la agarró por las nalgas y la subió a la encimera, abriéndole las piernas con las rodillas. Se inclinó y le lamió el cuello, los hombros, los pezones. Los chupó con fuerza, mordisqueándolos, mientras Camila gemía y se restregaba contra su abdomen.
—Métemela —pidió Camila, con la voz ronca—. Quiero sentirte adentro ya, no aguanto más.
Valeria se alineó y empujó. La punta entró despacio, abriendo los labios hinchados, y Camila soltó un gemido gutural. Valeria se detuvo un segundo, saboreando la presión caliente y apretada, y luego empujó hasta el fondo. Camila la recibió entera, con las piernas enroscadas en su cintura y las uñas clavadas en sus hombros.
—Así, así, no te detengas —dijo Camila, moviendo las caderas para encontrarla—. Dámelo duro, Valeria, dámelo como si me odiaras.
Valeria la agarró por las caderas y empezó a embestirla con fuerza, con un ritmo rápido y profundo que hacía chocar sus cuerpos con un sonido húmedo y repetitivo. La encimera crujía. Camila gemía sin vergüenza, con la boca abierta y los ojos entrecerrados, y Valeria la miraba fijamente, viendo cómo sus tetas rebotaban con cada embestida. Se inclinó para besarla, sin dejar de moverse, y Camila le mordió el labio inferior.
—Eres una bestia —dijo Camila entre jadeos—. Me encanta cómo me llenas.
—Y a mí me encanta cómo me aprietas —respondió Valeria, acelerando el ritmo—. Ese coño está hecho para mí.
Camila se corrió primero, con un grito ahogado y las piernas temblando alrededor de la cintura de Valeria. Sus paredes internas se contrajeron con fuerza, ordeñando el pene, y Valeria tuvo que morderse el labio para no venirse en ese instante. Siguió bombeando despacio, prolongando el orgasmo de Camila, sintiendo cómo su coño se relajaba y se apretaba en oleadas. Camila le acarició la cara con las dos manos, todavía temblando.
—No te has venido —dijo, con una sonrisa cansada—. Eso no puede ser.
—Quiero hacerlo en tu boca —dijo Valeria, sin rodeos—. Quiero que me la chupes hasta que me corra en tu lengua.
Camila se bajó de la encimera con las piernas flojas y se arrodilló de nuevo. Esta vez no hubo preliminares. Se metió el pene entero en la boca, hasta la base, y Valeria sintió la garganta de Camila cerrarse alrededor de la punta. La agarró por el cabello y empezó a moverse, despacio al principio, luego más rápido, follándole la boca con una urgencia que le hacía temblar los muslos. Camila la miraba desde abajo, con la baba escurriéndole por la barbilla, y se tocaba el coño con una mano, frotándose el clítoris con movimientos rápidos.
—Me voy a venir —anunció Valeria, con la voz tensa—. No te detengas, por favor, no te detengas.
Camila la chupó más fuerte, moviendo la cabeza con desesperación, y Valeria se corrió con un gemido largo y profundo. El semen caliente llenó la boca de Camila, que tragó sin apartarse, sin dejar de succionar, hasta que Valeria se retiró con un estremecimiento. Camila se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, todavía arrodillada, con el coño brillante de su propio placer.
—Ahora te toca a ti —dijo Valeria, ayudándola a levantarse—. Quiero comerte hasta que me supliques que pare.
La llevó al sofá y la acostó boca arriba, con las piernas abiertas y colgando del borde. Valeria se arrodilló entre sus muslos y la miró un momento: el coño hinchado, rojo, abierto, con los labios brillantes de flujo. Se inclinó y la lamió de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y lenta, saboreando la mezcla de sus propios fluidos y el semen que escurría. Camila gimió y levantó las caderas, buscando más presión. Valeria le agarró las nalgas con las dos manos y la devoró, chupándole el clítoris con fuerza, metiéndole dos dedos al mismo tiempo.
—Sí, sí, así, no pares —suplicó Camila, agarrándose del cojín—. Me voy a venir otra vez, Valeria, me voy a venir en tu cara.
Valeria la chupó más rápido, moviendo los dedos en un vaivén curvo que rozaba el punto exacto. Camila se arqueó y se corrió con un grito, empapándole la boca y la barbilla. Valeria siguió lamiéndola despacio, suavemente, hasta que Camila la empujó con una mano temblorosa.
—Ya, ya, no aguanto más —dijo, riendo sin aliento—. Eres un peligro.
Valeria se subió al sofá y se acostó a su lado, pasándole un brazo por la cintura. Camila se acurrucó contra su pecho, todavía temblando, y le dio un beso suave en el cuello.
—¿Y si te digo que quiero más? —murmuró Camila, con los ojos cerrados.
—Te diría que tienes que esperar un rato —respondió Valeria, acariciándole la espalda—. Pero no mucho.
Camila se rió y le mordió el hombro. Afuera, Caracas seguía con su ruido de siempre, pero adentro solo se escuchaban las respiraciones entrecortadas y el roce de dos cuerpos que no tenían ninguna intención de separarse.