CategoríasBisexual
Extremo

Dos vergas para una zorra insaciable

E

EroticWriter

8 de noviembre de 2026

5 lecturas0 likes

Escuchar Relato

M
Marcela

Sensual y envolvente

Mariana tenía veintiocho años, un departamento en la Roma Norte que olía a café de especialidad y un apetito que su novio, Alan, de treinta y uno, conocía de sobra. Aquella noche, después de tres cervezas artesanales y una conversación que se fue calentando entre risas y roces disimulados, Alan le propuso algo que llevaba semanas rondándole la cabeza: invitar a su amigo Iván, un fotógrafo de veintinueve con brazos tatuados y una sonrisa que siempre se le quedaba viendo a Mariana de más. Ella fingió sorpresa, pero la humedad entre sus muslos la delató. “Si tú quieres, yo quiero”, dijo, mordiéndose el labio. Alan le mandó un mensaje a Iván: “Ven a casa, hay plan”.

Veinte minutos después, Iván tocó la puerta. Llevaba una camiseta negra pegada al pecho y un pantalón de mezclilla que marcaba una erección incipiente. Alan lo recibió con un abrazo de compas, de esos que duran más de la cuenta, y Mariana se acercó para saludarlo de beso, pero Iván le tomó la cara con ambas manos y le plantó un beso en la boca, lento, húmedo, con lengua. Ella gimió dentro de su boca y sintió cómo Alan, detrás de ella, le apretaba las nalgas con fuerza. “Ya era hora, cabrón”, murmuró Alan contra el cuello de Iván, y entonces los tres se enredaron en un beso a tres bocas, torpe y hambriento, con lenguas que se buscaban y saliva que se compartía sin asco.

Mariana quedó en medio. Alan le desabrochó la blusa mientras Iván le mordía el cuello y le metía una mano por dentro del pantalón, directo a su coño mojado. “Estás empapada, putita”, le susurró Iván al oído, y ella arqueó la espalda, empujando la cadera contra sus dedos. Alan le bajó el pantalón y las bragas de un tirón, dejándola desnuda de la cintura para abajo, y se arrodilló para lamerle el culo mientras Iván le frotaba el clítoris con dos dedos. Mariana jadeaba, con las piernas temblando, aferrada al cuello de Iván. “No me dejen esperar, chingados”, suplicó, y su voz sonó tan necesitada que los dos hombres soltaron una risa ronca.

La llevaron a la cama. Iván se quitó la camiseta y Mariana pudo ver por fin el tatuaje de una serpiente que le cruzaba el pecho y bajaba hasta el abdomen. Alan se desnudó también, y Mariana se relamió al ver las dos vergas erectas, una más gruesa y morena, la de Alan, y la de Iván más larga y pálida, con una vena azul que latía. “Mira nomás cómo se te antoja”, dijo Alan, masturbándose despacio. Mariana se puso en cuatro en la cama, moviendo el culo, y les dijo: “Quiero las dos en mi boca, una por una, y luego me cogen como perra”.

Iván se acercó primero. Le agarró el cabello en un puño y le metió la verga en la boca sin avisar. Mariana abrió la mandíbula y lo recibió hasta la garganta, con los ojos llorosos y la saliva escurriéndole por la barbilla. “Así, trágatela toda, pinche zorra”, gruñó Iván, empujando la cadera. Alan se colocó detrás de ella y le metió dos dedos en el coño, luego tres, abriéndola. “Te voy a llenar el culo mientras le chupas la verga a mi amigo”, le avisó, y escupió sobre su ano. Mariana gimió con la boca llena, asintiendo, y empujó las caderas hacia atrás. Alan le metió la punta del pulgar, luego la reemplazó por la cabeza de su verga, lubricada con saliva y con el flujo que le escurría de la vulva. Entró despacio, y Mariana soltó un gemido ahogado, vibrando alrededor de la verga de Iván.

“Qué apretado tienes el culo, mamacita”, jadeó Alan, clavándose hasta el fondo. Mariana sentía cada centímetro, el ardor inicial convertido en un placer sucio que le subía por la espalda. Iván le follaba la boca con ritmo constante, agarrándola del pelo, y Alan le daba embestidas profundas por el ano, haciendo que sus nalgas chocaran contra su pelvis. La cama crujía. Los tres sudaban. Mariana se tocaba el clítoris con una mano, desesperada, mientras con la otra apretaba el muslo de Iván. “Me voy a correr, me voy a correr”, balbuceó cuando Iván se salió de su boca para dejarla respirar. Alan le dio una nalgada fuerte y le dijo: “Córrete, perra, queremos oírte”.

Mariana gritó. Un orgasmo le atravesó el cuerpo como un rayo, haciéndola temblar y apretar el ano alrededor de la verga de Alan, que maldijo entre dientes. Iván se arrodilló frente a ella y se masturbó viéndola convulsionar, con la punta de la verga rozándole los labios. “Abre la boca”, le ordenó, y Mariana obedeció justo cuando Alan le daba una última embestida profunda. Iván se corrió primero: un chorro espeso y caliente que le cayó en la lengua, en los labios y en la barbilla. Mariana tragó lo que pudo y dejó que el resto le escurriera por el cuello. Alan se salió de su culo y se quitó el condón, masturbándose con furia hasta venirse sobre sus nalgas, dejando hilos blancos que resbalaban por la raja. “Qué rico, cabrones”, suspiró Mariana, lamiéndose los labios.

Pero aquello apenas comenzaba. Iván la tumbó boca arriba y le abrió las piernas. “Ahora te toca a ti, Alan”, dijo, y Alan se colocó entre las piernas de su novia, metiéndole la verga en el coño de una sola estocada. Mariana gimió con fuerza, clavándole las uñas en los hombros. Iván se puso a un lado, besándole los pechos, chupándole los pezones con hambre, mientras Alan la follaba con un ritmo brutal, sosteniéndole las piernas en el aire. “Te gusta que te coja tu novio mientras otro te chupa las tetas, ¿verdad, zorrita?”, le preguntó Alan, y Mariana asintió, jadeando: “Sí, sí, me encanta, soy su putita, de los dos”.

Iván se incorporó y se acercó a Alan. Mariana vio cómo se besaban, con lengua, mientras Alan seguía embistiéndola. La imagen le provocó un nuevo espasmo. “Quiero verlos”, pidió, y los dos hombres se separaron, sonriendo. Alan se salió de ella y se puso de rodillas en la cama. Iván se colocó detrás de él, escupió en su mano y lubricó su propia verga, todavía semidura. “¿Estás listo, cabrón?”, le preguntó, y Alan asintió, apretando las sábanas. Iván le metió la verga en el culo, despacio, y Alan soltó un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás. Mariana se sentó frente a él y le metió la verga en la boca, follándosela con suavidad mientras Iván lo penetraba. “Mírate, mi novio, tragándomela mientras otro te coge el culo”, le dijo Mariana, con la voz ronca. Alan gimió con la boca llena, y Mariana sintió su propia excitación escurrir por los muslos.

Iván aumentó el ritmo, agarrándolo de las caderas, y Alan empezó a mover la cabeza, chupando a Mariana con desesperación. La habitación olía a sexo, a sudor y a saliva. Mariana se masturbaba con una mano mientras veía a su novio ser follado, y aquello le parecía lo más caliente que había visto en su vida. “Me voy a correr en tu boca”, le avisó, y Alan asintió, succionando con más fuerza. Mariana se corrió con un grito, apretando los muslos alrededor de su cabeza, y Alan tragó cada gota, gimiendo. Iván, al verlo, se corrió dentro de él con un gruñido profundo, llenándole el culo de semen caliente. Alan se derrumbó sobre la cama, jadeando, y Mariana se acostó a su lado, besándole la espalda sudada.

Iván se recostó al otro lado, pasándole un brazo por encima a ambos. “Pinche noche, cabrones”, dijo, con la voz ronca. Mariana se rió, todavía temblando. Alan se giró y la besó, y luego besó a Iván, y los tres se quedaron enredados, con los cuerpos pegados y el semen enfriándose sobre la piel. Mariana cerró los ojos, sintiendo las dos respiraciones ajenas contra su cuerpo, y pensó que aquello, definitivamente, se repetiría.

Dar propina

Comentarios (0)