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Extremo

El masajista que despertó mis sentidos

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CuentosIntimos

20 de enero de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Después de mi divorcio, mi terapeuta me recomendó que empezara a cuidarme más. "Date gustos," me dijo. "Reconecta con tu cuerpo." Llevaba tres años sin que un hombre me tocara, tres años de celibato no elegido que me habían dejado tensa, frustrada, desconectada de mi propia sexualidad. Tenía 40 años y sentía que esa parte de mi vida había terminado.

Vi el anuncio del spa en una revista mientras esperaba en el dentista. "Masaje tántrico: reconecta con tu energía sensual." Me pareció ridículo al principio, pero la curiosidad me ganó. Llamé, hice una cita, y me presenté un jueves por la tarde sin saber exactamente qué esperar.

El lugar era elegante, discreto, con iluminación suave y aroma a sándalo. Me recibió una recepcionista que me explicó el proceso sin entrar en detalles explícitos. "El masaje es sobre energía y conexión," dijo. "Puede ser tan sensual como usted desee. Solo dígale a su terapeuta sus límites." Le dije que no sabía cuáles eran mis límites. Ella sonrió como si esa respuesta la hubiera escuchado antes.

Daniel era mi masajista. Tenía unos 45 años, cabello canoso, ojos azules increíblemente intensos, y manos grandes que inspiraban confianza. Me explicó que el masaje empezaría con técnicas tradicionales y gradualmente se volvería más íntimo. "Usted tiene el control total," aseguró. "En cualquier momento puede decir que pare y pararé."

Me dejó sola para desvestirme. El cuarto tenía una camilla amplia con sábanas de satén, velas aromáticas, y música suave. Me quité toda la ropa, dudando si debía quedarme con la ropa interior. Finalmente decidí que no, que estaba ahí para experimentar algo nuevo, para liberarme. Me cubrí con la sábana y me acosté boca abajo.

Cuando Daniel regresó, bajó la sábana hasta mis glúteos y empezó a trabajar en mi espalda con aceite tibio. Sus manos eran firmes pero gentiles, encontrando nudos de tensión que ni sabía que tenía. Cerré los ojos y me dejé llevar, sintiendo cómo mi cuerpo se relajaba bajo su toque.

Gradualmente, sus manos bajaron a mis glúteos. Los masajeó con movimientos circulares, separándolos ligeramente, acercándose peligrosamente a zonas que nadie había tocado en años. Mi respiración se aceleró, pero no dije que parara.

Pasó a mis piernas, trabajando desde los tobillos hacia arriba. Cuando llegó a mis muslos internos, mis piernas se abrieron casi involuntariamente. Sus dedos rozaban el borde de mi sexo con cada pasada, enviando oleadas de anticipación por mi cuerpo. Yo estaba mojada, podía sentirlo, y sabía que él también podía.

"¿Quieres que continúe?" preguntó, su voz baja y ronca.

"Sí," susurré, casi sin aliento.

Me pidió que me diera la vuelta. Lo hice, exponiendo mis pechos, mi vientre, todo. Él me observó un momento con apreciación antes de cubrir mis ojos con una venda de seda. "Para que te concentres solo en las sensaciones," explicó.

Sin la vista, cada toque se intensificó. Sus manos recorrieron mis brazos, mi cuello, bajando por mi pecho. Cuando llegó a mis pechos, los tomó con suavidad, amasándolos, sus pulgares rozando mis pezones hasta que se endurecieron. Yo gemía suavemente, mi espalda arqueándose hacia sus manos.

"Tu cuerpo ha estado dormido mucho tiempo," murmuró. "Vamos a despertarlo."

Sus manos bajaron por mi vientre, trazando círculos, acercándose a mi entrepierna. Cuando finalmente tocó mi sexo, solté un gemido que me habría avergonzado en circunstancias normales. Pero ahí, en esa habitación con olor a incienso, con los ojos vendados, no existía la vergüenza.

Empezó a masajear mis labios externos con aceite tibio, separándolos suavemente. Sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a hacer círculos lentos, tortuosamente lentos. Yo quería más, más rápido, más fuerte, pero él mantenía un ritmo deliberado que me estaba volviendo loca.

"Respira," me recordaba. "Deja que la energía fluya."

Intenté seguir sus instrucciones, respirando profundamente mientras sus dedos seguían trabajando. La tensión se construía en mi vientre, pero él no me dejaba llegar al borde. Cada vez que sentía el orgasmo acercarse, él cambiaba el ritmo, alejándome del clímax.

"Por favor," supliqué finalmente. "Necesito..."

"¿Qué necesitas?" preguntó, sus dedos deteniéndose.

"Necesito venirme. Por favor. Lo necesito."

Él no respondió con palabras. Sus dedos encontraron mi entrada y dos de ellos se deslizaron dentro de mí. Gemí de alivio al sentirlo finalmente penetrándome. Empezó a mover sus dedos dentro y fuera mientras su pulgar volvía a mi clítoris.

Esta vez no se detuvo. El ritmo aumentó, sus dedos curvándose para tocar mi punto G mientras su pulgar trabajaba mi clítoris. La tensión que había estado construyendo durante una hora finalmente encontró liberación.

El orgasmo fue el más intenso de mi vida. Mi cuerpo entero se sacudió, mis gemidos se convirtieron en gritos, lágrimas corrían bajo la venda mientras oleada tras oleada de placer me recorrían. Duró lo que parecieron minutos, y cuando finalmente terminó, yo estaba sollozando de liberación.

Daniel me quitó la venda suavemente y me sostuvo mientras lloraba. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, de reconexión, de despertar. Tres años de tensión acumulada se liberaron en esa camilla de masajes.

"Tienes un cuerpo hermoso que merece ser adorado," me dijo mientras acariciaba mi cabello. "No dejes que nadie te convenza de lo contrario."

Me vestí lentamente, todavía temblando. Pagué la sesión y dejé una propina generosa. En la puerta, me di vuelta.

"¿Puedo hacer otra cita?" pregunté.

Él sonrió. "Puedes hacer las que quieras."

Eso fue hace seis meses. Ahora voy cada semana. A veces las sesiones son solo masaje, relajantes y restauradoras. Otras veces son como esa primera vez, intensas, liberadoras, orgásmicas. Daniel me ha enseñado a conocer mi cuerpo de maneras que nunca imaginé a los 40 años.

Mi terapeuta tenía razón: necesitaba reconectar con mi cuerpo. Solo que nunca imaginó que lo haría de esta manera. Y honestamente, no me importa. Me siento más viva, más sexual, más completa de lo que me sentí en todo mi matrimonio. Y eso no tiene precio.

El próximo mes, Daniel me prometió enseñarme sobre masaje tántrico de pareja. No tengo pareja, le dije. "Entonces," respondió él con esa sonrisa que me derrite, "yo seré tu pareja." No puedo esperar.

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