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Extremo

Follando con la jefa en el balcón

H

HistoriasOcultas

4 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Nunca pensé que una reunión de trabajo pudiera acabar con mi polla enterrada en el coño de la jefa de prensa en un balcón a las tres de la tarde. Tengo treinta y dos años, un piso en Malasaña que pago con mi sueldo de diseñador gráfico y la certeza de que las normas están para saltárselas cuando la piel pide guerra. Lucía tiene treinta y cinco, un despacho con paredes de cristal y una melena negra que huele a coco y a pecado. Llevábamos semanas rozándonos en los pasillos, con miradas que eran casi lametones y comentarios con doble sentido que me ponían la polla dura debajo de la mesa. Aquel jueves, después de una presentación aburridísima, me siguió hasta la terraza del piso doce con la excusa de tomar aire.

—Estás muy tenso, Mario —me dijo, apoyando el culo contra la barandilla de acero. Llevaba una blusa blanca que se le transparentaba con el sol y una falda negra ceñida que le marcaba las nalgas como un guante. Se mordió el labio inferior y me miró de arriba abajo, deteniéndose en el bulto que ya me estaba creciendo en los pantalones—. ¿O es que algo te está poniendo duro?

—Tú lo sabes perfectamente —respondí, acercándome hasta oler su perfume. El viento le alborotaba el pelo y le pegaba la tela a los pezones, que se adivinaban oscuros y tiesos. No había nadie más en la terraza, pero abajo rugía la Gran Vía y en los edificios de enfrente se veían ventanas con oficinas llenas de gente. Eso me calentó todavía más: la posibilidad de que alguien levantara la vista y nos viera follando como animales.

—Pues demuéstramelo —susurró, desabrochándose el primer botón de la blusa. Le vi el nacimiento de las tetas, la piel bronceada y un canalillo que pedía a gritos mi lengua. No me lo pensé dos veces. La agarré de la nuca, le eché la cabeza hacia atrás y le metí la lengua en la boca con una urgencia que me hizo gemir. Su sabor era dulce, a café y a menta, y su lengua jugaba con la mía mientras sus manos me desabrochaban el cinturón con una destreza de puta experimentada.

—Quiero que me folles aquí mismo —jadeó contra mis labios, mientras me bajaba la cremallera y metía la mano dentro de los calzoncillos. Sus dedos fríos rodearon mi polla, que ya estaba empapada de líquido preseminal, y empezó a masturbarme despacio, apretando el puño en la base y subiendo hasta el glande con un movimiento giratorio que me hizo temblar—. Joder, qué dura la tienes. ¿Es toda para mí?

—Toda, zorra —gruñí, y le quité la blusa de un tirón. Los botones saltaron por el suelo de la terraza. Llevaba un sujetador de encaje negro que apenas le cubría los pezones, y se lo bajé con brusquedad para abalanzarme sobre sus tetas. Eran medianas, firmes, con las areolas oscuras y los pezones largos que se me endurecieron en la boca. Los chupé, los mordí, los lamí con desesperación mientras ella gemía y me agarraba del pelo, empujando mi cara contra su carne.

—Sí, así, cómeme las tetas… me encanta cómo me muerdes, cabrón —suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Le metí una mano por debajo de la falda y encontré las bragas empapadas. El olor de su coño caliente me subió a la nariz y me volvió loco. Aparté la tela húmeda y le metí dos dedos de golpe. Estaba tan mojada que mis nudillos resbalaron dentro de ella con un sonido obsceno, y su coño me apretó los dedos como si quisiera tragárselos.

—Mira cómo estás, Lucía —le dije al oído, moviendo los dedos dentro de su coño con fuerza, follándola con la mano mientras le mordía el lóbulo—. Tienes el coño empapado y ni siquiera te he tocado el clítoris. Eres una guarra, ¿verdad? Te encanta que te follen en la terraza de la oficina, con toda la ciudad mirando.

—Sí, soy una guarra —gimió, frotándose contra mi mano—. Tu guarra. Fóllame, Mario, por favor, no aguanto más. Quiero sentir tu polla dentro de mí.

La giré de golpe y la empujé contra la barandilla. Le subí la falda hasta la cintura, le bajé las bragas por las piernas y le di una palmada en el culo que sonó como un latigazo. Sus nalgas temblaron, blancas y redondas, y vi su coño abierto y brillante de flujo, con los labios hinchados y el clítoris asomando entre los pliegues. Me saqué la polla por fin, gruñendo al sentir el aire frío en el glande, y me la coloqué en la entrada de su coño. Estaba tan caliente que el simple roce me hizo ver las estrellas.

—Métemela toda —rogó, arqueando la espalda y abriendo las piernas. La agarré de las caderas y la empalé de una sola embestida. Su coño me recibió con una contracción brutal, apretándome la polla como un puño caliente y mojado. Los dos gemimos a la vez, un sonido animal que se perdió en el ruido del tráfico. Me quedé un segundo dentro de ella, sintiendo cómo sus paredes me exprimían, y luego empecé a follarla con embestidas largas y profundas, sacando casi toda la polla para volver a enterrarla hasta los huevos.

—Joder, qué coño más apretado tienes —gruñí, clavándole los dedos en las caderas—. Me estás chupando la polla con el coño, zorra. ¿Te gusta que te follen así, de pie, como a una puta barata?

—Me encanta, me encanta tu polla, fóllame más fuerte —gritó, y sus palabras se mezclaron con el sonido de mis huevos chocando contra su culo. El balcón vibraba con cada embestida, y yo veía a la gente diminuta caminando por la calle, ajena a que a doce pisos de altura una mujer estaba siendo follada sin piedad. Esa idea me hizo bombear más rápido, con un ritmo salvaje que hacía que sus tetas se balancearan y que su coño soltara jugos que me resbalaban por los muslos.

Le metí una mano entre las piernas y le froté el clítoris con el pulgar mientras la follaba. Ella soltó un gemido agudo y se agarró a la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su coño empezó a latir alrededor de mi polla, y supe que estaba a punto de correrse. Le di una palmada en el culo y luego le agarré una nalga, abriéndosela para ver mi polla entrando y saliendo de su coño rojo e hinchado. La imagen era tan obscena que sentí que los huevos se me subían.

—Voy a correrme, Mario, no pares, no pares, me voy a correr en tu polla —chilló, y su cuerpo se tensó como un arco. Su coño me apretó con una fuerza brutal, una serie de espasmos que me ordeñaron la polla, y un chorro de flujo caliente me empapó los huevos y la base del pene. Gemí con ella, follándola a través de su orgasmo, sintiendo cómo su coño se convulsionaba y me succionaba hasta el fondo.

—Eso es, córrete en mi polla, guarra —le dije al oído, mordiéndole el cuello—. Mójame toda, que quiero olerte en mis huevos el resto del día.

Ella se derrumbó contra la barandilla, jadeando, con las piernas temblorosas. Pero yo no había terminado. La saqué de su coño, con la polla brillante de su flujo, y la giré para que me mirara. Estaba despeinada, con los labios hinchados y los ojos vidriosos de placer. Me miró la polla, tiesa y chorreando, y se le escapó una sonrisa perversa.

—Quiero que me la chupes —le ordené, agarrándome la polla por la base y apuntándole a la boca—. Quiero correrme en tu boca, Lucía. Quiero que te tragues mi leche aquí mismo, con la ciudad de testigo.

Se arrodilló sin protestar, sobre el suelo frío de la terraza, y me miró desde abajo con una sumisión que me puso la polla todavía más dura. Abrió la boca y me metí el glande entre sus labios. Su lengua caliente se enroscó alrededor de mi polla, lamiendo su propio flujo mezclado con mi presemen, y empezó a chupar con una avidez que me hizo agarrarle la cabeza con las dos manos. La follé la boca con embestidas cortas y profundas, sintiendo su garganta abrirse para mí, mientras ella me miraba con los ojos llorosos y me masajeaba los huevos con una mano.

—Joder, qué bien chupas, zorra —gemí, echando la cabeza hacia atrás—. Me voy a correr en tu boca, Lucía. Te voy a llenar la garganta de leche. ¿Quieres que me corra en tu boca?

Ella asintió con la polla en la boca, gimiendo, y el sonido vibró a lo largo de mi pene. Eso fue el final. Sentí el orgasmo subir desde los huevos, un calor insoportable que me recorrió la columna, y exploté. Le solté la leche en la boca con un rugido, chorro tras chorro espeso y caliente que le llenó la lengua y le resbaló por la barbilla. Ella tragó con avidez, sin soltarme, succionando cada gota mientras yo le follaba la boca con los últimos espasmos de placer.

Cuando por fin me saqué la polla de su boca, ella se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa de satisfacción. Tenía un hilo de semen en la comisura y los pezones todavía duros. Me agaché, le lamí la barbilla y le metí la lengua en la boca para probar mi propia leche mezclada con su saliva. Nos besamos despacio, jadeando, mientras abajo la ciudad seguía su curso, indiferente a lo que acababa de ocurrir en aquel balcón.

—La próxima vez —dijo ella, recogiéndose la falda y buscando sus bragas con una sonrisa pícara—, quiero que me folles en el ascensor. Y sin bragas.

—Trato hecho —respondí, guardándome la polla todavía húmeda en los calzoncillos. Sabía que aquella tarde no iba a poder concentrarme en nada más. Y que aquel balcón se había convertido en mi lugar favorito de todo Madrid.

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