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Fuerte

Entre amigas, el deseo se sirve caliente

D

DeseoEscrito

2 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

La puerta del departamento de Regina se cerró con un suave clic, pero para Mariana sonó como un disparo de salida. Llevaban toda la tarde bebiendo vino y riéndose de sus maridos, de lo predecibles que eran, de lo mucho que trabajaban y lo poco que las tocaban. Regina, de treinta y cuatro años, con un vestido negro que se ceñía a sus caderas como una segunda piel, dejó las copas vacías en la barra de la cocina y se giró. Mariana, de treinta y dos, sintió un calor húmedo entre las piernas que no tenía nada que ver con el clima de la Ciudad de México.

—¿Y si por una noche hacemos lo que nos dé la gana? —preguntó Regina, con una sonrisa torcida y los ojos brillantes por el alcohol y algo más oscuro, más hambriento.

—¿A qué te refieres? —Mariana ya lo sabía. Lo sabía desde que Regina le rozó el muslo con la punta de los dedos al servirle la segunda copa.

—A que tu marido está en Monterrey y el mío cree que estoy en un retiro de yoga. —Regina avanzó descalza sobre el piso de duela, sus pies desnudos con las uñas pintadas de rojo—. A que llevo meses imaginando cómo se sentiría tu boca en mis pezones.

El aire se volvió espeso. Mariana tragó saliva, su corazón golpeaba contra sus costillas. No era lesbiana, se dijo. Amaba a su esposo. Pero cuando Regina se detuvo frente a ella y le tomó la barbilla con dos dedos, no se apartó. Al contrario, inclinó la cara y capturó la boca de Regina en un beso torpe al principio, luego profundo, desesperado, con lenguas que se buscaban y dientes que chocaban. Sabía a vino tinto y a lápiz labial. Regina gimió dentro de su boca y le apretó las nalgas con ambas manos, atrayéndola contra su cuerpo.

—Esto está mal —susurró Mariana contra sus labios, sin soltarla.

—Por eso sabe tan rico —respondió Regina, y le mordió el labio inferior.

Se desnudaron en la sala, entre tropezones y risas nerviosas. El vestido de Regina cayó al suelo y Mariana se quedó sin aliento. No llevaba sostén. Sus pechos eran generosos, con areolas grandes y pezones oscuros que ya estaban erectos, apuntando hacia ella como una invitación. Su vientre era suave, con una cicatriz de cesárea apenas visible, y sus caderas anchas se ensanchaban aún más en unos muslos firmes. Mariana, en cambio, era más menuda, de pechos pequeños y cintura estrecha, con un vello púbico recortado en forma triangular que se humedecía por segundos.

—Mírate nada más —dijo Regina, con la voz ronca—. Pareces una putita fina, toda mojada y todavía con el calzón puesto.

Mariana bajó la mirada. Su tanga de encaje blanco estaba empapada, la tela translúcida se pegaba a sus labios hinchados. Regina se arrodilló frente a ella y le bajó la prenda con los dientes, lentamente, rozando su piel con la nariz. El olor a sexo llenó el espacio. Mariana se estremeció cuando Regina le separó los labios con los dedos y pasó la lengua de arriba abajo, lenta, plana, saboreándola.

—Sabe a gloria, güey —murmuró Regina, con la boca pegada a su coño—. Sabe a que ya querías que te cogiera.

Mariana gimió y se aferró a sus hombros. Regina la lamió con hambre, chupando su clítoris con fuerza, metiéndole dos dedos de golpe. El sonido húmedo era obsceno, perfecto. Mariana arqueó la espalda, sus pezones duros rozando el aire acondicionado. Regina la masturbó con ritmo experto, curvándole los dedos hacia adentro, buscando ese punto rugoso que la hizo gritar.

—Ahí, ahí, no pares, por favor, no pares —suplicó, con las piernas temblorosas.

—No voy a parar hasta que te vengas en mi boca —dijo Regina, y volvió a chupar su clítoris con una succión rítmica, mientras sus dedos entraban y salían con fuerza.

El orgasmo le llegó en olas, desde los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. Mariana gritó un nombre que no era el de su marido. Regina la sostuvo cuando sus rodillas cedieron y la recostó en el sillón, con las piernas abiertas y el coño brillante, palpitante, expuesto.

—Ahora te toca a ti —dijo Mariana, recuperando el aliento—. Quiero probarte.

Regina se sentó en el sillón, abrió las piernas y se acarició el clítoris con dos dedos, mostrándose sin vergüenza. Su coño era más carnoso, con los labios mayores oscuros y el vello rasurado a los lados. Mariana se arrodilló entre sus muslos y la imitó: lamió despacio, explorando, aprendiendo. Regina le tomó la cabeza y la guió, moviendo las caderas contra su boca.

—Así, mamita, usa la lengua más duro… sí, justo ahí, en el clítoris… no me dejes, me encanta cómo me comes el coño.

Mariana la obedeció, chupando y lamiendo con creciente confianza. Metió dos dedos en su vagina y Regina gimió, apretándose alrededor de ellos. El sabor era distinto, más intenso, salado y dulce a la vez. Mariana se sintió poderosa al ver a Regina retorcerse, con los pechos rebotando y el sudor brillando en su cuello. Le mordió suavemente el interior del muslo y Regina soltó una carcajada ronca.

—Eres una pinche torturera —dijo, jadeando—. Ya casi, ya casi…

Mariana le lamió el clítoris en círculos rápidos y Regina se vino con un grito ahogado, apretando los muslos alrededor de su cabeza. Mariana siguió lamiendo hasta que Regina la apartó, temblando, con una sonrisa de satisfacción absoluta.

—Necesito más —dijo Regina, incorporándose—. Necesito que me cojas con algo más que tus dedos.

Fue a su habitación y regresó con un arnés de cuero negro y un dildo de silicona morada, grueso y realista. Mariana abrió los ojos con sorpresa y excitación. Regina se lo puso con destreza, ajustando las correas alrededor de sus caderas. El juguete sobresalía de su pelvis, obsceno y prometedor.

—¿Alguna vez has cogido con uno de estos? —preguntó Regina, acariciando el dildo con la mano.

—No —admitió Mariana, con la boca seca—. Pero quiero.

—Ponte en cuatro, entonces. Quiero verte la espalda arqueada mientras te lo meto.

Mariana obedeció, apoyando las rodillas en el sillón y los codos en el respaldo. Regina se colocó detrás, le escupió en la raja del culo y dejó que la saliva corriera hasta su coño. Luego frotó la punta del dildo contra su entrada, empapándolo con sus fluidos. Mariana gimió, empujando las caderas hacia atrás.

—Métemelo ya, no me hagas esperar más —rogó.

Regina la penetró de una sola embestida, lenta pero firme. Mariana gritó, sintiendo cómo el juguete la llenaba por completo, estirándola de una manera deliciosa. Regina comenzó a moverse, primero despacio, luego con un ritmo brutal, sujetándola de las caderas con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la sala, mezclado con los gemidos de ambas.

—Te siento tan apretada, tan caliente —gruñó Regina, inclinándose sobre su espalda para morderle el hombro—. ¿Te gusta que te coja así, putita? ¿Te gusta que te llene con mi verga?

—Sí, sí, me encanta, no pares, cógeme más fuerte —Mariana ya no reconocía su propia voz, rota por el placer.

Regina le metió un dedo en el culo, despacio, y Mariana se estremeció entera. El doble estímulo la hizo ver estrellas. Regina la embestía sin piedad, el arnés golpeando su clítoris con cada movimiento. Mariana se vino de nuevo, gritando, apretando el dildo con sus paredes internas. Regina siguió bombeando, prolongando su orgasmo hasta que Mariana colapsó sobre el sillón, jadeando.

—Todavía no termino contigo —dijo Regina, retirándose—. Quiero que me la chupes.

Mariana se giró, con las mejillas encendidas y el cuerpo tembloroso. Se arrodilló frente a Regina y tomó el dildo con ambas manos. Estaba cubierto de sus propios fluidos. Lo lamió de arriba abajo, mirando a Regina a los ojos, y luego lo metió en su boca, succionando con ganas. Regina gimió, aunque el juguete no le daba placer físico directo, la imagen de Mariana arrodillada, chupándosela como si fuera un pene real, la excitaba más que cualquier otra cosa.

—Así, mamita, trágatela toda… me vuelves loca, pinche zorra hermosa.

Mariana la complació, metiéndose el dildo hasta la garganta, con lágrimas en los ojos y saliva corriéndole por la barbilla. Regina le acarició el cabello, luego la levantó y la besó con furia, compartiendo el sabor de ambas.

—Ahora quiero que te sientes en mi cara —dijo Regina, recostándose en el piso de duela, con el arnés todavía puesto—. Y quiero que me sigas chupando mientras te como el coño.

Mariana se colocó sobre ella, en un sesenta y nueve invertido. Regina le separó las nalgas y le lamió el culo, luego el coño, metiéndole la lengua lo más profundo que pudo. Mariana gimió contra el dildo, moviendo las caderas. Se lo metió en la boca de nuevo, mientras Regina la devoraba con una desesperación que no parecía tener fin.

Se lamieron y chuparon durante largos minutos, sin prisa, explorando cada pliegue, cada centímetro de piel. Regina le metió tres dedos en la vagina y el pulgar en el ano, y Mariana se vino por tercera vez, con un grito ahogado por el dildo. Regina la siguió, frotándose el clítoris contra la barbilla de Mariana, empapándole la cara con sus fluidos.

Quedaron tendidas en el piso, abrazadas, sudorosas, con el arnés torcido y las piernas entrelazadas. El olor a sexo lo impregnaba todo. Mariana miró el techo, sintiendo el corazón latirle en la garganta. No sentía culpa. Todavía no. Solo un vacío delicioso, una satisfacción animal que le recorría los huesos.

—¿Y ahora qué? —preguntó, en un susurro.

Regina se giró hacia ella, le apartó un mechón de pelo húmedo de la frente y le sonrió con una ternura inesperada.

—Ahora nos damos un baño, pedimos tacos al pastor, y luego te cojo otra vez. Pero ahora con mi boca, despacito, hasta que me ruegues que pare.

Mariana soltó una risa ronca, incrédula. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente. Adentro, en ese departamento prestado, dos mujeres infieles se besaron de nuevo, sabiendo que la noche apenas comenzaba.

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