CategoríasConfesiones
ExtremoPremium

El fotógrafo de mis sueños

L

LetrasArdientes

29 de enero de 2026

2 lecturas3,421 likes

Escuchar Relato

M
Marcela

Sensual y envolvente

Primera Parte: El Despertar

Mi nombre es Isabella, aunque todos me llaman Isa. Tengo veintiocho años y trabajo como diseñadora gráfica en una agencia de publicidad en el centro de la ciudad. Vivo sola en un apartamento pequeño pero acogedor en el barrio bohemio, donde las calles empedradas y los cafés con terraza crean un ambiente que siempre me ha parecido sacado de una película europea.

Durante los últimos tres años, mi vida había seguido una rutina predecible: trabajo, gimnasio ocasional, cenas con amigas los viernes, series de Netflix los domingos. Tenía todo lo que se supone que debería hacerme feliz: un buen trabajo, amigos queridos, un apartamento bonito. Pero había algo que faltaba, algo que no podía nombrar pero que sentía como un vacío en el pecho.

Mi última relación había terminado hace dos años, cuando descubrí que mi novio de entonces, Alejandro, me engañaba con su compañera de trabajo. La traición me había dejado con cicatrices que tardaron en sanar, y desde entonces había evitado cualquier cosa que oliera a romance. Las apps de citas me parecían superficiales, los intentos de mis amigas por presentarme a "alguien perfecto para ti" resultaban en cenas incómodas, y los hombres que se acercaban en bares solo buscaban algo casual que yo no estaba dispuesta a ofrecer.

Pero todo eso cambió un martes de abril, cuando él entró en mi vida como un huracán que arrasó con todas mis defensas.

Era un día normal en la oficina. Estábamos trabajando en una campaña importante para una marca de moda masculina, y el cliente había decidido que necesitábamos un nuevo fotógrafo para el proyecto. Cuando mi jefa, Mariana, me presentó a Sebastián Reyes, sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Era, sin exagerar, el hombre más guapo que había visto en mi vida. Alto, de al menos un metro ochenta y cinco, con cabello negro ligeramente ondulado que caía sobre su frente de una manera que te hacía querer apartárselo con los dedos. Sus ojos eran de un marrón tan oscuro que parecían casi negros, enmarcados por pestañas espesas que cualquier mujer envidiaría. Tenía una mandíbula cuadrada cubierta por una barba de varios días perfectamente recortada, y cuando sonrió al estrechar mi mano, noté que tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda que añadía un toque de dulzura a su aspecto varonil.

"Isabella," dijo, pronunciando mi nombre con una voz grave que envió vibraciones por todo mi cuerpo. "He visto tu trabajo. Eres muy talentosa."

Sentí el calor subir a mis mejillas. "Gracias. He visto el tuyo también. Las fotos que hiciste para la campaña de Versace fueron impresionantes."

Él sonrió más ampliamente, y juro que algo dentro de mí se derritió. "Entonces trabajar juntos va a ser interesante."

No tenía idea de cuánta razón tenía.

Las semanas siguientes fueron una tortura exquisita. Sebastián y yo trabajábamos codo a codo en el proyecto, pasando horas revisando conceptos, discutiendo ideas, debatiendo sobre colores y composiciones. Era brillante, apasionado, con una visión artística que complementaba perfectamente la mía. Nuestras conversaciones fluían con una naturalidad que me sorprendía, pasando del trabajo a temas personales sin que me diera cuenta.

Descubrí que tenía treinta y cuatro años, que había viajado por todo el mundo con su cámara, que hablaba cuatro idiomas y que hacía el mejor café con leche que había probado en mi vida. Descubrí que le gustaban los documentales sobre naturaleza, que odiaba las películas de terror, que tenía un gato negro llamado Picasso que aparecía en muchas de sus historias.

Y con cada nuevo detalle que aprendía sobre él, sentía cómo las murallas que había construido alrededor de mi corazón empezaban a agrietarse.

El problema era que no sabía si él sentía lo mismo. Era profesional, amable, encantador con todos. ¿Era así conmigo porque le interesaba, o simplemente porque así era su personalidad? Mis amigas me decían que estaba loca, que era obvio que él me miraba de una manera especial. Pero yo, quemada por experiencias pasadas, me negaba a ver lo que no quería ver.

Fue durante la sesión de fotos final cuando todo cambió.

Estábamos en un estudio alquilado, trabajando hasta tarde para cumplir con la fecha de entrega. El modelo ya se había ido, el equipo técnico también, y solo quedábamos Sebastián y yo, revisando las fotos en su laptop.

Estábamos sentados muy cerca, nuestros hombros rozándose mientras él pasaba las imágenes. El estudio estaba en penumbras, iluminado solo por la luz de la pantalla y unas velas aromáticas que alguien había dejado encendidas. El ambiente era íntimo, casi romántico.

"Esta es mi favorita," dijo él, deteniéndose en una imagen particularmente potente. Su voz sonaba más ronca de lo normal, o quizás era mi imaginación.

Me incliné para ver mejor, y de repente me di cuenta de lo cerca que estábamos. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su colonia mezclada con algo más personal, más él. Mi corazón empezó a latir más rápido.

"Es perfecta," logré decir, aunque mi voz sonó extraña incluso a mis propios oídos.

Él giró la cabeza para mirarme, y nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia. Pude ver las motas doradas en sus ojos oscuros, la textura de su piel, la curva de sus labios. El aire entre nosotros se cargó de electricidad.

"Isabella," murmuró, y la manera en que dijo mi nombre fue como una caricia. "Llevo semanas queriendo hacer algo."

"¿Qué?" susurré, aunque una parte de mí ya sabía la respuesta.

"Esto."

Y me besó.

El primer contacto de sus labios fue suave, tentativo, como si estuviera dándome la oportunidad de apartarme. Pero apartarme era lo último que quería hacer. Mis manos encontraron su pecho, sintiendo el calor a través de la tela de su camisa, y me incliné hacia él, profundizando el beso.

Él gruñó contra mi boca, un sonido primitivo que resonó en lo más profundo de mi ser. Sus manos encontraron mi cintura y me atrajeron más cerca, hasta que prácticamente estaba sentada en su regazo. Nuestras lenguas se encontraron, bailando juntas, explorando, probando.

Cuando finalmente nos separamos para respirar, ambos jadeábamos. Sus ojos estaban oscurecidos de deseo, reflejando exactamente lo que yo sentía.

"He querido hacer eso desde el primer día," confesó, su voz ronca. "Desde el momento en que te vi."

"¿Por qué no lo hiciste?"

"Porque eres mi compañera de trabajo. Porque no quería arruinar lo que teníamos. Porque tenía miedo de que me rechazaras." Su mano subió para acariciar mi mejilla. "Pero ya no puedo seguir fingiendo que no siento esto."

Lo besé de nuevo en respuesta, esta vez con más urgencia, más necesidad. Todas las semanas de tensión contenida explotaron en ese beso, en esas caricias, en la manera desesperada en que nuestros cuerpos buscaban acercarse más.

Sus manos bajaron por mi espalda hasta encontrar el borde de mi blusa, y sentí sus dedos calientes rozar la piel de mi cintura. Gemí contra su boca, arqueándome hacia él, necesitando más.

"No aquí," dijo él, apartándose con evidente esfuerzo. "No en un estudio prestado. Quiero hacerlo bien. Quiero tratarte como mereces."

Una parte de mí quería protestar, quería decirle que no me importaba dónde estuviéramos, que lo necesitaba ahora. Pero otra parte, la parte que había sido herida antes, agradeció su consideración.

"¿Tu apartamento?" sugerí.

Él sonrió, esa sonrisa con hoyuelo que me hacía perder la cabeza. "A cinco minutos de aquí."

Recogimos nuestras cosas en tiempo récord y salimos a la calle tomados de la mano. Era tarde, las calles estaban casi desiertas, y caminamos rápido, impulsados por una urgencia que ninguno de los dos intentaba disimular.

Su apartamento estaba en un edificio antiguo con fachada de piedra. Subimos las escaleras casi corriendo, y apenas cruzamos el umbral de su puerta, él me empujó contra la pared y me besó como si el mundo fuera a terminar.

Esta vez no hubo contención, no hubo dudas. Nuestras manos exploraban, desabotonaban, desvestían. Mi blusa cayó al suelo, seguida de su camisa. El contacto de nuestros pechos desnudos me arrancó un gemido que él tragó con su boca.

Me levantó como si no pesara nada, mis piernas envolviendo su cintura automáticamente, y me llevó por un pasillo que apenas registré hasta su habitación. La cama era grande, con sábanas oscuras, y cuando me recostó sobre ella, me sentí como si estuviera en un sueño del que no quería despertar.

Él se detuvo un momento, observándome desde arriba. Estaba en sujetador y falda, el cabello despeinado, los labios hinchados de sus besos. Debería haberme sentido vulnerable, expuesta. Pero la manera en que me miraba, como si fuera la cosa más hermosa que había visto en su vida, solo me hacía sentir poderosa.

"Eres increíble," murmuró, bajando para besar mi cuello, mi clavícula, el valle entre mis pechos. "Absolutamente increíble."

Sus manos encontraron el broche de mi sujetador y lo desabrocharon con una habilidad que en otro momento me habría molestado pero que ahora solo agradecía. Cuando mis pechos quedaron libres, él los tomó con reverencia, acariciándolos, besándolos, adorándolos.

Cuando su boca encontró mi pezón, grité. La sensación era demasiado intensa, demasiado perfecta. Él alternaba entre succionar suavemente y mordisquear, mientras su otra mano atendía mi otro pecho, y yo me retorcía bajo él, incapaz de formar palabras coherentes.

Sus labios continuaron bajando, besando mi vientre, el hueso de mi cadera, el interior de mi muslo. Cuando llegó al borde de mis bragas, levantó la mirada para encontrar la mía.

"¿Puedo?" preguntó, sus dedos jugando con el elástico.

"Sí," jadeé. "Dios, sí."

Él sonrió, esa sonrisa devastadora, y lentamente, tortuosamente, deslizó mis bragas por mis piernas. Cuando quedé completamente desnuda ante él, se tomó un momento para observarme, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con una admiración que me hacía sentir como una diosa.

"Perfecta," murmuró, más para sí mismo que para mí. "Absolutamente perfecta."

Y entonces su boca encontró mi centro.

El primer contacto de su lengua fue como un relámpago atravesando mi cuerpo. Grité, mis caderas levantándose involuntariamente, mis manos encontrando su cabello para anclarse. Él lamía, succionaba, exploraba cada pliegue con una dedicación que me hizo ver estrellas.

Nadie me había tocado así antes. Mis amantes anteriores habían sido competentes, supongo, pero esto era diferente. Esto era un hombre que sabía exactamente lo que hacía, que leía cada una de mis reacciones y ajustaba su técnica para maximizar mi placer. Sus dedos se unieron a su lengua, penetrándome lentamente mientras su boca seguía trabajando mi clítoris, y la combinación fue demasiado.

El orgasmo me golpeó como una ola gigante, haciéndome gritar su nombre mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer. Él no se detuvo, siguió lamiendo suavemente, prolongando mi clímax hasta que finalmente me derrumbé, jadeante y temblorosa.

Cuando abrí los ojos, él estaba sobre mí, observándome con una mezcla de satisfacción y deseo. Se había quitado el pantalón en algún momento, y pude sentir su erección presionando contra mi muslo a través de la tela de sus boxers.

"¿Tienes...?" empecé a preguntar.

Él asintió, sacando un condón de la mesita de noche. Lo observé mientras se quitaba los boxers, revelando una erección que me hizo tragar saliva. Era grande, más grande de lo que había esperado, y la anticipación hizo que mi cuerpo se tensara de nuevo.

Se puso el condón con movimientos practicados y se posicionó sobre mí, la punta de su miembro rozando mi entrada. Nuestros ojos se encontraron, y en ese momento sentí una conexión que iba más allá de lo físico.

"¿Lista?" preguntó, su voz ronca de necesidad contenida.

"Más que lista."

Entró lentamente, dándome tiempo para ajustarme a su tamaño. La sensación de ser llenada así, tan completamente, me arrancó un gemido gutural. Él se detuvo cuando estuvo completamente dentro, su frente apoyada en la mía, nuestras respiraciones mezclándose.

"Dios, Isa," murmuró. "No tienes idea de lo bien que se siente estar dentro de ti."

Y entonces empezó a moverse.

Empezó lento, embestidas largas y profundas que me hacían jadear con cada una. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura, atrayéndolo más cerca, más profundo. Sus labios encontraron los míos mientras establecíamos un ritmo juntos, una danza tan antigua como la humanidad misma.

"Más," pedí, necesitando más, necesitando todo lo que pudiera darme.

Él obedeció. Sus embestidas se volvieron más intensas, más urgentes, el sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenando la habitación. Sus manos estaban por todas partes: en mis pechos, en mis caderas, en mi cabello. Y yo arañaba su espalda, mordía su hombro, gemía incoherencias mientras él me llevaba cada vez más alto.

Cambió de posición, levantando una de mis piernas sobre su hombro, y el nuevo ángulo me hizo ver estrellas. Cada embestida tocaba lugares profundos dentro de mí, enviando oleadas de placer por todo mi cuerpo.

"Voy a venirme otra vez," advertí, sintiendo la tensión construirse en mi vientre.

"Sí," gruñó él, sus ojos azules fijos en los míos. "Córrete conmigo. Quiero sentirte."

Sus palabras fueron el detonante. El orgasmo estalló a través de mí, más intenso que el primero, haciendo que todo mi cuerpo se tensara alrededor de él. Lo sentí acelerar, sus embestidas volviéndose erráticas, y segundos después gruñó mi nombre mientras se derramaba, su cuerpo temblando sobre el mío.

Caímos juntos, sudorosos y jadeantes, un enredo de extremidades sobre las sábanas revueltas. Él salió de mí con cuidado, deshizo el condón, y volvió a mi lado, atrayéndome hacia su pecho.

"Eso fue..." empecé, sin encontrar las palabras adecuadas.

"Lo sé," completó él, besando mi frente. "Lo sé."

Nos quedamos así, en silencio, escuchando nuestras respiraciones normalizarse. Su mano acariciaba perezosamente mi espalda, trazando patrones invisibles sobre mi piel. Me sentía saciada, completa, más feliz de lo que había sido en años.

"¿Qué pasa ahora?" pregunté finalmente, la pregunta que había estado evitando.

Él me miró, esos ojos oscuros llenos de algo que no me atrevía a nombrar. "Lo que tú quieras que pase. Pero te advierto, Isabella Vargas, que no tengo ninguna intención de dejarte ir."

Segunda Parte: La Profundización

Las semanas siguientes fueron las más felices de mi vida. Sebastián y yo empezamos a salir oficialmente, aunque "salir" era un término muy modesto para lo que teníamos. Éramos inseparables, pasando cada momento libre juntos, explorando la ciudad, descubriendo restaurantes escondidos, viendo películas acurrucados en su sofá con Picasso el gato ronroneando a nuestros pies.

Y el sexo. Dios, el sexo. Era como si hubiéramos abierto una compuerta que no podía cerrarse. Lo hacíamos en todas partes: en su apartamento, en el mío, en la oficina después de horas, una vez incluso en los camerinos durante una sesión de fotos. Cada vez era diferente, cada vez era mejor, cada vez descubría nuevas alturas de placer que no sabía que existían.

Sebastián era un amante generoso y creativo. Le gustaba experimentar, probar cosas nuevas, llevarme a territorios inexplorados. Una noche llegó con una bolsa de una tienda erótica, y pasamos horas probando cada uno de los juguetes que había comprado. Otra vez me vendó los ojos y me hizo el amor usando solo sus manos y su boca, hasta que perdí la cuenta de cuántos orgasmos tuve.

Pero lo que más me sorprendió fue descubrir cosas sobre mí misma que nunca había sabido. Descubrí que me gustaba tomar el control a veces, montarlo y dictar el ritmo. Descubrí que me excitaba cuando me hablaba sucio, cuando me decía exactamente lo que me estaba haciendo y lo que planeaba hacerme. Descubrí que el sexo podía ser divertido, juguetón, una forma de conexión que iba más allá de lo físico.

Una noche particularmente memorable, estábamos en su terraza, tomando vino bajo las estrellas. Hacía calor, uno de esos calores de verano que te hacen sentir perezoso y sensual. Yo llevaba solo una bata de seda, él estaba en pantalones de pijama, y la tensión entre nosotros era palpable.

"¿Alguna vez has tenido fantasías?" preguntó de repente, sus ojos brillando con malicia.

Sentí el calor subir a mis mejillas. "Todo el mundo tiene fantasías."

"Pero ¿cuáles son las tuyas?"

Tomé un sorbo de vino, ganando tiempo. Nunca había hablado de esto con nadie, ni siquiera con mis amigas más cercanas. Pero algo en la manera en que él me miraba, sin juzgar, solo con curiosidad, me dio el valor para ser honesta.

"Siempre he fantaseado con... hacerlo en un lugar público," admití. "En algún sitio donde pudieran descubrirnos."

Sus ojos se oscurecieron de deseo. "¿Sí? ¿Qué más?"

"Me gusta... cuando tomas el control. Cuando me dices qué hacer." Me mordí el labio, sintiendo el familiar cosquilleo entre mis piernas. "Y me gustaría probar... que me ates."

Él dejó su copa en la mesa y se acercó a mí, su cuerpo irradiando calor. "Creo que podemos arreglar eso."

Me besó profundamente, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos desataban el cinturón de mi bata. Cuando la seda se abrió, revelando que no llevaba nada debajo, gruñó contra mis labios.

"Siempre lista para mí," murmuró, su mano bajando para acariciar mi intimidad. "Siempre tan húmeda."

Me levantó en brazos y me llevó adentro, hacia su habitación. De un cajón sacó unas cintas de seda que no había visto antes, y me miró con una pregunta silenciosa en los ojos.

"Sí," dije, sintiendo la excitación crecer en mi vientre. "Sí, quiero."

Él me ató las muñecas a la cabecera de la cama con movimientos suaves pero seguros. Las cintas eran lo suficientemente apretadas para sostenerme, pero no tanto como para lastimar. Me observó, tendida ante él, completamente a su merced, y vi el deseo ardiendo en sus ojos.

"Eres hermosa así," dijo, su voz ronca. "Completamente mía."

Lo que siguió fue una de las experiencias más eróticas de mi vida. Sin poder usar mis manos, estaba totalmente dependiente de él, de sus caricias, de sus besos, de sus palabras. Él se tomó su tiempo, explorando cada centímetro de mi cuerpo, haciéndome gemir, suplicar, rogar.

Cuando finalmente me penetró, yo estaba tan excitada que casi terminé al instante. Pero él no me dejó, ralentizando cada vez que sentía que me acercaba al borde, manteniendo mi cuerpo en un estado de tensión casi insoportable.

"Por favor," supliqué, tirando de las ataduras. "Sebastián, por favor."

"¿Por favor qué?" preguntó, su voz controlada aunque podía ver el esfuerzo que le costaba.

"Déjame correrme. Necesito correrme. Por favor."

Él sonrió, esa sonrisa devastadora, y aumentó el ritmo. Sus dedos encontraron mi clítoris mientras me embestía, y la combinación fue demasiado. El orgasmo me golpeó con una fuerza que me dejó sin aliento, haciendo que gritara su nombre mientras mi cuerpo se sacudía debajo de él. Lo sentí seguirme segundos después, derramándose con un gruñido que sonó casi animal.

Después, mientras me desataba las muñecas y besaba las marcas rojas que las cintas habían dejado, me di cuenta de que estaba enamorándome de él. No era solo atracción física, aunque eso era innegable. Era la manera en que me hacía sentir: vista, deseada, valorada. Era cómo me hacía reír, cómo me desafiaba intelectualmente, cómo me abrazaba después de hacer el amor como si nunca quisiera soltarme.

Pero había una sombra en mi felicidad, algo que no podía ignorar por mucho que lo intentara. Sebastián nunca hablaba de su pasado, nunca mencionaba ex novias o relaciones anteriores. Cada vez que tocaba el tema, él lo desviaba con habilidad, cambiando de conversación sin que me diera cuenta hasta después.

Fue mi amiga Lucía quien plantó la semilla de la duda.

"¿No te parece raro?" dijo un día mientras tomábamos café. "Un hombre tan guapo, tan exitoso, que llega a los treinta y cuatro soltero. Tiene que haber una historia ahí."

"Quizás simplemente no encontró a la persona correcta," defendí, aunque sus palabras encendieron una alarma en mi mente que no pude apagar.

Esa noche, después de hacer el amor, me atreví a preguntar directamente.

"¿Alguna vez has estado enamorado antes de mí?"

Él se tensó casi imperceptiblemente, pero lo noté. Conocía su cuerpo demasiado bien para no notarlo.

"Una vez," admitió finalmente, su voz neutral. "Hace mucho tiempo."

"¿Qué pasó?"

Silencio. Un silencio largo que se extendió entre nosotros como un abismo.

"Ella murió," dijo finalmente, y las palabras cayeron como piedras en agua quieta. "En un accidente de coche. Hace cinco años."

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. De todas las respuestas que había anticipado, esa no estaba entre ellas.

"Lo siento," murmuré, sin saber qué más decir. "Lo siento mucho."

Él me atrajo hacia sí, abrazándome fuerte. "Fue hace mucho tiempo. He sanado. Pero por eso me costó tanto tiempo volver a abrirme a alguien." Me besó la frente. "Hasta que apareciste tú."

Las semanas que siguieron a esa revelación fueron diferentes. Más profundas, más significativas. Sebastián empezó a abrirse más, a compartir partes de su pasado que antes había mantenido ocultas. Me contó sobre Elena, su novia fallecida. Sobre cómo se habían conocido en la universidad, cómo habían planeado casarse, cómo el accidente había destruido todos sus sueños.

No era fácil escuchar. Había momentos en que sentía celos de una mujer muerta, lo cual era absurdo y lo sabía. Pero también había momentos de profunda gratitud, porque él había elegido compartir esa parte de sí mismo conmigo, porque confiaba en mí lo suficiente para mostrar su vulnerabilidad.

Nuestra relación física también evolucionó. Ya no era solo pasión desenfrenada, aunque eso seguía presente. Ahora había también ternura, intimidad, una conexión que iba más allá del placer físico. A veces hacíamos el amor lentamente, mirándonos a los ojos, comunicándonos sin palabras todo lo que sentíamos. Otras veces era intenso, casi desesperado, como si necesitáramos fundirnos el uno en el otro para asegurarnos de que esto era real.

Empezamos a hablar del futuro. Primero tentativamente, con "algún día tal vez" y "sería bonito si". Pero gradualmente las conversaciones se volvieron más concretas. Vivir juntos. Conocer a las familias. Construir algo duradero.

Fue en el aniversario de seis meses de nuestra primera noche juntos cuando él me propuso que nos mudáramos juntos.

"Prácticamente ya vivimos juntos," argumentó, y tenía razón. Pasábamos cada noche en un apartamento u otro, teníamos cepillos de dientes en ambos lugares, mitad de mi armario estaba en su casa. "¿Por qué no hacerlo oficial?"

Dije que sí, por supuesto. ¿Cómo podría haber dicho que no?

Encontramos un apartamento perfecto: grande, luminoso, con una terraza que daba a un parque y suficiente espacio para que Picasso correteara. La mudanza fue caótica y divertida, lleno de decisiones sobre qué muebles conservar y cuáles donar, discusiones amistosas sobre dónde colgar los cuadros, y pausas frecuentes para hacer el amor en medio de las cajas.

Una noche, poco después de mudarnos, estábamos acostados en nuestra nueva cama (la suya, más grande y cómoda que la mía), agotados de desempacar, cuando él se giró hacia mí con una expresión seria.

"Te amo, Isabella."

Fue la primera vez que lo dijo. Seis meses de relación, semanas de vivir juntos, y era la primera vez que pronunciaba esas palabras. Sentí que mi corazón explotaba de felicidad.

"Yo también te amo," respondí, las lágrimas picando en mis ojos. "Te amo tanto que a veces me asusta."

Él me besó, un beso suave y profundo que contenía todas las promesas que no necesitábamos decir en voz alta. Y después, hicimos el amor de manera diferente a como lo habíamos hecho nunca. Más lento, más significativo, cada toque una declaración, cada beso un voto.

Cuando finalmente nos unimos, nuestros ojos manteniéndose fijos el uno en el otro, sentí que algo fundamental había cambiado. Ya no éramos dos personas explorando una atracción física. Éramos dos personas construyendo una vida juntos, entrelazando sus destinos de maneras que iban más allá de lo que podíamos ver o entender.

Tercera Parte: Las Pruebas

El primer año juntos pasó volando, un torbellino de felicidad, pasión y crecimiento. Aprendimos a convivir, a negociar el espacio compartido, a amarnos no solo en los momentos buenos sino también en los difíciles. Porque los hubo, por supuesto. Ninguna relación está libre de conflictos.

Peleamos por tonterías: quién debía lavar los platos, si el tubo de pasta dental debía exprimirse desde abajo o desde el medio, por qué él insistía en dejar la ropa sucia en el suelo en lugar de en el cesto. Peleamos por cosas más importantes: su tendencia a encerrarse en sí mismo cuando estaba estresado, mi costumbre de evitar los conflictos hasta que explotaba.

Pero siempre, siempre, encontrábamos la manera de resolverlo. Aprendimos a comunicarnos, a escucharnos, a ceder cuando era necesario. Y después de cada pelea, nos reconciliábamos de la mejor manera posible: entre las sábanas, reafirmando con nuestros cuerpos lo que nuestras palabras a veces no sabían expresar.

La primera gran prueba llegó cuando mi padre enfermó.

Fue repentino e inesperado. Un día estaba bien, al siguiente lo llevaban de emergencia al hospital con un infarto masivo. Volé a mi ciudad natal, dejando todo atrás, sin saber si volvería a verlo vivo.

Sebastián llegó dos días después, habiendo dejado una sesión de fotos importante sin terminar. Lo encontré en la sala de espera del hospital, ojeras bajo los ojos, pero con una sonrisa que me hizo llorar de alivio.

"¿Qué haces aquí?" pregunté, abrazándolo fuerte.

"¿Dónde más iba a estar?" respondió simplemente. "Tu lugar es aquí, y mi lugar es contigo."

Las siguientes semanas fueron un infierno de miedo, esperanza y agotamiento. Mi padre sobrevivió, gracias a Dios, pero la recuperación fue larga y difícil. Sebastián estuvo a mi lado todo el tiempo, sosteniendo mi mano durante las noches de vigilia, haciéndome comer cuando olvidaba hacerlo, abrazándome cuando el miedo era demasiado.

Fue durante una de esas noches, en la habitación de hotel cerca del hospital, cuando lo miré y supe con absoluta certeza que quería pasar el resto de mi vida con él.

No porque fuera perfecto. No lo era. Tenía sus defectos, sus miedos, sus sombras. Pero estaba ahí. En el momento más difícil de mi vida, estaba ahí. Y eso valía más que cualquier perfección.

"Cásate conmigo," dije de repente, sorprendiéndonos a ambos.

Él parpadeó, claramente desconcertado. "¿Qué?"

"Cásate conmigo, Sebastián. No tengo anillo, no tengo un plan romántico. Solo sé que te amo y que quiero estar contigo para siempre. Así que... ¿quieres casarte conmigo?"

Él se rió, esa risa que amaba tanto, y sacó algo de su bolsillo. Era una caja pequeña de terciopelo que abrió para revelar un anillo con un diamante modesto pero hermoso.

"Llevo esto conmigo desde hace tres meses," confesó. "Esperando el momento perfecto. Supongo que me ganaste."

Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras él deslizaba el anillo en mi dedo. "¿Eso es un sí?"

"Es un absolutamente, definitivamente, sin ninguna duda, sí."

Cuarta Parte: El Comienzo

Nos casamos seis meses después, en una ceremonia pequeña e íntima en el jardín de la casa de mis padres. Mi padre caminó conmigo hacia el altar, todavía recuperándose pero negándose a perderse ese momento. Mi madre lloró durante toda la ceremonia. Lucía fue mi dama de honor, radiante en su vestido azul.

Y Sebastián me esperaba al final del pasillo, más guapo que nunca en su traje oscuro, mirándome como si fuera la única mujer en el mundo.

Los votos que escribimos fueron personales, imperfectos, llenos de promesas que sabíamos que no siempre seríamos capaces de cumplir pero que haríamos todo lo posible por honrar. Prometimos amarnos en los buenos y malos tiempos, reír juntos, llorar juntos, crecer juntos. Prometimos nunca dejar que el sol se pusiera sobre un enojo, siempre besarnos antes de dormir, mantener viva la pasión que nos había unido.

La noche de bodas, en una suite de hotel con vista al mar, hicimos el amor durante horas. Fue diferente a todas las veces anteriores, más significativo, más trascendente. Ya no éramos solo amantes, éramos esposos, compañeros de vida.

Han pasado cinco años desde esa noche. Cinco años de matrimonio, de convivencia, de amor en todas sus formas. Tenemos una hija ahora, Sofía, que tiene los ojos oscuros de su padre y mi cabello rebelde. Picasso sigue con nosotros, aunque más viejo y menos dispuesto a corretear.

Nuestra vida no es perfecta. Hay días difíciles, noches de insomnio con un bebé llorando, discusiones sobre finanzas o responsabilidades. La pasión que sentíamos al principio ha evolucionado, transformándose en algo más profundo, más maduro. Ya no hacemos el amor con la frecuencia de antes, pero cuando lo hacemos, es con la intimidad de dos personas que se conocen profundamente, que saben exactamente cómo satisfacerse mutuamente.

A veces, cuando miro a Sebastián jugando con nuestra hija, o cuando me abraza por detrás mientras cocino, o cuando me mira a los ojos en medio de una cena familiar, siento el mismo cosquilleo que sentí aquel primer día en la oficina. La misma atracción, el mismo deseo, el mismo amor que ha crecido y profundizado con cada año que pasa.

Me pregunto a veces qué habría pasado si no hubiera tomado ese riesgo, si no hubiera actuado sobre esa atracción, si hubiera dejado que el miedo y las dudas me paralizaran. ¿Dónde estaría ahora? Probablemente en el mismo apartamento, con la misma rutina, viviendo una vida segura pero vacía.

En cambio, tengo esto: un matrimonio que me desafía y me sostiene, una hija que es la luz de mis días, una carrera que me apasiona, y un hombre que me mira todavía, después de seis años juntos, como si fuera la cosa más hermosa que ha visto en su vida.

No es el final feliz de un cuento de hadas. Es mejor. Es real, es imperfecto, es nuestro. Y no lo cambiaría por nada del mundo.

Anoche, después de acostar a Sofía, Sebastián me encontró en la terraza, mirando las estrellas como solíamos hacer cuando recién empezamos a salir. Se sentó a mi lado, tomando mi mano, y por un momento no dijimos nada, solo disfrutamos del silencio compartido.

"¿Eres feliz?" preguntó finalmente, esa pregunta que me hace de vez en cuando, como asegurándose de que no he cambiado de opinión.

Me giré para mirarlo. Sus ojos todavía tenían ese brillo que me cautivó desde el primer día, aunque ahora había arrugas en las comisuras que contaban historias de risas compartidas. Su cabello tenía más canas, pero seguía siendo el hombre más guapo que conocía.

"Más de lo que nunca creí posible," respondí sinceramente. "¿Y tú?"

Él sonrió, esa sonrisa con hoyuelo que todavía hacía que mi corazón diera un vuelco. "Cada día más."

Me besó entonces, un beso suave y profundo que contenía seis años de historia, de amor, de crecimiento conjunto. Y cuando me llevó de la mano hacia nuestra habitación, supe que esta noche, como tantas otras, escribiríamos un nuevo capítulo de nuestra historia.

Una historia de pasión y ternura, de desafíos superados, de amor que crece con el tiempo en lugar de marchitarse. Una historia que empezó con una mirada en una oficina y que, espero, no termine nunca.

Porque eso es lo que el amor verdadero hace: no te da un final feliz, te da un viaje compartido. Y con Sebastián a mi lado, estoy lista para lo que venga.

Dar propina

Comentarios (156)