La urgencia de su jefe
EscritoraSexy
4 de noviembre de 2026
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Sensual y envolvente
Mariana llevaba apenas diez minutos en el apartamento de su jefe, pero ya sentía la humedad pegajosa entre los muslos. Cuarenta y un años, divorciada, con un hijo en la universidad y un trabajo de mierda que pagaba las cuentas, había aprendido a leer las miradas de los hombres. Y la de Julián, su jefe de cincuenta y dos, dueño de una constructora y de unas manos que parecían talladas para agarrar caderas, no era de las que se esconden. La invitó a revisar unos planos un sábado por la tarde, con la excusa de un proyecto urgente. Mariana sabía que no había tal urgencia. Fue igual, con un vestido negro ceñido que le marcaba la cintura y el culo redondo, y unos tacones que hacían sonar el piso de madera como un tambor.
—¿Querés un trago, Mariana? —preguntó él, sirviéndose un whisky sin esperar respuesta.
—Deme uno, pues. Si vamos a hablar de negocios, que sea con algo en la mano.
Julián sonrió, le pasó el vaso y se quedó mirándola mientras bebía. Ella sostuvo la mirada, sin pestañear, y se humedeció los labios con la lengua. El ambiente olía a cuero y a madera, a hombre solo y exitoso. Mariana dejó el vaso en la mesa de centro y se inclinó un poco, mostrando el nacimiento de sus tetas, firmes y generosas, sostenidas por un brasier de encaje negro que se adivinaba bajo la tela.
—Usted no me trajo aquí por unos planos, Julián. Hablemos claro.
—No —admitió él, con la voz ronca—. Te traje porque cada vez que pasás por mi oficina me dejás la verga dura. Y ya me cansé de aguantarme.
Mariana soltó una risa corta, gutural. Se levantó del sofá, caminó hacia él con pasos lentos, cadenciosos, y le puso una mano en el pecho. Julián olía a colonia cara y a deseo. Ella subió la mano hasta su nuca, lo atrajo y le mordió el labio inferior, suave, antes de meterle la lengua en la boca. El beso fue hambriento, húmedo, con los dientes chocando y las manos de él aferrándose a su culo como si fuera lo único que lo mantenía en pie.
—Entonces deje de hablar y coja, hombre —susurró ella contra su boca, mientras le desabrochaba el cinturón.
Julián la empujó contra la pared, le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó el hilo dental de un tirón. Mariana gimió al sentir el aire frío en la raja mojada. Él se arrodilló, le abrió las piernas y le enterró la cara entre los muslos. La lengua de Julián era ancha y caliente, y la pasó de abajo hacia arriba por toda la vulva, separando los labios con la punta, buscando el clítoris hinchado. Mariana se agarró de su cabeza, echó la nuca hacia atrás y soltó un quejido largo.
—Así, malparido, así… chupame toda, no dejés ni un pedacito sin lengua…
Julián le metió dos dedos de golpe, curvados hacia arriba, mientras le succionaba el clítoris con fuerza. Los fluidos de Mariana le corrían por la barbilla, y el sonido de la boca contra su concha era obsceno, húmedo, como si alguien batiera miel. Ella movía las caderas contra su cara, follándole la boca, con los tacones clavados en el piso y las tetas a punto de salirse del escote.
—Me voy a venir, Julián, no parés, así, así, ¡así! —gritó, y el orgasmo le estalló en el vientre como un latigazo, sacudiéndole las piernas y arrancándole un chorro de fluidos que Julián bebió con avidez, sin despegar la boca.
Cuando por fin se levantó, tenía la cara brillante y la verga marcando una tienda en el pantalón. Mariana, todavía temblando, le bajó el cierre y se la sacó. Era gruesa, venosa, con la punta morada y brillante de líquido preseminal. La escupió, la untó con saliva y se la metió en la boca sin previo aviso, hasta la mitad. Julián soltó un gruñido y se agarró de sus hombros.
—Qué rico chupás, Mariana… esa boquita tuya es una chimba…
Ella lo miró desde abajo, con los ojos llorosos y la boca llena, y se la sacó hasta la punta para lamerle el frenillo con la punta de la lengua. Luego la volvió a meter, más hondo, relajando la garganta, mientras con una mano le masajeaba las bolas y con la otra se tocaba el clítoris. Julián le sostenía la cabeza, empujando suave, gimiendo con la boca abierta.
—Me voy a venir en tu boca, Mariana… ¿querés tragarte mi leche?
Ella asintió con la verga adentro, y Julián se corrió con un rugido, llenándole la boca de semen caliente y espeso. Mariana tragó sin asco, pasándose la lengua por los labios, y luego se la limpió con la mano, sonriendo.
—Ahora me toca a mí —dijo ella, y lo empujó hacia el sofá.
Se quitó el vestido por la cabeza, se desabrochó el brasier y dejó al descubierto unas tetas grandes, con pezones oscuros y duros como piedras. Julián se incorporó para chupárselos, mordisqueándolos, mientras ella se sentaba a horcajadas sobre su verga, que ya volvía a estar dura. Mariana se la acomodó en la entrada y se dejó caer de una sola vez, hasta el fondo. Ambos soltaron un gemido al unísono.
—Qué apretada estás, hijueputa… —jadeó Julián, agarrándole las nalgas con fuerza.
—Y vos qué rico la tenés, toda parada… —respondió ella, empezando a cabalgarlo con movimientos circulares, lentos al principio, luego más rápidos, más salvajes.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba el apartamento: piel contra piel, fluidos salpicando, el sofá crujiendo bajo el peso. Mariana se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en las rodillas de él, y Julián le metió un dedo en el culo, despacio, mientras ella seguía saltando sobre su verga. El doble estímulo la hizo gritar, apretando las paredes internas alrededor del miembro.
—Dale, metemelo todo, Julián, no me tengás miedo…
Él la tumbó en el sofá, le puso las piernas sobre los hombros y se la volvió a meter, ahora con embestidas profundas y brutales, sacándola casi por completo para volver a enterrarla hasta los huevos. Mariana se aferró a los cojines, con los ojos en blanco, balbuceando incoherencias. Julián le escupió en la boca y ella abrió la lengua para recibirlo, tragando, pidiendo más.
—Decime que te gusta, Mariana, decime que te encanta que te coja tu jefe…
—Me encanta, Julián, me encanta que me partás en dos, que me llenés toda… soy tu puta, tu puta madura, cogeme sin asco…
Julián la puso en cuatro, sobre la alfombra, y le dio una nalgada que dejó la marca roja en su piel blanca. Mariana arqueó la espalda, ofreciéndole el culo, y él se lo lamió, metiéndole la lengua en el ano, mientras con los dedos le frotaba el clítoris. Ella gemía contra el piso, moviendo las caderas como una perra en celo.
—Metemela por el culo, Julián, quiero sentirte ahí…
Él escupió en la entrada, la lubricó con saliva y con los fluidos que escurrían de su concha, y empujó la punta despacio. Mariana apretó los dientes, respirando hondo, y luego relajó el esfínter para dejarlo entrar. La verga de Julián se hundió centímetro a centímetro, y cuando estuvo adentro, ambos se quedaron quietos un segundo, sintiendo el calor y la presión.
—Qué culo tan rico, Mariana… apretás delicioso…
—Movete, Julián, no me hagás esperar…
Él empezó a embestirla, al principio lento, luego con un ritmo constante y profundo, agarrándola de las caderas. Mariana se tocaba el clítoris con furia, con la cara aplastada contra la alfombra, gritando obscenidades. El orgasmo le llegó en oleadas, una tras otra, y sus fluidos empaparon la mano y el piso. Julián sintió las contracciones en el ano y no aguantó más: se salió, la volteó boca arriba y se pajeó sobre su cara, soltando un chorro de semen que le cayó en la boca, en las mejillas, en las tetas.
Mariana se lamió los labios, recogió el semen con los dedos y se lo metió en la boca, mirándolo a los ojos. Julián se dejó caer a su lado, exhausto, con el pecho subiendo y bajando. Ella se acurrucó contra él, todavía temblando, y le pasó una mano por el pecho sudado.
—¿Y los planos, jefe? —preguntó, con una sonrisa pícara.
—Mañana los vemos —respondió él, riendo—. O pasado mañana. O cuando se me baje la verga.
Mariana se rió también, y se quedaron así, desnudos y satisfechos, con el olor a sexo flotando en el aire y la certeza de que aquello, definitivamente, no había sido por trabajo.