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Extremo

La oficina cerrada y tu boca

N

NarradorSensual

3 de noviembre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Mariana llevaba tres años trabajando en la misma oficina y jamás había mirado a Andrés de esa manera. Tenía treinta y dos, un apartamento propio en Altamira y una vida resuelta, pero esa tarde, cuando lo vio inclinarse sobre su escritorio para explicarle un reporte, algo se le despertó en el vientre. Él tenía treinta y cinco, manos grandes, una barba cerrada que le sombreaba la mandíbula y ese olor a madera y tabaco que se le metía por la nariz sin permiso. El escote del vestido de Mariana se abrió apenas cuando ella se recostó en la silla, y Andrés lo notó. No disimuló. Bajó la mirada, se mordió el labio inferior y soltó un “coño, Mariana” que sonó más a confesión que a queja.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, arqueando una ceja, con una sonrisa de esas que no prometen nada y lo insinúan todo.

—Que me tienes loco desde hace meses —dijo él, cerrando la puerta de la oficina con el pie, sin dejar de mirarla—. Y hoy no voy a aguantar más.

Ella se levantó despacio, sintiendo cómo la tela del vestido se le pegaba a los muslos por el calor. Caminó hacia él, tacones sonando contra el piso de mármol, y le puso una mano en el pecho. Andrés respiró hondo, como si ese contacto le doliera de gusto. No se dijeron nada más. Él la tomó por la nuca, le inclinó la cabeza hacia atrás y la besó con una urgencia que no dejaba espacio para el arrepentimiento. Las lenguas se encontraron húmedas, calientes, y Mariana gimió dentro de su boca cuando él le apretó la cintura con las dos manos, pegándola a su cuerpo. Se sentía el bulto duro de su verga presionando contra su vientre, y ella, lejos de apartarse, se restregó contra él como una gata en celo.

—Quiero que me confieses algo —murmuró ella, separándose apenas, con los labios hinchados y brillantes de saliva—. ¿Qué me harías si estuviéramos solos de verdad?

—Te arrancaría ese vestido con los dientes —dijo Andrés, con la voz ronca, mientras le mordía el cuello—. Te pondría contra la pared y te abriría las piernas hasta que me rogaras que te folle.

—Pues hazlo —respondió ella, echando la cabeza hacia atrás, ofreciéndole la garganta—. Aquí no hay nadie. Solo tú y yo.

Andrés no necesitó más. Le bajó los tirantes del vestido de un tirón, dejando al descubierto sus tetas redondas, morenas, con los pezones ya erectos y oscuros. Se inclinó y se metió uno en la boca, chupándolo con fuerza, mordiéndolo con suavidad, mientras con la otra mano le pellizcaba el pezón libre. Mariana soltó un gemido largo, “ay, sí, así, chúpame toda”, y se aferró a su cabeza, empujándolo contra su pecho. Él se arrodilló frente a ella, le subió el vestido hasta la cintura y se quedó mirando el triángulo de encaje negro que apenas le cubría la concha. Se notaba la humedad, una mancha oscura que delataba lo mojada que estaba.

—Qué rica estás, mi amor —dijo él, pasando un dedo por encima de la tela, sintiendo el calor y la textura pegajosa—. Ya estás chorreando.

—Es tu culpa —jadeó ella, abriendo más las piernas—. Méteme los dedos, Andrés, por favor.

Él le arrancó la ropa interior con un movimiento brusco, y el olor a sexo llenó la oficina. Mariana se apoyó en el escritorio, con el culo contra el borde, y Andrés le separó los labios con los dedos. Estaba depilada, hinchada, brillante de flujo. Le pasó la lengua desde la entrada hasta el clítoris, lento, saboreándola, y ella gritó bajito, “coño, qué rico”, mientras le temblaban las piernas. Él le metió dos dedos de golpe, curvados hacia arriba, y empezó a bombearla mientras le chupaba el clítoris con una devoción obscena. Los sonidos eran húmedos, sucios, y Mariana no podía dejar de gemir, de mover las caderas contra su boca, de agarrarle el pelo con fuerza.

—Así, así, no pares, me voy a venir —dijo ella, con la voz quebrada, sintiendo cómo el orgasmo se le subía desde los talones—. Ay, Andrés, me vengo, me vengo…

El cuerpo se le arqueó, las tetas apuntando al techo, y un chorro de líquido caliente le empapó la barba a Andrés. Él no se apartó; siguió lamiéndola, bebiéndosela, mientras ella se retorcía y gemía con la boca abierta, temblando de pies a cabeza. Cuando por fin la soltó, tenía la cara brillante y una sonrisa de macho satisfecho. Se limpió con el dorso de la mano y se puso de pie, desabrochándose el cinturón sin prisa, mirándola con esos ojos oscuros llenos de hambre.

—Ahora te toca a ti confesar —dijo él, sacándose la verga. Era gruesa, venosa, con la punta morada y brillante de líquido preseminal—. Dime cuánto te gusta mi bicho.

—Me encanta —dijo ella, sin vergüenza, mirándosela fijamente—. Quiero sentirlo adentro, quiero que me rompas toda.

Andrés la giró de un empujón, la dobló sobre el escritorio y le abrió las nalgas. Le pasó la punta por la raja, mojándola con su propio flujo, y luego la empujó de una sola embestida hasta el fondo. Mariana soltó un grito ahogado, “¡ay, coño, qué grande!”, y se agarró del borde del escritorio mientras él empezaba a follarla duro, con las caderas chocando contra su culo, haciendo que el escritorio se moviera y los papeles cayeran al suelo. El sonido de la carne golpeando carne llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos de él.

—Te gusta así, ¿verdad? —dijo Andrés, agarrándola por el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás—. Te gusta que te folle como una puta.

—Sí, sí, me encanta —gimió ella, con la cara desencajada de placer—. Dámelo más duro, no me tengas compasión.

Él le soltó el pelo y le agarró las caderas con las dos manos, clavándole los dedos en la carne, y empezó a embestirla con una fuerza brutal, sacándole la verga casi entera para volver a enterrarla hasta los huevos. Mariana sentía cómo le golpeaba el cuello del útero, cómo le llenaba cada rincón, y no podía dejar de gemir, de decirle cosas sucias, de pedirle más. Él le dio una nalgada que sonó como un latigazo, y ella gritó de gusto, apretando las paredes de su concha alrededor de su verga.

—Me vas a hacer venir otra vez —dijo ella, con la voz entrecortada—. Sigue, sigue, no pares…

Andrés le metió un dedo en el culo sin avisar, y Mariana se vino al instante, con un grito largo y agudo, apretándolo tan fuerte que a él casi se le salió. El orgasmo le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica, dejándola temblando, con las piernas flojas y la concha chorreando. Él siguió follándola a través de las contracciones, más lento ahora, sintiendo cómo ella lo exprimía, y luego se salió de golpe.

—Ponte de rodillas —ordenó, con la voz ronca, agarrándose la verga mojada—. Quiero venirme en tu boca.

Mariana se giró, todavía temblando, y se arrodilló frente a él. Lo miró desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas de placer, y abrió la boca. Andrés le agarró la cabeza con las dos manos y se la metió hasta la garganta, sin miramientos. Ella lo recibió con un gemido, relajando la mandíbula, dejando que él se follara su boca con la misma urgencia con la que le había follado la concha. La saliva le corría por la barbilla, le caía entre las tetas, y el sonido de las arcadas leves se mezclaba con los gruñidos de él.

—Así, mi amor, así, trágatela toda —dijo Andrés, con los dientes apretados, sintiendo cómo se le subía el orgasmo—. Me voy a venir, me voy a venir en tu boca…

Mariana lo miró a los ojos y asintió, sin dejar de chupar, y él soltó un rugido y le llenó la boca de semen caliente, espeso, a chorros. Ella tragó todo, sin perder ni una gota, y luego le lamió la punta con suavidad, sacándole hasta la última gota. Andrés se quedó un momento así, con la verga todavía en su boca, respirando fuerte, y luego la levantó y la besó, probando su propio sabor en la lengua de ella.

—Eres una confesión andante —dijo él, sonriendo contra sus labios—. Y yo soy tu pecado favorito.

—Pues ven y peca otra vez —respondió ella, mordiéndole el labio, sintiendo cómo la verga de él volvía a endurecerse contra su muslo—. Que la noche apenas empieza.

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