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Extremo

La puta del ventanal

F

FantasiaRoja

30 de octubre de 2026

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M
Marcela

Sensual y envolvente

Mariana tenía veintiocho años, un departamento en la Condesa con ventanales del piso al techo y una calentura que le ardía desde hacía semanas. Su novio, Beto, de treinta y uno, la había estado calentando por mensaje toda la tarde: “Hoy te quiero ver bien puta, sin calzones, y que te valga madre quién mire”. Ella se paró frente al espejo del baño, se untó aceite corporal en las tetas, se pellizcó los pezones hasta endurecerlos y se puso un vestido negro tan corto que al caminar se le veía la raya del culo. No llevaba bra, no llevaba calzones. Se miró el pubis recién depilado, se pasó un dedo por la raja húmeda y sonrió. “Pinche Beto, me va a romper”, pensó, y salió a la sala.

Beto llegó con una botella de mezcal y una erección visible bajo el pantalón de mezclilla. La encontró recargada en el ventanal, con la ciudad encendida de fondo y una pierna flexionada contra el vidrio. Sin decir palabra, se arrodilló detrás de ella, le subió el vestido hasta la cintura y le abrió las nalgas con las dos manos. “Mira nomás qué culito tan mojado, pinche vieja caliente”, gruñó. Mariana gimió y empujó la cadera hacia atrás. Beto le escupió en el ano, dejó que la saliva escurriera hasta la vulva y luego pasó la lengua por todo el camino, lento, desde el clítoris hasta el hoyo apretado. Ella soltó un quejido ronco: “Ay, papi, así, cómeme toda”. Él le metió dos dedos en la panocha mientras le chupaba el clítoris con fuerza, haciendo ruidos obscenos, sorbiendo sus jugos. Mariana apretó las palmas contra el vidrio, dejando marcas de vapor, y movió las caderas en círculos. “Me vas a hacer venir, no pares, pinche lengua tan rica”, jadeó. Beto le metió un tercer dedo y le mordió el labio de abajo. Ella se vino con un grito ahogado, empapándole la barba, temblando contra el ventanal.

Beto se puso de pie, se desabrochó el pantalón y sacó la verga: gruesa, venosa, con la punta morada y brillante de líquido preseminal. Se la restregó entre las nalgas de Mariana, sin penetrarla, solo frotando el glande contra su ano y su vulva. “¿Quieres que te meta la verga aquí, enfrente de todos estos pinches edificios?”, preguntó con la voz ronca. Mariana volteó la cara, con los labios hinchados y los ojos vidriosos. “Sí, papi, métemela toda, que nos vean, que sepan que soy tu puta”. Beto la agarró de la cadera y la penetró de un solo golpe, hasta el fondo. Mariana soltó un alarido que se estrelló contra el vidrio. “¡Ay, cabrón, me la metiste hasta las entrañas!”. Beto empezó a embestirla duro, con las bolas golpeándole el clítoris, mientras le jalaba el cabello para mantenerle la cara pegada al ventanal. “Mira pa’ fuera, zorra, mira cómo te están viendo los del edificio de enfrente”. Y era cierto: en una ventana iluminada, a unos treinta metros, se distinguía la silueta de un hombre con la mano en la bragueta, mirándolos fijamente.

Eso encendió más a Mariana. Se separó del vidrio, se giró y se puso en cuclillas frente a Beto. Le escupió en la verga, la tomó con las dos manos y se la metió a la boca hasta la garganta, sin asco, haciendo arcadas leves y dejando que la saliva le escurriera por la barbilla y las tetas. “Mira cómo me atraganto con tu verga, papi, quiero que se me note lo puta que soy”, dijo con la voz ronca, y volvió a chuparla, lamiendo el frenillo, mordisqueando el glande, chupando las bolas una por una. Beto gemía como animal: “Ah, pinche vieja, me la chupas bien rico, sácame la leche con esa boquita”. Mariana se metió un dedo en la panocha mientras lo mamaba, moviendo la cadera, y con la otra mano se pellizcaba el pezón. El hombre del edificio de enfrente ya se había sacado la verga y se masturbaba sin disimulo, recargado en su ventana. Mariana lo miró directo a los ojos y le sonrió con la boca llena de verga. “¿Ves, papi? Hasta el vecino se está haciendo una puñeta viéndonos”, murmuró, y volvió a tragarse la verga de Beto hasta que los ojos le lloraron.

Beto la levantó, la cargó y la sentó en el borde del sillón, con las piernas abiertas hacia el ventanal. Se arrodilló entre sus muslos y le abrió la vulva con los dedos, exponiéndola a la luz de la ciudad. “Mira qué panochota tan mojada, toda abierta, lista para que me la coja”. Le metió la lengua hasta el fondo, luego subió al clítoris y lo chupó con fuerza mientras le metía dos dedos en el culo. Mariana se arqueó, agarrándose los pechos, pellizcándose los pezones con furia. “¡Ay, sí, papi, méteme el dedo en el culo, chúpame el clítoris, no pares, me voy a venir otra vez!”. Beto le metió un tercer dedo en el ano, despacio, sintiendo cómo se dilataba, y al mismo tiempo le mordió el clítoris. Mariana se vino con un chorro de líquido que le mojó la cara a Beto y salpicó el piso. “¡Me vengo, cabrón, me vengo, ayyy!”. Beto se limpió la boca con el antebrazo y se puso de pie, con la verga dura como piedra, apuntándole a la cara. “Ahora te voy a coger el culo, pinche puta, y vas a gritar para que todo el edificio sepa quién te lo está metiendo”.

Mariana se puso en cuatro patas sobre el sillón, con el culo hacia el ventanal, y se abrió las nalgas con las manos. “Métemela por el culo, papi, pero sin condón, quiero sentir tu verga cruda en mis entrañas”. Beto escupió en su ano, se untó saliva y líquido preseminal en la verga, y empujó la punta contra el hoyo apretado. Mariana gimió de dolor y placer, mordiendo el cojín. “Tranquila, mi amor, relájate, deja que te abra ese culito rico”, le susurró Beto, y empujó con más firmeza. El glande entró de golpe y Mariana soltó un grito gutural: “¡Ay, cabrón, me estás partiendo en dos!”. Beto le agarró las caderas y siguió empujando hasta meterle la verga completa. Se quedó un momento quieto, sintiendo el ano de Mariana apretándolo como un puño caliente. “Está bien apretadito tu culo, pinche vieja, me lo voy a coger hasta que te corras”. Empezó a embestirla lento al principio, luego más rápido, con las bolas golpeándole la panocha. Mariana gemía sin control, con la cara aplastada contra el sillón, la baba escurriéndole por la comisura. “¡Sí, papi, cómeme el culo, más duro, más duro, que me duela rico!”. Beto le dio una nalgada que retumbó en la sala y dejó la huella roja de su mano. “¿Así te gusta, pinche puta? ¿Que te coja el culo enfrente de todos?”. Otra nalgada. “¡Sí, papi, así, soy tu puta, tu zorra, cómeme el culo!”.

El hombre del edificio de enfrente ya se estaba masturbando con desesperación, con la verga brillante y la boca abierta. Mariana lo miró de reojo y le guiñó un ojo, mientras Beto le metía un dedo en la panocha para estimularle el clítoris mientras le cogía el culo. “Mira, papi, el vecino se va a venir viéndonos”, jadeó. Beto volteó a ver y sonrió con malicia. “Pues que se venga, pinche mirón, que vea cómo te hago gritar”. Le metió dos dedos en la panocha y aceleró las embestidas, golpeando el punto G de Mariana desde adentro. Ella empezó a temblar, con los ojos en blanco, apretando el ano alrededor de la verga de Beto. “¡Me voy a venir, papi, me voy a venir por el culo, ayyy, no pares, no pares!”. Beto le agarró el cabello y le jaló la cabeza hacia atrás, arqueándole la espalda. “Vente, pinche puta, vente con mi verga en el culo”. Mariana soltó un alarido que rebotó en los ventanales y se vino con una sacudida violenta, apretando el ano con tanta fuerza que Beto pensó que se iba a venir ahí mismo. El chorro de líquido de Mariana empapó el sillón y las piernas de Beto. “¡Ayyy, cabrón, me estoy viniendo, me estoy viniendo!”.

Beto la sacó del culo con un sonido húmedo y la volteó boca arriba, con las piernas sobre sus hombros. Le metió la verga en la panocha de un solo golpe, hasta el fondo, y empezó a embestirla con furia, mirándola a los ojos. “Ahora te voy a llenar la panocha de leche, pinche zorra, te voy a dejar bien preñada”. Mariana le arañó la espalda, le mordió el cuello, le chupó la oreja. “Sí, papi, échame toda tu leche adentro, quiero sentirla calientita en mis entrañas”. Beto le apretó el cuello con una mano, sin apretar demasiado, y con la otra le frotó el clítoris con el pulgar. Mariana gemía con la boca abierta, con los pechos rebotando, con los pezones duros como piedras. “Mira al vecino, papi, está a punto de venirse, quiere que le eches la leche adentro de mí”. Beto volteó y vio al hombre masturbándose con desesperación, con la verga roja y las bolas apretadas. Eso lo excitó aún más. “Pues que se venga, pinche mirón, que vea cómo te dejo llena de leche”. Aceleró las embestidas, con las bolas golpeándole el ano a Mariana, y ella empezó a gemir sin control, con los ojos en blanco. “¡Ay, papi, me voy a venir otra vez, juntos, vente conmigo!”. Beto sintió que las bolas se le apretaban, que la verga le palpitaba, que el orgasmo le subía desde los huevos. “¡Ah, pinche vieja, me vengo, me vengo!”. Mariana lo apretó con las piernas, le clavó las uñas en las nalgas y se vino con él, gritando: “¡Ayyy, papi, me vengo, me vengo, lléname toda!”. Beto le soltó la leche adentro, chorro tras chorro, con la verga enterrada hasta el fondo, sintiendo cómo la panocha de Mariana se contraía alrededor de él. El hombre del edificio de enfrente también se vino, con un chorro de semen que salpicó su ventana, y se quedó temblando, con la verga en la mano, mirándolos.

Beto se dejó caer sobre Mariana, jadeando, con la verga aún adentro, sintiendo cómo la leche escurría de la panocha de ella y le mojaba las bolas. Mariana le acarició el cabello sudado, le besó la frente, le mordió el lóbulo. “Pinche Beto, me dejaste bien llena de leche, hasta me escurrió por las nalgas”. Él se rió, con la voz ronca, y le dio un beso profundo, metiéndole la lengua. “Es que eres bien puta, mi amor, y me encanta”. Mariana volteó hacia el ventanal y vio que el vecino ya se había retirado, dejando la ventana empañada. Sonrió con malicia. “Mañana le voy a mandar una nota de agradecimiento”. Beto se rió y le mordió el pezón. “Mejor invítalo a ver la próxima, pero que se traiga su propia botella”. Mariana se rió, sintiendo la leche de Beto escurriéndole entre los muslos, y supo que esa noche no había terminado.

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