El balcón donde ardimos
NochesCalientes
31 de octubre de 2026
Escuchar Relato
Sensual y envolvente
Mario apuró el último trago de su gin-tonic y dejó el vaso sobre la encimera de la cocina con un golpe seco. Eran más de las dos de la mañana y la fiesta en el piso de su amigo Dani se había reducido a un puñado de conocidos desparramados por el salón. Él solo quería fumar un cigarro en el balcón y pedir un taxi. Al abrir la puerta corredera, el aire frío de noviembre le golpeó la cara y entonces la vio.
Estaba apoyada en la barandilla, con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos y la mirada perdida en las luces de la ciudad. Llevaba un vestido negro de punto que se ceñía a cada curva como si lo hubieran cosido sobre su piel. El escote en pico dejaba ver el nacimiento de unos pechos firmes, y la tela marcaba sin pudor la línea de sus caderas anchas. Mario se quedó un segundo observando el perfil de su rostro: pómulos altos, labios carnosos pintados de un rojo oscuro, el pelo moreno recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto un cuello largo y elegante.
—¿Tienes fuego? —preguntó ella sin girarse, como si hubiera notado su presencia desde el primer momento.
Mario rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un mechero. Se acercó lo justo para encender su propio cigarro y luego se lo tendió. Ella se volvió y lo miró con unos ojos verdes que parecían iluminados por dentro. Tenía veintiocho años, trabajaba como diseñadora gráfica en un estudio del centro y vivía sola en un apartamento de Malasaña. Se llamaba Vera. Mario lo supo todo en los siguientes diez minutos, mientras el humo se enredaba entre los dos y la conversación derivaba hacia terrenos cada vez más íntimos.
—¿Y tú qué haces aquí tan tarde? —preguntó él, acercándose un poco más, lo suficiente para oler su perfume: algo dulce, con un fondo amaderado que le provocó un calor repentino en el estómago.
—Esperaba que alguien me convenciera de no irme sola a casa —respondió ella, y sonrió de una forma que no dejaba lugar a dudas.
Mario no necesitó más. Apagó el cigarro contra la barandilla, le cogió la mano y tiró de ella hacia el interior del piso. Cruzaron el salón esquivando a los últimos rezagados y se metieron en el primer dormitorio que encontraron con la puerta entreabierta. Cerró con llave. Antes de que pudiera encender la luz, Vera ya lo tenía pegado a la pared, con las manos en su nuca y la boca buscando la suya con una urgencia que lo dejó sin aliento.
El beso fue húmedo, profundo, lleno de lengua y de dientes. Mario le agarró el culo con las dos manos y apretó, notando la carne firme bajo la tela del vestido. Ella gimió dentro de su boca y se restregó contra su muslo. Estaba caliente, joder, se notaba incluso a través de la ropa. Mario deslizó las manos por sus costados, subió hasta los pechos y los apretó por encima del vestido. Vera echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco.
—Quiero que me folles —dijo sin rodeos, con la voz pastosa de deseo—. Llevo toda la noche pensando en que alguien me doble sobre una cama y me la meta hasta el fondo.
—Pues quítate el vestido —ordenó él, con la polla ya dura como una piedra presionando contra la bragueta del pantalón.
Vera obedeció. Se bajó los tirantes del vestido y dejó que la tela resbalara por su cuerpo hasta quedar en un charco a sus pies. Llevaba un conjunto de lencería negro: sujetador de encaje con aros que realzaba sus pechos y unas braguitas diminutas que apenas cubrían su sexo. Pero lo que Mario vio entonces le provocó un vuelco en el pecho y una oleada de excitación aún más salvaje. Bajo el encaje de las braguitas se marcaba un bulto inconfundible, una polla gruesa y erecta que empujaba la tela hacia un lado.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Vera, con una sonrisa de complicidad y un brillo desafiante en los ojos.
—Me encanta —respondió Mario, y se acercó para besarla de nuevo mientras sus manos recorrían su cuerpo sin prisa. Le desabrochó el sujetador y lo tiró al suelo. Los pechos de Vera quedaron al descubierto: redondos, suaves, con unos pezones oscuros y duros que Mario se llevó a la boca de inmediato. Chupó uno con avidez, mordisqueó el otro, mientras ella jadeaba y le agarraba el pelo con fuerza.
—Sí, así… cómeme las tetas… —gimió ella, arqueando la espalda.
Mario bajó una mano hasta su entrepierna y apretó el bulto de su polla por encima de las braguitas. Vera soltó un gemido agudo y empujó las caderas contra su palma. Él la masturbó por encima de la tela, notando la forma gruesa y caliente, la humedad que empezaba a empapar el encaje. Luego, sin dejar de besarle el cuello, metió los dedos por dentro de las braguitas y sacó su polla al aire. Era preciosa: larga, gruesa, con la punta rosada y brillante de líquido preseminal. Mario la agarró con firmeza y empezó a masturbarla despacio, de arriba abajo, retorciendo la muñeca en cada subida.
—Joder, qué buena está… —murmuró él, con la voz ronca—. ¿Te gusta que te la toque?
—Me encanta… no pares… —suplicó Vera, con los ojos entrecerrados y la boca abierta.
Mario se arrodilló frente a ella. Le bajó las braguitas hasta los tobillos y ella las apartó de una patada. Luego le agarró las caderas y se acercó a su polla. La lamió de abajo arriba, desde los huevos hasta la punta, saboreando el sabor salado de su piel. Vera gimió y se apoyó en la pared, con las piernas temblorosas. Mario se metió la polla en la boca y empezó a chuparla con ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, usando la lengua para presionar la parte inferior del glande. Vera le agarraba el pelo y empujaba las caderas, follándole la boca con una desesperación que lo excitaba aún más.
—Sí, cómeme la polla, joder… me encanta tu boca… —jadeaba ella, con la voz rota—. Vas a hacer que me corra…
Mario notó cómo su polla se hinchaba dentro de su boca, cómo los huevos se tensaban. Pero no quería que se corriera todavía. La soltó con un chasquido húmedo y se levantó. Vera lo miró con los ojos brillantes, los labios hinchados, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Mario se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó libre, dura y venosa, con la punta goteando. Vera la miró con hambre y se lamió los labios.
—Ponte a cuatro en la cama —dijo Mario, con la voz grave y autoritaria.
Vera obedeció sin rechistar. Se subió a la cama y se colocó a cuatro patas, con el culo en alto y la espalda arqueada. Mario se acercó por detrás y le separó las nalgas con las manos. Su ano era un círculo rosado y apretado que brillaba con un poco de lubricación natural. Mario escupió sobre él y lo frotó con el pulgar, despacio, notando cómo Vera se estremecía y empujaba hacia atrás.
—¿Quieres que te folle el culo? —preguntó él, con la voz cargada de deseo.
—Sí, por favor… métemela toda… —gimió ella, con la cara hundida en la almohada.
Mario se puso un condón y se colocó detrás de ella. Apoyó la punta de su polla contra su ano y empujó con suavidad. La cabeza entró con un gemido ahogado de Vera, que apretó las sábanas con los puños. Mario se quedó quieto un segundo, dejando que se acostumbrara, y luego siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta tenerla entera dentro. El calor y la presión eran brutales. Vera soltó un gemido largo y tembloroso.
—Joder, qué apretado… —gruñó Mario, agarrándola por las caderas—. ¿Estás bien?
—Sí… muévete, por favor… fóllame… —suplicó ella, moviendo el culo contra él.
Mario empezó a embestirla con un ritmo lento pero profundo, sacando casi toda la polla para volver a enterrarla hasta los huevos. Vera gemía sin parar, con la boca abierta y los ojos en blanco. Su propia polla colgaba entre sus piernas, dura y goteando, balanceándose con cada embestida. Mario la agarró con una mano y empezó a masturbarla al ritmo de sus embestidas. Vera gritó de placer, empujando el culo hacia atrás para recibirlo más hondo.
—Sí, sí, así… no pares… me estás follando el culo tan bien… —jadeaba ella, con la voz entrecortada—. Me encanta tu polla dentro de mí…
Mario aumentó el ritmo, embistiéndola con fuerza, haciendo que el sonido de sus cuerpos chocando llenara la habitación. El sudor resbalaba por su espalda. Vera se incorporó un poco, apoyándose en las manos, y echó la cabeza hacia atrás. Mario le mordió el cuello, le apretó los pechos con una mano mientras con la otra seguía masturbándola. Vera estaba al borde, lo notaba en la forma en que su cuerpo se tensaba, en los gemidos cada vez más agudos.
—Me voy a correr… me voy a correr… —anunció ella, con la voz rota.
—Córrete, joder… córrete con mi polla en el culo… —gruñó Mario, embistiéndola con más fuerza.
Vera gritó y su cuerpo se convulsionó. Su polla escupió chorros de semen caliente sobre las sábanas, sobre la mano de Mario, mientras su ano se contraía alrededor de su polla con espasmos violentos. Mario siguió follándola durante el orgasmo, alargando su placer, hasta que Vera se desplomó sobre la cama, jadeando y temblando. Entonces él se salió de su culo, se quitó el condón y se arrodilló junto a su cara.
—Abre la boca —ordenó, con la voz ronca.
Vera obedeció, con los ojos brillantes y la cara manchada de sudor. Mario se masturbó con rapidez, con la polla a centímetros de sus labios. Tardó apenas unos segundos en correrse, lanzando chorros espesos de semen sobre su lengua, sus labios y su barbilla. Vera tragó lo que pudo y se lamió los labios con una sonrisa satisfecha.
—Joder… —murmuró Mario, dejándose caer a su lado en la cama.
Vera se acurrucó contra él, con la cabeza apoyada en su pecho. Los dos respiraban con dificultad, cubiertos de sudor y de semen. Mario le acarició el pelo y ella le mordisqueó el pecho con suavidad.
—¿Te apetece repetir en mi piso? —preguntó Vera, con la voz ronca y una sonrisa perezosa—. Tengo una cama más grande y un vibrador que te va a encantar.
Mario se rio y le dio un beso en la frente.
—Dame diez minutos.