CategoríasTrans
Extremo

De rodillas un martes

N

NarradorSensual

27 de octubre de 2026

2 lecturas0 likes

Escuchar Relato

M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un martes a la noche me iba a encontrar así: de rodillas en el piso de parquet del living de mi depto, con la bombacha de encaje hecha un bollo en el pasillo y la pollera de jean arremangada hasta la cintura. Tengo veintiocho años, vivo sola en Caballito, laburo en una oficina de mierda de nueve a seis, y sin embargo ahí estaba, con la boca abierta y la lengua afuera, esperando que Abril me la metiera hasta la garganta.

Abril tiene treinta y un años, un taller de tatuajes en Palermo y una pija de veinte centímetros que me vuelve loca. No es un pibe, es una mina trans, alta, flaca, con las tetas operadas hace como cinco años y una cadera que se mueve como si bailara hasta cuando está quieta. La conocí en un after hace dos meses y desde la primera vez que me agarró de la nuca para besarme contra la pared del baño supe que me iba a hacer mierda. Y acá estoy, hecha mierda, pidiendo más.

—Abrime bien la boca, nena —me dice, y la voz le sale grave pero dulce, como un ronquido de gata—. Que te la quiero meter hasta que llores.

Yo gimo, con la lengua estirada, y ella se agarra la base de la pija con una mano, los nudillos llenos de tinta, y me la pasa por los labios. Huele a jabón y a piel caliente. La punta es gruesa, rosada, brillante de un primer hilo de baba que se le escapa. La chupo despacio, como si fuera un caramelo, y ella me agarra el pelo con fuerza, me lo enrolla en el puño y me empuja. La pija me entra entera, de una, y siento el glande golpearme la campanilla. Arcada. Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no me quejo. Al contrario, la miro desde abajo, con la boca llena, y me corro un poco la pollera para tocarme la concha por encima de la bombacha. Estoy empapada, la tela se me pega a los labios hinchados.

—Así me gusta —dice Abril, y me saca la pija de la boca con un chasquido húmedo—. Escupime en la punta.

Lo hago. Un escupitajo espeso le cae en el glande y ella se lo esparce con la palma, pajeándose despacio, mirándome. Tiene la chota dura como una piedra, las venas marcadas, los huevos afeitados y pesados colgándole entre las piernas abiertas. Se sienta en el sillón, se recuesta contra el respaldo y se abre de gambas. La pollera de cuero que llevaba puesta está tirada en el piso, junto a mi corpiño. Sus tetas, redondas y firmes, con los pezones perforados, brillan por el sudor. Me hace un gesto con el dedo.

—Vení, sentate arriba. Quiero verte la cara cuando te la meta.

Me paro, me saco la pollera y la bombacha de un tirón. Estoy desnuda de la cintura para abajo, con la remera arremangada y las tetas al aire. Me acerco, le apoyo las manos en los hombros y me pongo de espaldas a ella, de a caballito, pero me agarra de la cadera y me da vuelta.

—No, de frente. Quiero que me mires.

Me siento sobre sus muslos, con las rodillas a los costados. Su pija me queda parada entre las piernas, rozándome el clítoris. Me muevo un poco, frotándome contra el tronco caliente, y gimo. Abril me agarra las tetas con las dos manos, me pellizca los pezones, me los retuerce. Después baja una mano y me separa los labios con los dedos. Estoy tan mojada que le chorrea hasta la muñeca.

—Qué concha más rica, la puta madre —dice, y me mete dos dedos de golpe—. Estás re caliente, ¿no? Contame.

—Sí —jadeo—. Me muero por tu pija, Abril. Metémela ya, por favor.

Ella sonríe, con esa sonrisa torcida que me hace temblar. Se agarra la base, se la acomoda en mi entrada y me baja despacio. La punta me abre, me estira, me llena. Gimo fuerte, con la boca abierta, y ella me agarra de las caderas y me empuja hacia abajo. Entra entera, hasta el fondo, y siento los huevos contra el culo. Me quedo un segundo así, temblando, con la pija adentro, sintiendo cómo me late en la concha.

—Dale, movete —me ordena, y me da una palmada en el culo—. Hacelo vos, nena. Cogeme.

Empiezo a cabalgarla, despacio al principio, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro. Su pija me roza el punto justo, ese lugar adentro que me hace ver estrellas. Me agarro de sus hombros, le clavo las uñas, y acelero. El sonido de mi concha chupándole la pija es obsceno, un chasquido húmedo que llena el living. Abril me mira, con los ojos entrecerrados, y me agarra el culo con las dos manos, separándome las nalgas.

—Así, putita, así —me dice—. Qué bien cogés. Parecés hecha para mi pija.

—Sí, soy tuya —gimo—. Tuya, Abril. Cogeme más fuerte.

Ella me agarra de la cintura y empieza a empujar desde abajo, metiéndomela hasta el fondo con cada embestida. Mis tetas saltan, mi pelo se me pega a la cara, y yo gimo como una perra en celo. Me inclino hacia adelante y le chupo el cuello, le muerdo la oreja, le digo cosas sucias al oído. Ella me responde con gemidos graves, con la respiración entrecortada, y me clava los dedos en la carne.

—Dale, acabá —me dice—. Quiero sentir cómo te venís en mi pija.

—No, todavía no —jadeo—. Quiero que me cojas en cuatro. Quiero que me rompas el culo.

Abril se ríe, una risa ronca y caliente, y me saca la pija de la concha de un tirón. Me da vuelta, me pone en cuatro sobre el sillón, con el culo en alto y la cara contra el almohadón. Me separa las nalgas con las manos y me escupe en el agujero. Siento el hilo de saliva correrme hasta la concha. Después me mete un dedo, despacio, y gimo. Estoy tan excitada que me duele, pero me encanta.

—¿Te gusta que te toquen el culo? —me pregunta, metiéndome otro dedo.

—Sí, me encanta —digo, con la voz rota—. Metémela, por favor. Te lo pido.

Ella se acomoda detrás mío, se agarra la pija y me la apoya en el agujero. Empuja despacio, y la punta entra. Gimo, me muerdo el labio, y ella me agarra de la cadera y me la mete hasta la mitad. Es un dolor rico, un ardor que me sube por la espalda y me hace temblar. Abril me da una palmada en el culo y me la mete entera.

—¡Ay, la puta madre! —grito, y me corro un poco hacia adelante, pero ella me agarra y me trae de vuelta.

—Quedate quieta —me dice, y empieza a moverse, despacio, con embestidas largas y profundas—. Así, nena. Aflojá el culo. Dejame entrar.

Respiro hondo, trato de relajarme, y al rato ya no me duele. Me empieza a gustar, me empieza a volver loca. Abril me coge el culo con ganas, con la pija entrando y saliendo, y yo me toco la concha con los dedos, frotándome el clítoris. Estoy tan mojada que me chorrea por los muslos. Gimo, le pido más, le pido que me dé más fuerte, y ella me agarra del pelo y me tira la cabeza hacia atrás.

—¿Te gusta que te coja el culo, putita? —me gruñe al oído—. ¿Te gusta mi pija en tu culo?

—Sí, me encanta —gimo—. No pares, por favor. Me voy a acabar.

—Acabá —me dice, y me mete la mano entre las piernas, me agarra la concha y me frota el clítoris con los dedos—. Acabá con mi pija en el culo.

Y acabo. Es un orgasmo que me arranca desde los pies, que me sube por las piernas, que me explota en la concha y en el culo. Grito, con la boca abierta, y me corro entera, apretándole la pija con el culo. Abril me sigue cogiendo, más despacio, mientras yo tiemblo y me deshago. Siento que me mojo toda, que le mojo la mano, que le mojo los huevos.

—Dale, acabá vos —le digo, con la voz rota—. Llename el culo de leche.

Ella me agarra de las caderas y me da tres embestidas más, fuertes, profundas, y después se queda quieta, con la pija enterrada hasta el fondo, y gime. Un gemido largo, grave, animal. Siento cómo se le hincha la pija adentro, cómo le late, y después el chorro caliente de leche que me llena el culo. Me corro un poco, y ella me sigue, empujando, vaciándose entera. Me quedo quieta, con el culo lleno, sintiendo cómo me escurre por los muslos.

Se sale despacio, con un chasquido húmedo, y me da una palmada en el culo. Me doy vuelta, me siento en el sillón, con las piernas abiertas y la concha roja e hinchada. Abril se arrodilla frente a mí, me agarra la cara con las dos manos y me besa. Un beso largo, con lengua, con sabor a sudor y a pija. Después me mira, con los ojos brillantes, y me sonríe.

—Sos una loca —me dice—. Me encantás.

—Vos me volvés loca —le digo, y le paso la mano por el pecho, por las tetas, por la pija todavía dura y mojada—. Otra vez.

Ella se ríe, me agarra de la nuca y me empuja hacia abajo. Me arrodillo en el piso, le agarro la pija con las dos manos y me la meto en la boca. Sabe a mi culo, a mi concha, a su leche. La chupo despacio, mirándola, y ella me agarra el pelo y me empuja. Gimo con la boca llena, y sé que la noche recién empieza.

Dar propina

Comentarios (0)