La urgencia de un jueves cualquiera
EroticWriter
6 de noviembre de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Valentina llevaba tres horas dándole vueltas al mismo correo corporativo cuando escuchó el golpe seco de la puerta del apartamento. Eran las nueve y media de la noche de un jueves cualquiera, y el sonido de las llaves de Samuel al caer sobre la mesa de la entrada le aceleró el pulso de una forma que ya no tenía nada que ver con el cansancio. Tenía veintinueve años, un cargo de coordinadora de mercadeo que le chupaba el alma y un novio de treinta y dos que, desde hacía semanas, parecía más un compañero de apartamento que un amante. Pero esa noche, cuando Samuel apareció en el marco de la puerta del estudio con la corbata aflojada y la mirada oscura, Valentina supo que algo había cambiado.
—¿Todavía trabajando, mi amor? —preguntó él, con una voz ronca que le bajó directo al vientre.
—Ya iba a cerrar —respondió ella, girando la silla para mirarlo de frente. Samuel se deshizo del saco y lo lanzó al sofá sin dejar de observarla. Tenía la camisa blanca arremangada hasta los codos, los antebrazos marcados por el gimnasio y una erección evidente que abultaba el pantalón gris de paño. Valentina apretó los muslos por debajo del escritorio.
—Llevo todo el día pensando en vos —dijo Samuel, avanzando hacia ella con pasos lentos—. En cómo te quedan esos leggings de trabajo, en el olor de tu cuello cuando te inclinas a servir el café, en las ganas que tengo de comerte entera.
Valentina sintió un calor húmedo entre las piernas. Se puso de pie, dejó los lentes sobre el teclado y caminó hacia él. No se dijeron nada más. Samuel la tomó por la cintura con una mano y con la otra le sujetó la nuca, atrayéndola a un beso hambriento, de lengua y dientes, de esos que saben a urgencia acumulada. Valentina gimió dentro de su boca y le mordió el labio inferior. Las manos de él bajaron a sus nalgas, las apretó con fuerza, la pegó contra su erección y ella sintió el bulto duro contra su pubis, separado apenas por la tela delgada del pantalón deportivo.
—Quiero desvestirte ya —murmuró Samuel contra su cuello, mientras le lamía la piel salada y le mordía el lóbulo de la oreja—. Quiero verte las tetas, chupártelas, abrirte las piernas y metértela hasta el fondo.
—Entonces no hables tanto —respondió Valentina, jadeante, y le desabotonó la camisa con dedos torpes, ansiosos. Los botones saltaron uno a uno, y ella le clavó las uñas en el pecho, bajó por el abdomen firme y se arrodilló frente a él. Le desabrochó el cinturón, bajó el cierre y le sacó la verga, gruesa y venosa, ya mojada de líquido preseminal. La sostuvo con una mano y la miró con descaro, relamiéndose los labios.
—Me encanta tu verga, Samuel. Tan dura, tan grande. —Y sin más, se la metió en la boca.
Samuel soltó un quejido gutural y echó la cabeza hacia atrás. Valentina lo chupaba con devoción, moviendo la cabeza adelante y atrás, usando la lengua en la base, en el frenillo, en la punta rosada. Lo miraba desde abajo con los ojos vidriosos, la boca llena, la saliva escurriéndole por la comisura. Él le sujetó el cabello en un puño, no para obligarla, sino para guiarla, para sentir el vaivén de su garganta. Valentina relajó la mandíbula y lo dejó entrar más profundo, hasta que las lágrimas le brotaron y un hilo de baba le colgó del mentón.
—Así, mi amor, así… qué rico chupas, pareces una putica hambrienta —dijo Samuel, con la voz quebrada por el placer. A Valentina le encantaba que le hablara sucio, que la tratara como su perra en la cama. Esa confianza de años de pareja les permitía explorar sin vergüenza, y ella respondía con más entrega, con gemidos ahogados alrededor del miembro, con una mano masajeándole los testículos y la otra metida dentro de su propio pantalón, frotándose el clítoris con desespero.
Samuel la levantó del suelo con un gesto brusco pero cuidadoso, la cargó hasta el sofá y la sentó en el espaldar, de cara a él. Le quitó la camiseta de una sola pasada y le desabrochó el brasier deportivo. Los senos de Valentina saltaron libres, redondos, con los pezones oscuros y erectos. Samuel se inclinó y los devoró: chupó uno con avaricia, lo mordió suave, lo lamió en círculos mientras pellizcaba el otro con los dedos. Valentina arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros, y sintió cómo su sexo palpitaba, empapado, pidiendo atención.
—Quiero que me comas el culo y la cuca —jadeó ella, sin pudor—. Quiero que me abras con la lengua y me dejes temblando.
Samuel sonrió contra su pecho, le dio un último lametón al pezón y bajó por su abdomen, besándole cada centímetro de piel. Le quitó los leggings y las bragas de un tirón, dejándola completamente desnuda sobre el sofá. La contempló un instante: las piernas abiertas, la vulva hinchada y brillante, el vello púbico recortado en forma triangular, los labios mayores abiertos como una flor obscena. Se arrodilló entre sus muslos y la olió, aspirando su aroma íntimo con los ojos cerrados.
—Hueles a sexo, Valentina. A ganas de que te folle —dijo, y pasó la lengua plana desde el perineo hasta el clítoris.
Ella gritó. Un grito corto, agudo, que se transformó en un gemido largo cuando Samuel comenzó a lamerla con dedicación, con la punta de la lengua dibujando círculos en su clítoris, con los labios succionando los suyos, con dos dedos entrando en su vagina húmeda y caliente. Los movía en tijera, curvándolos hacia arriba para tocar ese punto rugoso que la hacía ver estrellas. Valentina se agarró de su cabello, movió las caderas contra su boca, se frotó en su cara sin vergüenza.
—Sí, sí, así, no pares, me voy a venir, Samuel, me voy a venir en tu boca…
Él no paró. Aumentó el ritmo, metió un tercer dedo, chupó el clítoris con fuerza y al mismo tiempo le lamió el ano con la punta de la lengua, un toque húmedo y prohibido que la hizo estallar. Valentina se corrió con un espasmo violento, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Samuel, gritando su nombre, temblando entera mientras un chorro de fluidos le mojaba la barbilla y el pecho a él. Fue un orgasmo profundo, de esos que dejan el cuerpo flojo y la mente en blanco.
Samuel se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y la miró con una mezcla de ternura y lujuria. Tenía la verga más dura que nunca, morada, pulsante, y Valentina, todavía jadeante, la tomó con la mano y se la pasó por la vulva mojada, untándola de sus jugos.
—Métemela ya —pidió ella, con la voz ronca—. Quiero sentirte adentro, llenándome toda.
Samuel la tomó de las caderas, la giró y la puso a cuatro patas sobre el sofá. Le dio una nalgada sonora que la hizo gemir, y luego otra, y otra, dejando las marcas de sus dedos en la piel morena. Valentina empujó las caderas hacia atrás, ofreciéndose, y Samuel se acomodó detrás de ella. Apoyó la punta de la verga en su entrada, jugueteó un instante, frotándola contra el clítoris, y luego la penetró de una sola embestida, hasta el fondo.
Ambos soltaron un gemido al unísono. Valentina sintió cómo se abría, cómo la verga de Samuel la llenaba por completo, rozando cada pared interna, tocando el cuello del útero. Él se quedó quieto un segundo, disfrutando del calor y la estrechez, y luego comenzó a moverse. Primero lento, sacándola casi por completo y volviéndola a meter con una cadencia hipnótica. Después más rápido, más fuerte, agarrado de sus caderas, embistiéndola con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la sala.
—Así, así, dame duro, no me tengas compasión —suplicó Valentina, con la cara aplastada contra el cojín, las manos aferradas al espaldar. Samuel le respondió con una embestida brutal, y luego otra, y otra, marcando un ritmo salvaje que hacía temblar el sofá. Los senos de ella se balanceaban con cada golpe, y él se inclinó sobre su espalda para agarrarlos, pellizcarle los pezones, morderle el cuello.
—¿Te gusta así, mi amor? ¿Te gusta que te folle como a una perra? —le susurró al oído, sin dejar de moverse.
—Me encanta, me encanta, soy tu perra, solo tuya… —respondió ella, llorando de placer, con la saliva escurriéndole por la barbilla.
Samuel se incorporó, le agarró el cabello con una mano y se lo enrolló en el puño, tirando suavemente hacia atrás para arquearle la espalda. Con la otra mano le dio otra nalgada, y luego metió un dedo en su ano, despacio, lubricado con los fluidos que escurrían de su vagina. Valentina gimió más fuerte, apretó los músculos internos alrededor de la verga de Samuel y sintió que un segundo orgasmo se acercaba, más profundo, más demoledor.
—Me voy a venir otra vez, Samuel, me voy a venir contigo, adentro, quiero que me llenes toda…
—Sí, mi amor, vente conmigo, vente en mi verga…
Samuel aumentó el ritmo, embistiéndola con una fuerza animal, y Valentina se corrió con un grito desgarrado, apretando la verga de él con espasmos internos tan fuertes que lo arrastraron al orgasmo. Samuel se vino adentro de ella con un rugido, descargando chorros calientes de semen en lo más profundo de su vagina, mientras sus caderas se sacudían sin control y sus dedos se clavaban en la carne de sus nalgas. Se quedaron así un instante, temblando, jadeando, pegados por el sudor y los fluidos.
Luego, con cuidado, Samuel se retiró y se dejó caer sobre el sofá, jalando a Valentina para que se acurrucara sobre su pecho. El semen de él se escurría lentamente de la vulva de ella, tibio y espeso, manchándole el muslo. Valentina sonrió, agotada y satisfecha, y le dio un beso suave en el cuello.
—¿Y si mañana pedimos ambos día libre? —murmuró ella, dibujando círculos con el dedo sobre el pecho de Samuel—. Porque esto no se va a quedar así. Apenas estoy calentando motores.
Samuel soltó una risa ronca, le acarició la espalda desnuda y le mordió el hombro con suavidad.
—Usted manda, mi amor. Pero primero, venga que le como esa cuca otra vez. Quiero verla correrse en mi boca hasta que no pueda caminar.
Y sin darle tiempo a responder, la tumbó de espaldas sobre el sofá, le abrió las piernas y hundió la cara entre sus muslos, dispuesto a cumplirle cada palabra.