La fantasía que ambos callaban
NarradorSensual
28 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
La noche del jueves olía a lluvia contenida y a cerveza tibia en el departamento de Regina. Tenía veintiocho años, un trabajo demandante en una agencia de publicidad y una cama king size que últimamente le parecía un desierto. Esa noche, sin embargo, no estaba sola. Frente a ella, sentado en el sillón de cuero desgastado, estaba Damián, un amigo de la universidad al que no veía desde hacía tres años. Tenía treinta y un años, una barba cerrada que le oscurecía la mandíbula y unas manos grandes que sostenían una botella de cerveza con una soltura que a Regina se le antojó obscena.
—No puedo creer que sigas soltera —dijo Damián, con una sonrisa que no era del todo inocente.
—No estoy soltera. Estoy en pausa —respondió ella, arqueando una ceja—. Y tú, ¿qué? ¿Sigues con eso de que ninguna mujer te llena?
—Ninguna me llena como yo quiero —contestó él, y el tono de su voz bajó una octava, como si la frase le costara trabajo.
Regina sintió un calor repentino en el vientre. No era la cerveza. Era la manera en que Damián la miraba: sin prisa, como si ya la hubiera desnudado con los ojos y estuviera decidiendo por dónde empezar. Se levantó del sillón con la excusa de poner música, pero en realidad necesitaba moverse, sacudirse esa electricidad que le hormigueaba en los pezones. Llevaba un vestido negro de tirantes, sin sostén, y los pezones se le marcaban con una dureza delatora. Damián lo notó, por supuesto. Siempre notaba todo.
—¿Sabes cuál es mi fantasía más recurrente? —preguntó él, sin apartar los ojos de su cuerpo.
—Dime —dijo Regina, de espaldas, fingiendo buscar una canción en su teléfono.
—Tenerte así, con ese vestido, y arrancártelo con los dientes.
Regina se giró lentamente. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una tensión que ninguno de los dos quería disimular. Damián dejó la botella en la mesa de centro y se puso de pie. Medía casi un metro noventa, y su cuerpo ancho, de hombros marcados y cintura firme, bloqueó la luz de la lámpara. Regina sintió que la boca se le secaba.
—¿Y qué más pasa en esa fantasía? —preguntó ella, con la voz más ronca de lo que esperaba.
—Te pongo contra la pared, te levanto el vestido y te como el culo hasta que me ruegues que te la meta.
Regina soltó una risa corta, nerviosa, pero no retrocedió. Al contrario, dio un paso al frente. El olor de Damián, a madera y a sudor limpio, le llenó los pulmones. Él alargó una mano y le rozó el cuello con los nudillos, apenas un roce, y Regina sintió que las piernas le flaqueaban.
—¿Y si te digo que yo también he pensado en ti? —murmuró ella, alzando la barbilla—. En tu boca, en tus dedos, en cómo me partirías en dos.
Damián gruñó algo ininteligible y la tomó de la nuca con una firmeza que la hizo gemir. La atrajo hacia él y la besó con una urgencia que no admitía dudas. Su lengua invadió la boca de Regina, caliente y demandante, mientras sus manos bajaban por su espalda hasta apretarle las nalgas con fuerza. Regina se aferró a sus hombros, sintiendo la dureza de su pecho contra el suyo, y correspondió el beso con la misma hambre. Los dientes chocaron, las respiraciones se entrecortaron, y en cuestión de segundos estaban devorándose como si llevaran años esperando ese momento.
Damián la empujó contra la pared del pasillo. El golpe fue suave, pero el sonido del cuerpo de Regina contra el muro resonó en el silencio del departamento. Él le subió el vestido hasta la cintura y deslizó una mano entre sus muslos. Regina llevaba unas bragas de encaje mínimas, ya empapadas. Damián las apartó a un lado y le acarició la vulva con los dedos, despacio, sintiendo la humedad que se le escurría.
—Mira nada más cómo te pones —dijo él, con la voz ronca, pegada a su oído—. Estás hecha un desastre, Regi.
—Cállate y tócame —jadeó ella, arqueando la cadera contra su mano.
Damián obedeció. Metió dos dedos de golpe y Regina soltó un gemido agudo. La pared fría contrastaba con el calor que le subía por el vientre. Él la bombeó con ritmo, curvándole los dedos para rozarle ese punto exacto que la hacía temblar. Con el pulgar le frotó el clítoris, hinchado y sensible, y Regina sintió que las rodillas se le doblaban. Se aferró a su cuello, clavándole las uñas en la nuca, y empezó a moverse contra su mano, buscando más, siempre más.
—Así, no pares —rogó, con la voz quebrada—. Me vas a hacer venir.
—Todavía no —dijo Damián, y retiró los dedos justo cuando ella estaba al borde.
Regina protestó con un quejido frustrado, pero Damián ya se había arrodillado frente a ella. Le bajó las bragas por las piernas y las dejó tiradas en el suelo. Le separó los muslos con las manos y acercó la boca a su sexo. Regina miró hacia abajo y vio sus ojos oscuros, brillantes de deseo, justo antes de que su lengua la tocara. Fue un lamido largo, desde la entrada hasta el clítoris, y Regina soltó un gemido que resonó en todo el departamento.
Damián la comió con una dedicación que la hizo perder el aliento. Su lengua era hábil, caliente, incansable. Le chupaba el clítoris con suavidad y luego lo rodeaba con la punta, alternando presiones que la hacían retorcerse. Le metió dos dedos otra vez, y luego tres, estirándola, llenándola, mientras su boca no se detenía. Regina se agarró de su cabello, tirando de él sin miramientos, y empezó a mover la cadera contra su cara. El placer era tan intenso que le dolía, un nudo caliente que se apretaba en su vientre.
—No te detengas, por favor, no te detengas —suplicó, con la voz hecha un hilo.
Damián la miró desde abajo, con la barbilla brillante de su humedad, y redobló el ritmo. Le succionó el clítoris con fuerza, mientras sus dedos la penetraban sin piedad. Regina sintió que el mundo se deshacía. El orgasmo la golpeó como una ola, sacudiéndole las piernas, arrancándole un grito ronco. Se vino en su boca, temblando, apretando los muslos alrededor de su cabeza, y Damián no se apartó hasta que ella dejó de convulsionarse.
—Ahora sí —dijo él, levantándose y limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Ahora te voy a coger como en mi fantasía.
Regina apenas podía mantenerse en pie. Damián la tomó de la cintura y la llevó a la cama. La empujó suavemente sobre el colchón y se quitó la camisa. Su torso era firme, con un vello oscuro que descendía desde el pecho hasta desaparecer en el pantalón. Regina se incorporó para desabrocharle el cinturón, con dedos torpes por la urgencia. Le bajó el pantalón y los bóxers, y su pene saltó libre, grueso, venoso, con la punta brillante de líquido preseminal. Regina lo tomó con una mano, sintiendo su peso, su calor, y se lo llevó a la boca sin pensarlo.
Lo chupó con ganas, con la boca abierta, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla. Damián gruñó y le sujetó la cabeza con ambas manos, marcando el ritmo. Regina lo tomó hasta el fondo, relajando la garganta, y él soltó un juramento entre dientes. El sabor salado de su piel, el olor a sexo, la manera en que su pene le llenaba la boca, todo la excitaba aún más. Lo masturbó con la mano mientras lo chupaba, y Damián empezó a moverse, follándole la boca con una cadencia que la hizo gemir.
—Ya, ya —dijo él, apartándola con suavidad—. Si sigues, me vengo y no quiero acabar todavía.
Regina se limpió la boca con el antebrazo y se recostó en la cama, abriendo las piernas. Damián se colocó entre ellas, se puso un condón y se inclinó para besarla. Regina sintió su pene rozándole la entrada, y arqueó la cadera, impaciente. Damián la penetró de una sola embestida, llenándola por completo. Regina gritó, un sonido agudo y placentero, y le clavó las uñas en la espalda.
—¿Así te gusta? —preguntó él, con la voz tensa, mientras empezaba a moverse.
—Más fuerte —pidió ella, jadeando—. No te detengas.
Damián la folló con una intensidad que la hizo olvidar su propio nombre. Sus caderas chocaban contra las de ella con un sonido húmedo y obsceno. La cama crujía bajo sus cuerpos. Regina le rodeó la cintura con las piernas, abriéndose más, y él la penetró aún más profundo. Cada embestida le rozaba el cuello del útero, un placer casi doloroso que la hacía gemir sin control. Damián le mordió el cuello, le chupó los pezones, le apretó las nalgas con fuerza, y Regina sintió que otro orgasmo se acercaba, más intenso que el primero.
—Me voy a venir otra vez —anunció, con la voz rota—. No pares, por favor, no pares.
Damián la puso de lado, levantándole una pierna, y siguió embistiéndola desde atrás. La nueva posición le permitió llegar aún más hondo. Regina se aferró a las sábanas, con la cara enterrada en la almohada, y gritó cuando el orgasmo la atravesó. Su cuerpo se convulsionó, apretando el pene de Damián con una fuerza que lo hizo gemir. Él siguió moviéndose, prolongando su placer, hasta que Regina quedó temblando, exhausta.
—Ahora tú —dijo ella, girándose para quedar de rodillas, con el culo en alto—. Quiero que me des por atrás.
Damián soltó un gruñido de aprobación. Se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas y escupió sobre su ano. Regina se estremeció al sentir el líquido caliente. Él le metió un dedo, despacio, preparándola, y luego dos. Regina gimió, empujando la cadera hacia atrás. Le dolía un poco, pero el dolor se mezclaba con un placer tan intenso que le nublaba la vista.
—Métemela —rogó—. Quiero sentirte entero.
Damián se puso más lubricante y colocó la punta de su pene en su entrada. Empujó con suavidad, y Regina sintió cómo se abría para él, centímetro a centímetro. Fue una presión abrumadora, un llenado total que la hizo gemir largo y profundo. Damián se quedó quieto un momento, dejando que se acostumbrara, y luego empezó a moverse. Primero despacio, luego más rápido, hasta que la estaba follando con una fuerza que la hacía gritar.
—Eres tan apretada —jadeó él, aferrándose a sus caderas—. Me vuelves loco.
Regina no podía responder. Solo podía sentir. El pene de Damián entrando y saliendo de su culo, sus dedos frotándole el clítoris, su voz ronca diciéndole cosas sucias al oído. El placer era tan intenso que le lloraban los ojos. Se vino una tercera vez, con un grito ahogado, y Damián la siguió poco después, con una embestida final que lo hizo temblar entero. Se derrumbó sobre su espalda, jadeando, y Regina sintió su aliento caliente en el cuello.
Se quedaron así un rato, enredados, sudorosos, con los corazones latiendo a toda velocidad. Damián se retiró con cuidado y se deshizo del condón. Regina se giró para mirarlo, con una sonrisa cansada y satisfecha.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, con la voz ronca.
—Ahora —dijo Damián, acercándose para besarla—, se me ocurren otras fantasías.