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Extremo

El cerrajero que me empotró sin avisar

P

PlumaNocturna

5 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que un simple cambio de cerradura acabaría conmigo empotrado contra la pared de mi propio salón, con los pantalones por los tobillos y la polla de un cerrajero de cuarenta y dos años enterrándose en mi culo hasta los cojones. Pero eso fue exactamente lo que pasó un martes de mierda, a las ocho de la tarde, con la lluvia golpeando los cristales y el olor a metal y sudor llenándome la garganta.

Yo tengo treinta y un años, vivo solo en un piso pequeño cerca de Lavapiés, trabajo en una editorial y aquella tarde había perdido las llaves. Llamé a un servicio de urgencias. A los veinte minutos apareció él: se llamaba Iván, medía uno ochenta y cinco, tenía las manos enormes, los antebrazos tatuados y una mandíbula cuadrada que parecía tallada a hachazos. Llevaba un mono de trabajo azul marino, abierto hasta el pecho, y debajo una camiseta negra empapada de lluvia que se le pegaba a los pectorales. Olía a colonia barata, a tabaco y a ese sudor denso de quien ha estado todo el día cargando herramientas. Le dejé pasar y, mientras forzaba la cerradura, no pude evitar mirarle el culo, prieto y redondo, marcándose bajo la tela del mono cada vez que se agachaba.

—Ya está —dijo, girando el destornillador con un chasquido seco—. Te he puesto un bombín nuevo. Son ochenta euros.

Le pagué en efectivo. Nuestros dedos se rozaron al coger el billete y noté un calambrazo en la base del estómago. Él debió notarlo también, porque no soltó el dinero de inmediato. Me miró a los ojos, con una media sonrisa sucia, y luego bajó la vista a mi bragueta. Yo ya estaba medio empalmado, con el pantalón de pinza marcando un bulto evidente. No dije nada. Él tampoco. Simplemente dejó el dinero sobre la mesa, se acercó un paso y me agarró del cuello con una mano callosa, apretando lo justo para que se me acelerara el pulso.

—¿Quieres que te folle? —preguntó, con una voz ronca que me bajó directa a los huevos.

—Sí —respondí, casi sin aire.

No hizo falta más. Me empujó contra la pared del pasillo, me arrancó la camisa y me mordió el cuello, chupando con fuerza mientras sus manos me desabrochaban el cinturón. Le olí el pelo mojado, a champú de supermercado y a lluvia, y gemí cuando me metió la lengua en la boca. Besaba como follaba: bruto, ansioso, sin pedir permiso. Me mordió el labio inferior y me escupió en la boca. Yo tragué saliva y le agarré el paquete por encima del mono. La tenía enorme, dura como una barra de hierro, y noté el calor que desprendía incluso a través de la tela.

—Vaya pollón tienes, joder —dije, apretándole los huevos con la palma.

—Y te va a caber entera, ya verás —gruñó, bajándome los pantalones y los calzoncillos de un tirón.

Me quedé desnudo de cintura para abajo, con la polla al aire, goteando contra mi propio muslo. Él se arrodilló sin dejar de mirarme y me la metió en la boca de golpe, hasta el fondo. Noté su garganta cerrarse alrededor del glande y solté un gemido tan fuerte que retumbó en el pasillo. Chupaba con una habilidad bestial, moviendo la cabeza adelante y atrás, babeando sin control, mientras con una mano me masajeaba los huevos y con la otra me separaba las nalgas. Me metió un dedo seco en el culo y arqueé la espalda, empujando contra su mano.

—Qué culo más caliente tienes, hostia —dijo, sacando la boca un segundo para escupirme en la raja—. ¿Hace mucho que no te follan?

—Demasiado —jadeé—. Métemelo ya, no aguanto más.

Se levantó, se bajó la cremallera del mono y se sacó la polla. Era gruesa, venosa, con un glande morado que brillaba de pre-semen. Se la escupió, se la untó con la mano y me giró de cara a la pared. Me abrió las nalgas con los pulgares y escupió directamente en mi agujero. Luego apoyó el glande y empujó. El primer centímetro entró con una resistencia que me arrancó un quejido. Él no se detuvo. Agarró mis caderas con fuerza y siguió empujando, lento pero implacable, hasta que la tuvo entera dentro. Sentí sus huevos chocar contra los míos y un calor brutal subiéndome por la espalda.

—Joder, cómo aprietas —gruñó, empezando a moverse con embestidas cortas y profundas—. Parece que me la quieras ordeñar con el culo.

—Fóllame más fuerte —le pedí, con la mejilla aplastada contra la pared—. Rómpeme, cabrón.

Y me folló. Dios, cómo me folló. Cada embestida me levantaba sobre las puntas de los pies, me sacaba el aire de los pulmones y me hacía soltar un gemido gutural. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenaba el piso, mezclado con el chirrido de la lluvia y nuestros jadeos. Me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás, obligándome a arquear la espalda. Con la otra mano me rodeó el torso y me pellizcó un pezón, retorciéndolo hasta que grité.

—¿Te gusta, guarro? —me susurró al oído, sin dejar de embestir—. ¿Te gusta que te folle un desconocido contra la pared de tu casa?

—Me encanta —gemí—. Me encanta tu polla, joder, no pares.

Me sacó de golpe y me empujó hacia el sofá. Caí de rodillas sobre los cojines, con el culo en alto, y él se colocó detrás, de pie. Me la metió de nuevo de una sola estocada y yo grité de placer, agarrándome al respaldo. Desde esa posición me llegaba aún más adentro, golpeándome la próstata con cada embestida. Empecé a correrme sin tocarme, soltando chorros de semen caliente sobre el tapizado, mientras mi culo se contraía alrededor de su polla como un puño.

—¿Ya te corres, zorra? —se rió, sin detenerse—. Pues aguanta, que yo todavía no he terminado.

Me folló a través del orgasmo, con mi polla aún goteando y mis piernas temblando. Luego se tumbó encima de mí, sin sacarla, y me mordió la nuca. Su peso me aplastaba contra el sofá, su pecho sudoroso resbalaba sobre mi espalda y su aliento caliente me quemaba la oreja. Movía las caderas en círculos lentos, frotando su pubis contra mis nalgas, y yo sentía cada centímetro de su polla deslizándose dentro de mí, llenándome por completo.

—Voy a llenarte el culo de leche —anunció, con la voz rota—. Quiero que la sientas dentro, caliente y espesa.

—Échamela toda —supliqué—. Quiero notar cómo te corres.

Aceleró el ritmo, con embestidas cortas y brutales, y luego se clavó hasta el fondo y soltó un rugido. Sentí su polla latir dentro de mí, una, dos, tres veces, mientras me inundaba con chorros de semen ardiente. Fue tanto que noté cómo me escurría por la raja, mezclándose con mi propio sudor. Se quedó dentro un minuto entero, jadeando contra mi cuello, con las manos aferradas a mis caderas. Luego se retiró despacio y vi su polla aún medio dura, brillante de mi lubricación y de su leche.

Me giré, me senté en el sofá manchado y le miré. Tenía el mono abierto, la camiseta empapada y una sonrisa de satisfacción que le iluminaba la cara. Se acercó, me agarró de la mandíbula y me besó con lengua, lento esta vez, saboreándome. Luego se arrodilló y me lamió la polla, limpiándome los restos de mi propio orgasmo con una dedicación que me puso la piel de gallina.

—¿Te cobro la cerradura o me la pagas en especie? —bromeó, pasándose la lengua por los labios.

—Te pago lo que quieras —respondí, todavía temblando—. Pero antes, dúchate conmigo. Y luego, si quieres, te invito a cenar.

Se rió, se levantó y me tendió la mano. La acepté. Caminamos desnudos hasta el baño, dejando un rastro de semen y sudor por el pasillo. Bajo el agua caliente me folló otra vez, esta vez de frente, con mis piernas alrededor de su cintura y su espalda contra los azulejos. Me corrió en la boca, agarrándome del pelo, y yo me lo tragué todo, mirándole a los ojos. Luego me besó y me dijo que mi culo sabía a gloria. No le cobré la cena. Al final, ni siquiera le cobré la cerradura.

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