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Suave

Juegos sin caretas en la terraza

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DeseoEscrito

27 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un grupo de WhatsApp de ex compañeros de facultad podía terminar así. Pero cuando Mica —treinta y dos, diseñadora gráfica, dueña de un depto en Palermo con terraza y un sillón enorme que parecía tragarse a la gente— mandó el mensaje de “juntada íntima, sin caretas, solo adultos que sepan lo que quieren”, sentí ese cosquilleo en la nuca que no sentía desde hacía meses. Yo, veintiocho, laburando en sistemas, viviendo solo en un dos ambientes de Villa Crespo, con la vida sexual más apagada que un velador sin enchufe. Le respondí con un “¿qué hay que llevar?” y ella puso un emoji de diablito. “Vos vení liviano de ropa y pesado de ganas”.

Llegué un sábado a las diez de la noche. La puerta del edificio estaba entreabierta, como si el portero ya supiera. Subí por el ascensor con el estómago revuelto y la boca seca. Mica me abrió descalza, con un vestido de seda negro que le marcaba las caderas anchas y los pezones duros contra la tela. “Pasá, bombón, ya hay varios”, me dijo, y me dio un beso en la comisura que me dejó temblando. El living estaba en penumbras, con velas aromáticas y un playlist de trip hop sonando bajito. Sobre el sillón había tres personas: Julián, treinta y cinco, profesor de yoga, torso desnudo y un pantalón de lino blanco; Carla, veintinueve, médica residente, con un top de encaje rojo y una pollera cortísima; y Ramiro, treinta y uno, bartender, de barba espesa y brazos tatuados, en musculosa negra y jeans. Todos con copas de vino, todos con la mirada encendida.

“Acá no hay apuro”, dijo Mica, sirviéndome un malbec. “La idea es que hablemos, que nos miremos, que nos toquemos si pinta. Nadie hace nada que no quiera”. Se sentó a mi lado, tan cerca que su rodilla rozó la mía. El calor de su muslo me subió por la pierna como una corriente. Carla me miraba desde el otro extremo con una sonrisa ladeada, mordiendo el borde de su copa. “¿Y vos, corazón? ¿Hace mucho que no te soltás?”, preguntó, y su voz era un ronroneo. “Demasiado”, admití, y todos rieron suave, cómplices.

Julián se estiró en el sillón, dejando ver el vello oscuro que le bajaba desde el ombligo. “Acá todos vinimos a soltarnos”, dijo, y su mano fue a la nuca de Carla, que cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Ramiro se acercó a Mica por detrás y le apartó el pelo del cuello, besándole el hombro desnudo. Ella arqueó la espalda y me miró con los labios entreabiertos. “¿Ves? Así empieza. Sin apuro, sin miedo”. Yo sentí la sangre golpeándome en las sienes. Dejé la copa en la mesa ratona y me incliné hacia ella. Nuestras frentes se tocaron. Su aliento olía a vino y a menta. “¿Puedo?”, pregunté, y ella asintió con un parpadeo lento.

El primer beso fue apenas un roce, un contacto tibio que se fue abriendo como una flor. Su lengua buscó la mía con una suavidad que me desarmó. Mientras tanto, escuchaba a Carla gemir bajito porque Julián le mordía el lóbulo y Ramiro le acariciaba la espalda a Mica por debajo del vestido. El ambiente se fue cargando de respiraciones entrecortadas y roces de telas. Mica me tomó la mano y la llevó a su cintura. “Tocame sin miedo”, susurró contra mi boca. Mi palma subió por sus costillas, sintiendo cada hueso, cada pliegue de seda, hasta encontrar el borde de su pecho. Ella jadeó y se apretó contra mí.

Ramiro se arrodilló en el piso, frente a Carla, y le deslizó las manos por los muslos desnudos. “Qué piel suave”, murmuró, y ella le pasó los dedos por el pelo, guiándolo. Julián, mientras tanto, se quitó el pantalón de lino y quedó en boxers negros, con una erección evidente que no intentó disimular. “Acá no hay vergüenza”, dijo, y se acercó a Mica por el otro lado, besándole el cuello. Yo la tenía tomada de la cintura, con la boca en su clavícula, y sentía el calor de los otros cuerpos alrededor, el olor a perfume, a vino, a piel caliente. Mica me buscó la bragueta con la palma y apretó suave. “Qué lindo que estás”, me dijo al oído, y yo gimoteé contra su hombro.

Nos fuimos deslizando al piso, sobre una alfombra mullida que Mica había preparado con almohadones. Carla se recostó de espaldas, con el top ya corrido y los pechos al aire, redondos y pálidos, con pezones oscuros que Julián se inclinó a lamer. Ramiro le sacó la pollera con una lentitud exquisita, dejando al descubierto una bombacha de encaje mínima, húmeda. “Qué hermosa que estás”, le dijo, y ella abrió las piernas apenas, invitándolo. Mica se quitó el vestido por la cabeza y quedó completamente desnuda, con la piel dorada por las velas, las caderas generosas y el vello púbico recortado en forma triangular. Se acercó a mí gateando, como una gata, y me empujó suavemente contra los almohadones. “Ahora te toca a vos”, dijo, y me desabrochó el cinturón con destreza.

Me sacó los jeans y los boxers en un solo movimiento. El aire fresco de la noche me erizó la piel, pero el calor de su boca en mi muslo interno me hizo olvidar todo. Mientras ella me besaba cerca de la ingle, yo miraba a los demás: Carla ahora estaba a horcajadas sobre la cara de Ramiro, con la cabeza echada hacia atrás y los dedos enredados en su propio pelo; Julián se masturbaba lentamente, de rodillas, observando la escena con los ojos brillantes. Mica me tomó con la mano, firme, y deslizó la lengua por mi longitud. “Dale, no te contengas”, me alentó Carla desde su posición, con la voz quebrada. “Acá todos queremos verte”.

Eso me liberó. Dejé de pensar y me entregué. Mica me tomó con la boca, despacio, mirándome a los ojos, y yo le acaricié el pelo, la nuca, los hombros. Julián se acercó por detrás de ella y le separó las piernas, hundiendo la cara entre sus nalgas. Mica gimió con la boca ocupada, y la vibración me recorrió entero. Ramiro se incorporó, con la barba brillante, y se acercó a Carla, que lo recibió con un beso profundo, saboreándose a sí misma en sus labios. “Quiero sentirte”, le dijo ella, y él la penetró de costado, con una lentitud que nos hizo contener la respiración a todos.

El living se llenó de sonidos húmedos, de jadeos, de nombres susurrados. Mica se apartó de mí y se puso en cuatro patas, ofreciéndose. “Venite”, me dijo, y yo me acomodé detrás, con las rodillas temblorosas. La penetré despacio, sintiendo cómo se abría para mí, caliente y estrecha. Ella soltó un quejido largo, gutural, y apretó los puños contra la alfombra. Julián se arrodilló frente a su cara y ella lo tomó con la boca, sin dejar de moverse contra mí. El ritmo se fue contagiando: Ramiro embestía a Carla con más fuerza, ella le clavaba las uñas en la espalda, y yo me aferraba a las caderas de Mica, sintiendo el vaivén de su cuerpo, el sudor que nos unía.

En un momento, Mica se apartó de Julián y me miró por encima del hombro. “Ahora quiero que me mires mientras me das”, dijo, y yo la giré, poniéndola boca arriba. Le abrí las piernas y me hundí de nuevo, esta vez frente a frente. Sus pechos se movían con cada embestida, y sus labios buscaban los míos con desesperación. Carla se acercó gateando y besó a Mica, lenguas entrelazadas, mientras Ramiro la seguía penetrando por detrás. Julián se ubicó a mi lado y me acarició la espalda, los hombros, el cuello. “Dejate llevar”, me dijo al oído, y su mano bajó hasta mi cintura, acompañando mis movimientos.

La escena se volvió un torbellino de cuerpos entrelazados. Yo ya no sabía dónde terminaba mi piel y empezaba la de ellos. Mica gemía contra la boca de Carla, que a su vez jadeaba con cada embestida de Ramiro. Julián me besó el hombro, el cuello, la nuca, y su erección se apretó contra mi cadera. “¿Puedo?”, preguntó, y yo asentí, sin saber exactamente qué habilitaba, pero confiando. Su mano me tomó la base y me guió, mientras Mica me recibía con un espasmo. Fue un juego de presiones, de ritmos compartidos, de respiraciones acompasadas.

Mica llegó primero, con un grito ahogado contra el hombro de Carla, apretándome por dentro con una fuerza que me hizo ver estrellas. Carla la siguió, arqueando la espalda y clavando los dientes en el cuello de Mica. Ramiro se derramó sobre la espalda de Carla con un gruñido ronco, y Julián, que se había estado masturbando contra mi muslo, se vino en su propia mano, con la frente apoyada en mi hombro. Yo aguanté un poco más, embistiendo a Mica con desesperación, hasta que el placer me estalló en el vientre y me vacié dentro de ella con un gemido largo, tembloroso.

Quedamos todos enredados en la alfombra, jadeando, con las velas ya consumidas y el playlist terminado. Mica se acurrucó contra mi pecho, Carla se estiró entre Ramiro y Julián, y por un rato nadie dijo nada. Solo se escuchaban las respiraciones que se iban calmando, el roce de alguna mano que acariciaba una espalda, un muslo, un brazo. “¿Alguien quiere agua?”, preguntó Ramiro, con la voz ronca, y todos soltamos una risa floja, cómplice. Mica me besó la mandíbula. “Bienvenido al grupo”, susurró. Y yo, con el cuerpo flojo y la mente en blanco, supe que esa noche no iba a ser la última.

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