La vecina del ático
NochesCalientes
24 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
La primera vez que Daniel vio a Amparo fue en la comunidad de vecinos, discutiendo con el administrador por una gotera. Tenía cuarenta y siete años, un escote generoso y una melena castaña con mechas caoba que le rozaba los hombros. Él acababa de cumplir veintinueve y llevaba apenas un mes en el edificio, en un piso de alquiler con paredes finas y vecinos ruidosos. Ella vivía justo encima, en el ático, y aquella tarde bajó a quejarse de que el agua se filtraba por el techo de su dormitorio. Daniel la observó desde el rellano, fingiendo que revisaba el buzón. Amparo llevaba un vestido de punto color vino que le marcaba las caderas anchas y un cinturón fino que acentuaba la cintura. No era delgada: era rotunda, con muslos poderosos, brazos torneados y un culo grande que se movía con una seguridad aplastante. Cuando sus miradas se cruzaron, ella le sostuvo la vista un segundo de más y luego volvió a su bronca con el administrador. Daniel sintió un calor seco en la nuca.
Dos días después, coincidieron en el ascensor. Amparo volvía de correr, con mallas negras y una camiseta sudada que se le pegaba a los pechos. Olía a sal y a perfume dulce. Daniel apretó el botón de su planta y ella, sin mirarle, dijo: «¿Eres el nuevo del segundo?». Él asintió, con la boca pastosa. «Pues sube a tomar algo, que te enseño la terraza. Total, la gotera sigue ahí y ya me he cansado de llamar al seguro». No era una invitación ambigua: era una orden disfrazada de cortesía. Daniel subió con ella, sintiendo el ascensor demasiado pequeño, el aire cargado de ese olor a mujer madura y ejercicio. En el ático, Amparo le sirvió un vermut con hielo y se sentó en el sofá con las piernas abiertas, sin pudor, dejando que las mallas marcaran el contorno de su coño. Hablaron de tonterías: del ruido de las obras, de un bar nuevo en la esquina, de lo mal que estaba el alquiler. Pero cada pausa se llenaba de una electricidad densa, como si los dos supieran que aquello no era una visita de cortesía.
Fue ella quien dio el primer paso. Se levantó con la excusa de enseñarle la terraza y, al pasar a su lado, le rozó la entrepierna con el dorso de la mano, un roce calculado, brevísimo. Daniel se quedó sin aire. Amparo abrió la puerta de cristal y salió al exterior, donde las macetas de geranios y la ropa tendida creaban un escenario doméstico y obsceno a la vez. «¿Te gusta?», preguntó, apoyada en la barandilla, con el culo hacia él. Daniel no respondió. Se acercó por detrás, le apartó la melena del cuello y le mordió la nuca. Amparo soltó un gemido ronco, gutural, y echó la cabeza hacia atrás. «Ya era hora, joder», susurró. Daniel le agarró las caderas con las dos manos, apretando la carne firme bajo la licra, y restregó su erección contra su culo. Ella empujó hacia atrás, frotándose, buscando el bulto duro. «¿Tienes condones?», preguntó él, con la voz rota. Amparo se giró, le cogió la cara con una mano y le besó con lengua, despacio, saboreándolo. «En el cajón de la mesilla. Pero antes quiero que me comas el coño aquí mismo».
Daniel se arrodilló en el suelo de la terraza, sobre las baldosas calientes por el sol de la tarde. Le bajó las mallas y las bragas de un tirón, dejando al descubierto un coño moreno, con el vello recortado en un triángulo perfecto y los labios mayores hinchados, brillantes de humedad. Amparo se apoyó en la barandilla y abrió las piernas. «Méteme la lengua, no te cortes». Daniel la obedeció. Pasó la lengua plana desde el perineo hasta el clítoris, lento, sintiendo el sabor salado y ácido de su excitación. Amparo gimió: «Joder, sí, así». Él le separó los labios con los dedos y chupó el clítoris con fuerza, haciendo círculos con la punta de la lengua. Ella movía las caderas contra su boca, follándole la cara, agarrándole el pelo con una mano. «Qué bien comes coño, cabrón», jadeó. Daniel metió dos dedos dentro de ella, notando las paredes calientes y resbaladizas, y los movió en gancho mientras seguía chupando. Amparo empezó a temblar. «No pares, no pares, me voy a correr». Él aceleró, succionando el clítoris con avaricia, y ella se vino con un grito ahogado, apretando los muslos alrededor de su cabeza, empapándole la barbilla. Daniel siguió lamiendo hasta que ella le apartó con suavidad, riendo sin aliento. «Eres un puto animal».
Entraron en el dormitorio. Amparo se quitó la camiseta por la cabeza y se desabrochó el sujetador, liberando unos pechos grandes, caídos lo justo, con areolas oscuras y pezones gruesos que se endurecieron al contacto con el aire. Daniel se desnudó a toda prisa, sin dejar de mirarla. Tenía el cuerpo de una mujer que ha vivido: estrías finas en las caderas, una cicatriz pequeña en la rodilla, celulitis suave en la parte trasera de los muslos. Y sin embargo, estaba más dura que ninguna veinteañera. Se tumbó en la cama, abierta de piernas, y se tocó el coño con dos dedos, despacio, mirándole. «¿A qué esperas? Ven aquí y fóllame». Daniel se puso el condón con manos torpes y se colocó entre sus piernas. Le rozó la entrada con el glande, empapado de su propio líquido. «Dímelo otra vez», pidió él. Amparo le clavó las uñas en los hombros. «Fóllame, joder. Métemela entera». Daniel empujó con un solo golpe de cadera, hundiéndose hasta el fondo. Amparo soltó un gemido largo, obsceno, y arqueó la espalda. «Así, así, qué polla más rica». Él empezó a embestir con ritmo constante, agarrando sus caderas, viendo cómo sus pechos botaban con cada sacudida. La cama crujía, el cabecero golpeaba la pared, y los gemidos de Amparo llenaban la habitación. «Más fuerte, no me trates como a una muñeca de porcelana». Daniel obedeció, clavando los dedos en la carne de su culo, follándola con violencia controlada. El sonido de sus cuerpos chocando era húmedo, sucio, perfecto.
Amparo le empujó el pecho y se giró, poniéndose a cuatro patas. «Ahora por detrás, que me encanta». Daniel se colocó detrás, le dio una palmada en el culo que la hizo gemir y la penetró de nuevo, más profundo. Desde esa posición podía ver su espalda sudada, la curva de su cintura, el culo enorme abierto para él. «Mira cómo me follas», dijo ella, volviendo la cabeza. «Mira cómo me abres el coño con tu polla». Daniel miró: vio su verga entrando y saliendo, cubierta del flujo de ella, los labios hinchados abrazándola. «Eres una guarra», dijo él, sin pensar. Amparo rió, un sonido ronco. «Y a ti te encanta, ¿verdad? Fóllame más fuerte, hazme gritar». Daniel la agarró del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, y embistió con saña. Amparo gritó, un grito real, lleno de placer. «Sí, sí, así, no pares, me voy a correr otra vez». Él metió una mano entre sus piernas y le frotó el clítoris mientras la follaba. Amparo se vino con un espasmo violento, apretando el coño alrededor de su polla, empapando las sábanas. Daniel sintió el orgasmo ajeno como una descarga eléctrica y tuvo que detenerse un segundo para no correrse. «No te atrevas a parar», jadeó ella. «Quiero que me llenes».
Daniel la tumbó de lado, levantó su pierna y se colocó detrás, en cuchara. La penetró de nuevo, lento esta vez, saboreando cada centímetro. Amparo volvió la cabeza y le besó, mordiéndole el labio. «Me encanta cómo me follas, joder. Eres joven pero sabes lo que haces». Él le mordió el cuello, le chupó la piel, dejando una marca roja. «Me pones tan dura que no puedo pensar», susurró ella. Daniel metió la mano bajo su cuerpo y le pellizcó un pezón, haciéndola gemir. «¿Te gusta que te pellizque?», preguntó. «Me gusta todo lo que me hagas, cabrón». Él aceleró, follándola de lado, sintiendo su culo rebotar contra su pelvis. Amparo se tocaba el clítoris con dedos rápidos, jadeando, pidiendo más. «Dime que te gusta mi coño», exigió. «Me encanta tu coño, está tan caliente, tan mojado, me aprieta tan bien». «¿Y mi culo?». «Me vuelve loco, quiero follártelo». Amparo gimió, excitada por la idea. «Otro día, ahora quiero que te corras dentro de mí». Daniel sintió que el control se le escapaba. «¿Dónde quieres que me corra?». «En mi coño, joder, llename». Él embistió tres, cuatro, cinco veces más, con fuerza bruta, y se vino con un gruñido animal, apretando los dientes, clavando los dedos en su cadera. Amparo se corrió con él, notando las pulsaciones de su polla a través del condón, gritando su nombre.
Se quedaron un minuto en silencio, jadeando, pegados por el sudor. Daniel se retiró con cuidado, se quitó el condón y lo anudó. Amparo se giró, con el pelo pegado a la frente, los pechos subiendo y bajando. «No está mal para un vecino nuevo», dijo, sonriendo. Daniel se tumbó a su lado, exhausto. «¿Repetimos?». Amparo se incorporó, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Se limpió entre las piernas sin pudor, delante de él, y luego le limpió el pecho. «Primero una ducha. Y luego, si te portas bien, te enseño lo que sé hacer con la boca». Daniel sintió que su polla, todavía sensible, daba un respingo. Amparo se rió, le cogió de la mano y tiró de él hacia el baño. «Vamos, que el agua caliente nos espera. Y no te preocupes por la gotera: ya me ha dejado de importar».