Abre la puerta, no te vistas
EroticWriter
30 de octubre de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Nunca pensé que un simple mensaje de voz me iba a dejar así. Eran las nueve de la noche de un jueves, yo estaba en mi departamento, recién salida de la regadera, con el cabello goteando sobre la espalda y una toalla envuelta en el torso. Sonó el teléfono. Era él. Su voz, grave, pausada, con ese acento chilango que se le escapa cuando se enoja o cuando está caliente.
—Abre la puerta. Ya estoy abajo. No te vistas.
Sentí un vuelco en el estómago, un calor que me subió desde los muslos hasta las mejillas. Tenía treinta y dos años, un trabajo estable, un departamento propio y una vida perfectamente ordenada. Pero cuando él me hablaba así, todo eso se desvanecía. Me paré frente al espejo del pasillo, me quité la toalla y me miré: los pezones ya estaban duros, la piel erizada. No me sequé el cabello. Caminé descalza hasta la puerta, con el corazón golpeándome las costillas, y la abrí.
Ahí estaba. Treinta y cinco años, traje negro, corbata aflojada, el cabello ligeramente despeinado. Olía a cigarro y a loción cara. No dijo nada. Solo me recorrió con la mirada, lento, desde los pies desnudos hasta los ojos. Luego entró, cerró la puerta con llave y me empujó contra la pared del recibidor. Su mano se enredó en mi cabello mojado y tiró de mi cabeza hacia atrás, dejando mi cuello expuesto.
—Mira nada más cómo estás —murmuró contra mi oído, con la boca rozándome la piel—. Toda mojada y no solo del cabello, ¿verdad, putita?
—Sí —jadeé, sin poder evitarlo.
—¿Sí qué?
—Sí, estoy mojada, papi.
Me mordió el lóbulo, fuerte, y luego bajó la boca por mi cuello, chupando, dejando marcas. Sus manos me agarraron las nalgas, me levantó y me cargó hasta la sala. Me tiró sobre el sillón, boca arriba, y se quedó de pie frente a mí, viéndome. Yo abrí las piernas sin que me lo pidiera. Él sonrió, apenas, con esa sonrisa torcida que me hacía temblar.
—Qué obediente te pones cuando sabes lo que te espera —dijo, desabrochándose el cinturón con una calma que me desesperaba—. Sácate los pechos. Quiero verte las tetas mientras te tocas.
Me llevé las manos a los senos, los apreté, pellizqué mis pezones con los dedos, gimiendo bajito. Él se quitó el saco, lo aventó a un lado, y luego la camisa, botón por botón, sin prisa. Su torso era firme, con vello oscuro que bajaba desde el pecho hasta el ombligo. Se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Su verga ya estaba dura, marcando el bóxer negro, con una mancha húmeda en la tela. Se la sacó, gruesa, venosa, con la punta brillante de líquido preseminal. Se la agarró con una mano y se la pasó por la palma, despacio, mientras me miraba tocarme.
—Abre la boca —ordenó.
Me incorporé, me puse de rodillas en el piso, frente a él. Abrí la boca, saqué la lengua. Me agarró del cabello con una mano y con la otra me metió la verga, de golpe, hasta el fondo de la garganta. Sentí el sabor salado, el grosor llenándome, la arcada subiendo. Él no se detuvo. Empezó a bombear, duro, con las caderas, mientras yo lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos y la baba escurriéndome por la barbilla.
—Así, putita, trágatela toda —gruñó—. Esa boquita es mía. ¿Entiendes? Mía.
—Mmm —fue lo único que pude decir, con la boca llena.
Me folló la cara sin piedad, con un ritmo brutal, agarrándome la cabeza con las dos manos. Mis pechos se movían con cada embestida, mis muslos se apretaban, mi coño palpitaba, vacío, necesitado. Cuando por fin me soltó, jadeando, me dejó caer hacia atrás, con la cara empapada de saliva y lágrimas. Me limpió la boca con el pulgar y me lo metió entre los labios.
—Chúpalo —dijo—. Quiero que sepas a lo que sabes tú.
Lo chupé, mirándolo a los ojos, mientras su otra mano bajaba por mi vientre, entre mis piernas. Sus dedos se deslizaron por mi raja, encontraron mi clítoris y lo frotaron en círculos, rápido, sin aviso. Gemí contra su dedo, arqueé la espalda, abrí más las piernas. Estaba empapada, pegajosa, caliente. Metió dos dedos de golpe, hasta el fondo, y los sacó lentamente, una y otra vez, mientras yo me retorcía en el piso.
—Mira cómo chorreas, pinche perra —dijo, sacando los dedos y mostrándomelos, brillantes de mi flujo—. Lámelos.
Los lamí, con avidez, saboreándome en su piel. Él se agachó, me agarró de las caderas y me puso a gatas sobre la alfombra. Sentí su verga rozándome la entrada, apenas, provocándome. Quise empujarme hacia atrás, pero me dio una nalgada fuerte, que resonó en toda la sala.
—Quieta —ordenó—. Aquí mando yo. Tú solo vas a gemir y a pedirme más. ¿Entendido?
—Sí, papi —dije, con la voz rota.
Me agarró de las caderas y me la metió entera, de una sola embestida, hasta el fondo. Grité. No pude evitarlo. Era demasiado, era exactamente lo que necesitaba. Empezó a follarme duro, con las caderas golpeando mis nalgas, con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba el departamento. Mis pechos colgaban, se balanceaban con cada embestida. Mi cara estaba aplastada contra la alfombra, la boca abierta, los gemidos saliendo sin control.
—¿Te gusta, puta? —jadeó, sin detenerse—. Dime cuánto te gusta.
—Me encanta, papi, me encanta tu verga, más, más, no pares, por favor, no pares —sollocé, con las uñas clavadas en la alfombra.
Me agarró del cabello y tiró de mi cabeza hacia atrás, arqueando mi espalda, sin dejar de embestirme. Su otra mano rodeó mi cuello, apretando apenas, lo suficiente para que sintiera el control, la posesión. Mi coño se apretaba alrededor de su verga, mis muslos temblaban, el orgasmo se acercaba como una ola gigante.
—Vas a venirte cuando yo te diga —gruñó contra mi oído—. No antes. Aguanta, perra.
—No puedo, papi, no puedo, me voy a venir, me voy a venir —gemí, desesperada.
Me soltó el cuello y me dio otra nalgada, más fuerte, que me hizo gritar. Luego metió la mano entre mis piernas y frotó mi clítoris con dos dedos, rápido, mientras su verga me golpeaba por dentro. Era demasiado. Mi cuerpo se tensó, mis piernas se sacudieron, y el orgasmo me explotó, violento, cegador. Grité su nombre, o algo parecido, mientras mi coño se contraía alrededor de su verga, empapándolo todo, chorreando por mis muslos.
—Así, putita, así —jadeó él, sin detenerse, follándome a través del orgasmo, alargándolo, haciéndome temblar—. Mira cómo te vienes, pinche zorra, toda mojada, toda mía.
Me dejó caer al piso, boca abajo, jadeando, con las piernas abiertas y el coño palpitando. Se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas y escupió sobre mi ano. Sentí su pulgar presionando, entrando apenas, mientras su otra mano me agarraba la cadera.
—Este culito también es mío —dijo, con la voz ronca—. Pero hoy te voy a llenar la panocha. ¿Quieres mi leche, putita?
—Sí, papi, échamela adentro, lléname toda, por favor —supliqué, con la cara contra la alfombra, el culo levantado, ofreciéndome.
Se puso de pie, me agarró de las caderas y me la metió de nuevo, duro, sin piedad. El sonido de su piel contra la mía, de mi flujo mezclado con su saliva, era asqueroso y perfecto. Me folló con furia, con desesperación, con las manos clavadas en mis nalgas, dejando marcas. Yo gemía sin parar, con la boca abierta, babeando, pidiendo más, más, más.
—Voy a llenarte, perra —gruñó—. Voy a dejarte escurriendo mi leche toda la noche. ¿Quieres eso?
—Sí, sí, sí, papi, échamela, échamela adentro, no te salgas, por favor —lloré, sintiendo otro orgasmo acercarse, más profundo, más oscuro.
Él embistió una, dos, tres veces más, y luego se enterró hasta el fondo, con un gemido ronco, animal. Sentí su verga latir dentro de mí, caliente, y luego el chorro de semen llenándome, espeso, abundante. Eso me empujó al borde. Me vine de nuevo, con un grito ahogado, apretándolo, ordeñándolo, mientras él seguía bombeando despacio, vaciándose hasta la última gota.
Se quedó un momento así, dentro de mí, respirando fuerte, con las manos en mis caderas. Luego se retiró, despacio, y vi con la mano cómo su semen escurría de mi coño, mezclado con mi flujo, bajando por mis muslos. Me dio una nalgada suave, cariñosa, y se dejó caer a mi lado en la alfombra.
—Ven aquí —dijo, jalándome hacia su pecho.
Me acurruqué contra él, temblando, con el cuerpo entero vibrando. Me pasó un brazo por los hombros y me besó la frente, suave, distinto. Su verga seguía húmeda, pegada a mi cadera. Mi coño seguía escurriendo, pegajoso, caliente.
—Eres una pinche maravilla —murmuró, con la voz ronca, cansada—. Pero no te muevas. Todavía no termino contigo.
Y sentí, contra mi muslo, cómo su verga empezaba a endurecerse otra vez.