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Suave

La terraza, el fotógrafo y mi novia

R

RelatorPassion

1 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un simple “¿vienes a ver la terraza?” terminaría conmigo apretando la espalda de mi novia mientras otro hombre le besaba el cuello. Pero así fue. Tengo veintiocho años, vivo solo en un apartamento en Chapinero, y desde hace seis meses salgo con Valeria, una diseñadora gráfica de treinta y un años que tiene la risa más obscena que he escuchado. Esa noche habíamos invitado a Simón, un amigo de ella, fotógrafo, treinta y cuatro años, recién separado, con una barba cerrada que le daba un aire de oso tranquilo. Llevábamos dos botellas de vino y la conversación ya coqueteaba con lo prohibido: quién había estado con quién, qué fantasías nos quedaban por cumplir, cómo se sentía besar a alguien del mismo sexo.

Valeria fue la que rompió el hielo. Se estiró en el sofá, puso los pies descalzos sobre mis muslos y miró a Simón con una sonrisa ladeada. “¿Usted nunca ha querido probar con un hombre, Simón?”. Él se rio, pero no apartó los ojos de los míos. “Depende del hombre”. Sentí un calor distinto, una corriente que me subió por el pecho. Valeria lo notó, porque apoyó la copa en la mesa y se inclinó hacia mí. “Amor, ¿a ti te gustaría?”. Su voz era un ronroneo. No respondí con palabras: la besé, lento, con la lengua apenas rozando la suya, y por encima de su hombro vi a Simón morderse el labio inferior.

“Propongo algo”, dijo Valeria al separarse, con los labios húmedos. “Que Simón me bese. Y tú miras. Solo miras”. El corazón me golpeaba las costillas. Asentí. Simón se acercó con una calma que me pareció ensayada, pero cuando tomó la nuca de Valeria y la atrajo, supe que no había nada fingido. El beso fue profundo, húmedo, con un sonido que me hizo apretar los puños. Valeria gimió bajito y yo sentí la erección presionando contra el cierre del pantalón. Ella estiró una mano sin dejar de besarlo y la puso sobre mi muslo, subiendo despacio, como pidiendo permiso. Se lo di.

“Quiero verte a ti también”, susurró Valeria contra la boca de Simón. “Quiero verlos besarse”. Simón me miró. Tenía los labios rojos, la respiración agitada. “¿Sí?”. Me preguntó a mí, no a ella. Me levanté del sofá, me arrodillé frente a él y tomé su cara con las dos manos. Su barba raspó mis palmas. El primer contacto fue torpe, dos bocas midiéndose, pero luego Simón abrió los labios y su lengua entró con una seguridad que me desarmó. Sabía a vino y a Valeria. Gemí sin querer. Detrás, escuché a Valeria suspirar: “Dios mío, qué delicia”.

Nos separamos solo para respirar. Valeria se había quitado la blusa. Sus senos, morenos y redondos, se movían con cada respiración. Se arrodilló a mi lado y nos besó a los dos, alternando, repartiendo mordiscos suaves en nuestros cuellos. “Vamos a la cama”, dijo, y no era una pregunta. La seguimos. El apartamento de Valeria quedaba a dos cuadras, pero esa noche estábamos en el mío, y la cama era amplia, con sábanas blancas que olían a suavizante de lavanda. Simón se sentó en el borde y me jaló del cinturón. “Quiero verte sin camisa”. Me la quité despacio, sintiendo sus ojos recorrer mi pecho, mi abdomen, la línea de vello que bajaba hacia el pantalón. Valeria se pegó a mi espalda, sus pezones duros contra mi piel, y sus manos rodearon mi cintura para desabrocharme el botón.

“Tú también”, le dije a Simón, con la voz ronca. Se desabrochó la camisa sin prisa. Tenía el torso más ancho que el mío, cubierto de vello oscuro, y un tatuaje de una brújula en el hombro izquierdo. Valeria estiró una mano para tocarle el pecho, y yo hice lo mismo. Su piel estaba caliente, el vello áspero bajo mis dedos. Simón cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. “Así”, murmuró. “No paren”.

Nos desnudamos entre besos y roces. Valeria quedó en el centro, y por un momento Simón y yo nos dedicamos a ella: yo le besaba la boca mientras Simón le lamía los senos, luego Simón le mordía el cuello mientras yo bajaba por su vientre con la lengua. Ella se retorcía, nos jalaba del cabello, nos decía “maricones ricos” con una sonrisa que nos hizo reír a los tres. La risa se convirtió en gemido cuando Simón se acomodó detrás de ella y la abrazó, sus manos cubriendo sus senos, su erección presionando la curva de su espalda. Yo me arrodillé frente a ella y le separé los muslos. Valeria me miró desde arriba, con los labios entreabiertos, y asintió.

La besé ahí, despacio, con la lengua plana y húmeda, mientras Simón le susurraba cosas al oído. No escuché qué decía, pero Valeria arqueó la espalda y soltó un quejido largo. Con una mano, Simón me buscó el hombro, me apretó, y luego bajó por mi brazo hasta mi mano. Entrelazó sus dedos con los míos sobre el muslo de Valeria. Ese gesto, tan simple, me hizo temblar. Seguí lamiéndola, chupándola, sintiendo cómo sus caderas se movían contra mi boca. Simón la sostenía, le mordía el lóbulo, le decía “así, mi amor, déjate llevar”. Valeria vino con un grito corto, las piernas apretadas alrededor de mi cabeza, y yo no paré hasta que ella me empujó suavemente.

“Ahora tú”, le dijo a Simón, con la voz rota. “Quiero verlo chupándote”. Simón se recostó contra las almohadas, las piernas abiertas, y me miró con una mezcla de deseo y vulnerabilidad. Me acerqué gateando. Su erección era gruesa, la piel suave, y cuando la tomé con la mano, Simón soltó un suspiro tembloroso. Valeria se acomodó a su lado, le acariciaba el pecho, me miraba con los ojos brillantes. “Hazlo, amor”, me dijo. “Quiero ver cómo lo pruebas”.

Lo hice. Primero con la lengua, recorriendo la punta, saboreando la sal. Luego lo tomé en la boca, despacio, adaptándome a su grosor. Simón gimió y puso una mano en mi nuca, sin empujar, solo acompañando. Valeria se inclinó y me besó la sien, me susurró “qué rico lo haces”. Eso me envalentonó. Bajé más, relajé la garganta, usé la mano para lo que no cabía. Simón empezó a moverse, caderas lentas, y yo lo seguí, encontrando un ritmo. De reojo, vi a Valeria masturbándose, los dedos brillantes, la boca abierta. La imagen me hizo gemir con Simón adentro, y él respondió con un “ay, sí” que me erizó la piel.

“Ven aquí”, le dijo Simón a Valeria, jalándola suavemente. Ella se puso a horcajadas sobre su cara, de espaldas a mí, y Simón la sujetó por las caderas para bajarla a su boca. Ahora yo lo chupaba a él mientras él la lamía a ella, y los tres formábamos una cadena de gemidos y respiraciones. Valeria se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en las rodillas de Simón, y su espalda sudada brillaba con la luz de la lámpara. Yo estiré una mano para tocarle la cintura, y ella la tomó y la llevó a su boca, chupándome los dedos. Casi pierdo el control.

Simón me apretó la nuca. “Para, para”, jadeó. “No quiero acabar todavía”. Me separé con un hilo de saliva uniéndome a él. Valeria se bajó de su cara y se quedó a mi lado, pasándome la lengua por los labios, besándome con la boca que sabía a mí y a Simón. “¿Cómo quieren seguir?”, preguntó ella, con una sonrisa perversa. Simón se incorporó, me tomó por la cintura y me giró para quedar detrás de mí. Sentí su pecho velludo contra mi espalda, su erección entre mis nalgas, su aliento caliente en mi oreja. “Quiero estar dentro de ti”, dijo. “Si tú quieres”.

Mi cuerpo respondió antes que mi mente: me incliné hacia adelante, apoyando las manos en el colchón. Valeria se puso frente a mí, de rodillas, y me besó mientras Simón buscaba el lubricante en la mesa de noche. Escuché el sonido del tubo, luego sus dedos fríos y resbaladizos. Me preparó con paciencia, uno, dos dedos, mientras Valeria me masturbaba con una mano y me decía “relájate, mi amor, déjalo entrar”. Cuando Simón se acomodó, sentí la presión, el ardor inicial, y luego una plenitud que me arrancó un quejido largo. Entró despacio, centímetro a centímetro, y se quedó quieto un momento, respirando contra mi cuello.

“¿Estás bien?”, preguntó. Asentí, sin poder hablar. Valeria me tomó la cara y me besó, profundo, mientras Simón comenzaba a moverse. El ritmo era lento, caderas amplias, y cada embestida me empujaba hacia la boca de Valeria. Ella se recostó, abrió las piernas, y me guio hacia su centro. La penetré con un solo movimiento, y por un instante los tres quedamos conectados: Simón dentro de mí, yo dentro de Valeria, ella gimiendo contra mi boca. El mundo se redujo a ese triángulo de piel y calor.

Simón aumentó el ritmo, sus manos aferradas a mis caderas, y yo imité su cadencia en Valeria. Ella me clavaba las uñas en los hombros, me decía “más, más, no pares”. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto, mezclado con gemidos y respiraciones entrecortadas. En un momento, Simón se inclinó sobre mi espalda y buscó la boca de Valeria por encima de mi hombro. Se besaron con desesperación, y yo sentí la barba de Simón rozando mi mejilla, su aliento mezclado con el de ella. Fue demasiado. Valeria se corrió primero, apretándose alrededor de mí, gritando un “ay, Dios” que me empujó al borde. Simón lo notó y aceleró, profundo, y yo me vine dentro de Valeria con un gemido ronco, las piernas temblorosas.

Simón siguió embistiendo, ahora más errático, y con un último empujón se derramó dentro de mí, su frente apoyada en mi nuca, su cuerpo sacudiéndose. Nos quedamos así un momento, enredados, jadeando, hasta que lentamente nos separamos y caímos sobre las sábanas revueltas. Valeria se acurrucó a mi izquierda, Simón a mi derecha, y por un rato nadie habló. Solo se escuchaban nuestras respiraciones y el zumbido lejano de la nevera.

“Bueno”, dijo Valeria al fin, con la voz pastosa. “Eso no estaba en el plan”. Simón soltó una risa cansada. “¿Cuál plan?”. Yo me reí también, mirando el techo, sintiendo el sudor enfriarse en mi piel. “El de la terraza”, dije. “Se suponía que solo íbamos a ver la terraza”. Valeria se incorporó sobre un codo y me besó la mejilla. “La vimos”, dijo. “Y de paso vimos otras cosas”. Simón estiró un brazo y nos abrazó a los dos, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de llenar el silencio con palabras.

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