La tormenta que nos desnudó en Malasaña
PasionLatina
29 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
La lluvia golpeaba los cristales del pequeño apartamento de Lucía, un estudio en Malasaña que olía a café recién hecho y a la madera húmeda de los muebles restaurados. Tenía veintiocho años, trabajaba como ilustradora freelance y aquella tarde había invitado a Mario, un compañero de coworking de treinta y dos, con la excusa de enseñarle una serie de grabados. Llevaban semanas cruzándose miradas en la cafetería del espacio compartido, roces de dedos al coger el mismo azucarero, comentarios ambiguos sobre lo bien que le sentaba el cansancio. Ahora, con la tormenta como cómplice, la tensión se mascaba en el aire denso del salón.
Mario se quitó la cazadora vaquera mojada y la colgó en el respaldo de una silla. La camiseta negra se le pegaba al torso, marcando la línea de los pectorales y el vientre firme. Lucía lo observó desde la encimera, mordiéndose el labio inferior. Llevaba un vestido de punto gris que le llegaba a medio muslo, sin medias, y el pelo castaño recogido en una coleta deshecha. Él se acercó despacio, con las manos en los bolsillos del pantalón vaquero, y se detuvo a un palmo de ella.
—¿Dónde tienes los grabados? —preguntó, con una sonrisa torcida que desmentía cualquier interés por el arte.
—En la cama —respondió ella, sin apartar la mirada—. Digo, en la carpeta que está sobre la cama.
Mario soltó una risa baja, gutural. Levantó una mano y le rozó la clavícula con la yema del índice, bajando lentamente por el escote del vestido. Lucía sintió un escalofrío que le erizó la piel de los brazos. No se movió. Él inclinó la cabeza y le besó el cuello, justo debajo de la oreja, con una suavidad que contrastaba con la urgencia que ambos llevaban acumulando. Ella dejó escapar un suspiro entrecortado y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más piel.
—Llevo toda la semana pensando en esto —murmuró él contra su garganta—. En cómo sonarías si te comiera entera.
—Pues deja de pensarlo y hazlo.
Las manos de Mario subieron por sus muslos, apartando el dobladillo del vestido. Le agarró el culo con firmeza, apretando las nalgas carnosas, y la levantó para sentarla en la encimera. Lucía abrió las piernas y lo atrajo hacia sí, enganchando los talones en la parte trasera de sus muslos. El beso llegó por fin, hambriento, con lenguas que se buscaban y dientes que chocaban. Él le mordió el labio inferior y tiró suavemente, arrancándole un gemido. El sabor a café y a lluvia se mezclaba con el calor de sus bocas.
Lucía le quitó la camiseta de un tirón, descubriendo un pecho ancho cubierto de vello oscuro que descendía en una línea fina hasta el ombligo. Pasó las palmas por sus hombros, arañando ligeramente la piel, y bajó hasta el botón del vaquero. Mario gruñó cuando ella deslizó la mano por dentro del pantalón y le agarró la polla por encima del calzoncillo. Estaba dura, caliente, y el bulto presionaba contra la tela con una urgencia evidente.
—Joder, Lucía —jadeó él, apretando la frente contra la suya—. Así no voy a durar nada.
—No quiero que dures. Quiero que me folles ya.
Él le subió el vestido hasta la cintura, dejando al descubierto unas bragas de encaje negro que ya estaban empapadas. Pasó un dedo por encima de la tela, presionando el clítoris hinchado, y ella se estremeció, arqueando la espalda. Mario apartó el encaje hacia un lado y deslizó dos dedos por su raja húmeda, separando los labios vaginales con una lentitud deliberada. Lucía gimió y se aferró a sus hombros, clavándole las uñas.
—Mírate —susurró él, metiendo los dedos dentro de ella—. Estás empapada. ¿Tanto me deseabas?
—Sí, joder, sí. Sigue.
Mario movió los dedos dentro de su coño con un vaivén firme, curvándolos para tocar ese punto rugoso que la hizo temblar. Con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos, alternando la presión, mientras ella jadeaba contra su boca. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo llenaba la cocina, mezclado con el repiqueteo de la lluvia. Lucía notaba cómo el orgasmo se acumulaba en la base del vientre, una tensión dulce y eléctrica que le tensaba los muslos.
—Voy a correrme —avisó, con la voz rota—. No pares, Mario, por favor.
—Córrete en mi mano. Quiero sentirlo.
Él aceleró el ritmo, hundiendo los dedos hasta el fondo y frotando el clítoris con más intensidad. Lucía gritó, un sonido agudo y liberador, y se convulsionó contra su mano. El orgasmo le recorrió el cuerpo en oleadas, apretando los dedos de Mario con las paredes internas, empapándole la palma. Él la sostuvo mientras ella temblaba, besándole la frente y el puente de la nariz, murmurando palabras sucias y tiernas a la vez.
—Eres preciosa cuando te corres. Quiero verte así otra vez, pero con mi polla dentro.
La bajó de la encimera y le dio la vuelta, doblándola sobre la superficie fría. Le arrancó las bragas con un tirón seco y las dejó caer al suelo. Lucía apoyó las palmas en la encimera y arqueó la espalda, ofreciéndole el culo. Mario se bajó los vaqueros y los calzoncillos de una vez, liberando una polla gruesa y venosa que se curvaba ligeramente hacia arriba. Se colocó detrás de ella, agarrándole las caderas con fuerza, y pasó el glande por su raja, untándose de su humedad.
—¿Estás lista? —preguntó, con la voz ronca.
—Métemela ya. No me hagas esperar más.
Mario empujó con un solo movimiento, enterrándose hasta el fondo. Lucía soltó un gemido gutural, sintiendo cómo su coño se estiraba para acomodarlo. Él se quedó quieto un instante, respirando contra su nuca, disfrutando del calor y la presión. Luego empezó a moverse, con embestidas lentas y profundas que la hacían chocar contra la encimera. El sonido de sus cuerpos golpeándose se unía al de la lluvia y a los jadeos entrecortados de ambos.
—Joder, qué estrecha estás —gruñó él, apretando los dedos en su cadera—. Me estás apretando toda la polla.
—Es que la tienes enorme —respondió ella, con la voz temblorosa—. Sigue, más fuerte.
Mario obedeció, aumentando el ritmo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más brutales, sacudiendo el cuerpo de Lucía contra la encimera. Sus pechos se balanceaban dentro del vestido, y él metió una mano por debajo para pellizcarle un pezón endurecido. Ella gimió y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro. Él aprovechó para morderle el cuello, dejando una marca roja en la piel sudorosa.
—Me encanta cómo suenas —jadeó Mario—. Quiero que todo el edificio sepa lo bien que te follo.
—Sí, joder, no pares. Estoy a punto otra vez.
Él sacó la polla casi por completo y volvió a enterrarla de una sola estocada, arrancándole un grito. Repitió el movimiento una y otra vez, golpeando el fondo de su coño con una precisión que la hacía ver estrellas. Lucía notaba el orgasmo acercándose de nuevo, más intenso que el anterior, un incendio que le subía por las piernas y le nublaba la vista. Mario le agarró el pelo con una mano, tirando suavemente de la coleta, y con la otra le frotó el clítoris en círculos rápidos.
—Córrete conmigo —ordenó él, con la voz quebrada—. Ahora, Lucía.
Ella gritó su nombre y se deshizo, apretando la polla de Mario con espasmos violentos. Él aguantó dos embestidas más y se derramó dentro de ella con un gruñido profundo, sintiendo cómo su semen caliente llenaba su coño. Se quedaron así un momento, jadeando, con los cuerpos pegados y temblorosos. Mario le besó la nuca y la espalda, retirándose despacio. Un hilo de semen resbaló por el muslo de Lucía, mezclándose con su propia humedad.
—Dios —murmuró ella, girándose para mirarlo—. Eso ha sido…
—Solo el principio —dijo él, con una sonrisa cansada—. Aún no me has enseñado los grabados.
Lucía se rio, con las mejillas encendidas y el pelo pegado a la frente. Lo tomó de la mano y lo guió hacia la cama, donde la carpeta de grabados seguía intacta. Pero ninguno de los dos la abrió. En lugar de eso, Mario la tumbó de espaldas y se colocó entre sus piernas, bajando la boca hasta su coño aún húmedo. La primera lamida fue lenta, saboreando la mezcla de ambos. Lucía arqueó la espalda y agarró las sábanas con fuerza. La lluvia seguía cayendo, pero dentro del apartamento solo existía el sonido de sus cuerpos y la promesa de una noche que apenas comenzaba.