Muérdeme la boca y ábreme entero
HistoriasOcultas
31 de octubre de 2026
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Sensual y envolvente
Diego tenía treinta y cuatro años, un departamento en Providencia que olía a café recién molido y a madera, y una forma de mirar que a Matías, veintiocho, contador en una oficina de Huérfanos, le desarmaba las rodillas. Se conocían hacía tres semanas por una app de citas, pero recién esa noche, un viernes de lluvia tibia, Matías se atrevió a subir. No hubo vino ni música de fondo: apenas Diego abrió la puerta, con el pelo húmedo y una polera negra que se le pegaba al pecho, Matías lo empujó contra el muro del pasillo y le mordió la boca.
—Te he querido comer entero desde que te vi en la foto con esa camisa abierta —gruñó Matías, con la voz ya ronca, mientras le desabrochaba el cinturón a tientas—. ¿Sabís lo que me costó no pajearme pensando en ti en la pega?
Diego se rio contra sus labios, le agarró el poto con las dos manos y lo apretó contra su cadera. Tenía la verga dura marcando el pantalón de buzo gris, y Matías la sintió contra el muslo, gruesa y caliente a través de la tela.
—Muéstrame entonces, huevón —dijo Diego, separándose apenas para sacarse la polera por la cabeza—. Quiero verte la cara cuando te la meta.
El living quedó atrás. Se arrastraron hasta el dormitorio tropezando con los zapatos, riéndose entre besos, y Matías le arrancó el pantalón de buzo junto con el bóxer. La verga de Diego saltó libre, gruesa, con una vena azulada que latía a lo largo del tronco, el glande morado y brillante de líquido preseminal. Matías se arrodilló en la alfombra sin que se lo pidieran, le agarró la base con una mano y se la metió entera en la boca.
—¡Ah, conchetumare! —Diego se afirmó del marco de la puerta, echando la cabeza hacia atrás—. Así, chúpamela, perro culiao…
Matías lo miró desde abajo, con los ojos llorosos y la boca llena, y empezó a mover la cabeza con ritmo, sacando la verga casi entera para luego engullirla hasta la garganta. La saliva le corría por la barbilla y le mojaba los testículos, que Diego tenía afeitados y pesados. Con la otra mano, Matías se sobaba el bulto por encima del jeans, gimiendo con la boca ocupada, sintiendo cómo su propia verga empapaba el bóxer.
—Sácate la ropa —ordenó Diego, con la respiración entrecortada—. Quiero verte el culo.
Matías obedeció sin soltarle la verga, desabrochándose el pantalón con torpeza mientras seguía chupando. Cuando por fin quedó desnudo, Diego lo levantó de un tirón y lo lanzó a la cama boca arriba. Se puso de rodillas entre sus piernas y le separó los muslos con las manos, dejando al descubierto el culo apretado y el hoyo rosado que ya se contraía de anticipación.
—Mira esa raja, weón —dijo Diego, pasándole un dedo por el perineo hasta rozar la entrada—. ¿Te la comís tú solo o querís que te la abra?
—Ábremela —jadeó Matías, arqueando la espalda—. Pero no te demorís, que me estoy muriendo.
Diego escupió directo sobre el hoyo y metió un dedo de golpe. Matías soltó un gemido agudo, apretando las sábanas con los puños. El dedo entró hasta el nudillo, giró, se retiró y volvió a entrar con más fuerza. Luego dos. Diego los movía en tijera, abriéndolo, mientras con la otra mano le sobaba la verga a Matías, que ya chorreaba líquido transparente sobre su propio abdomen.
—Te gusta, putita —murmuró Diego, inclinándose para lamerle el cuello—. Te encanta que te abran el culo, ¿cierto?
—Sí, me encanta —Matías apenas podía hablar—. Méteme otro dedo, porfa, métemelo entero…
Diego le escupió otra vez y metió tres dedos. El sonido húmedo llenaba la pieza, mezclado con los gemidos de Matías, que movía la cadera contra la mano, follándose los dedos como si no pudiera esperar. Diego se los sacó de golpe y se puso de pie al borde de la cama, agarrándose la verga con una mano, apuntando al hoyo dilatado.
—Dime lo que querís —dijo, pasándose el glande por la entrada, mojándola con su propio líquido—. Dímelo fuerte.
—Quiero que me follís, Diego —suplicó Matías, mirándolo con los ojos vidriosos—. Quiero sentir tu pico entero adentro, que me rompái el culo, por favor…
Diego empujó. El glande entró de una, arrancándole un grito a Matías, que abrió la boca y arqueó la espalda como un arco. Diego se detuvo un segundo, respirando hondo, sintiendo el calor y la presión del hoyo apretándole la verga. Luego siguió, centímetro a centímetro, hasta que los testículos le chocaron contra el poto de Matías.
—¡Oh, mierda! —gimió Matías, con las piernas temblando—. Está tan dura… la siento entera…
—Y recién empiezo —dijo Diego, retirándose casi por completo para volver a embestir con fuerza.
El primer envión fue brutal. La cama crujió, el cabecero golpeó la pared, y Matías soltó un alarido que se transformó en un gemido largo y sucio. Diego lo follaba con un ritmo constante, duro, agarrándolo de las caderas con las manos como garras, clavándole la verga hasta el fondo en cada embestida. El sudor les corría por el pecho, por la espalda, y el olor a sexo llenaba la pieza.
—Así, así, no parís —jadeaba Matías, con la voz quebrada—. Fóllame más fuerte, huevón, hazme sentir que soy tuyo…
Diego se inclinó sobre él, apoyando las manos a los lados de su cabeza, y empezó a moverse con embestidas cortas y rápidas, rozándole la próstata en cada golpe. Matías gritaba, se retorcía, se agarraba de la espalda de Diego clavándole las uñas. Su verga, atrapada entre sus cuerpos, chorreaba líquido preseminal que les mojaba el abdomen a ambos.
—Date vuelta —ordenó Diego, saliéndose de golpe—. Quiero verte el poto mientras te la meto.
Matías se giró torpemente, quedando en cuatro patas, con el culo en alto y la cara hundida en la almohada. Diego le abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre el hoyo enrojecido y dilatado, y se la volvió a meter de una sola embestida. Matías gritó contra la almohada, apretando las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Así, conchetumare, así! —aulló, moviendo la cadera hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. ¡Me vai a hacer acabar, Diego, me voy a venir!
—Todavía no —Diego le dio una palmada en el poto que sonó como un latigazo—. Aguantái, huevón, aguantái hasta que yo te diga.
Le agarró el pelo con una mano, tirándole la cabeza hacia atrás, y siguió follándolo con embestidas profundas y lentas, sintiendo cómo el culo de Matías se apretaba a su alrededor. Con la otra mano le rodeó el torso y le pellizcó un pezón, haciéndolo gemir más fuerte. Matías estaba empapado en sudor, con la boca abierta y los ojos en blanco, balbuceando palabras sucias entre gemidos.
—Me encanta tu pico, Diego… me encanta cómo me llenái… quiero que me acabís adentro…
—¿Querís que te llene el culo de leche? —Diego le mordió el hombro, sin dejar de embestir—. ¿Querís sentir mi semen caliente adentro?
—Sí, sí, porfa, lléname… —Matías estaba llorando de placer, con las lágrimas mezclándose con el sudor—. Acábame adentro, huevón, no aguanto más…
Diego lo soltó el pelo y se enderezó, agarrándolo de las caderas con las dos manos. Empezó a follarlo con embestidas cortas y rapidísimas, golpeándole la próstata una y otra vez, mientras Matías gemía sin control, moviendo la cabeza de un lado a otro. El sonido de los cuerpos chocando, de la piel húmeda, de los gemidos y los gritos, llenaba la pieza como una sinfonía obscena.
—Ahora —gruñó Diego, con la voz rota—. Ahora, conchetumare…
Se vino con un rugido, clavándose hasta el fondo, sintiendo cómo su verga palpitaba y descargaba chorro tras chorro de semen caliente dentro del culo de Matías. Matías lo sintió, el calor inundándolo, y eso fue suficiente: su propia verga explotó sin que nadie la tocara, disparando semen sobre las sábanas, sobre su abdomen, sobre la almohada. Gritó el nombre de Diego, con el cuerpo entero temblando, apretando el culo alrededor de la verga que aún lo llenaba, ordeñándola hasta la última gota.
Diego se quedó adentro un momento, jadeando, con la frente apoyada en la espalda de Matías. Luego se retiró despacio, y un hilo de semen espeso y blanco le siguió, escurriendo por el perineo de Matías y goteando sobre las sábanas. Matías se desplomó boca abajo, con el culo todavía abierto y palpitante, respirando con dificultad.
—Weón… —murmuró, con la voz ronca y la cara hundida en la almohada—. Nunca me habían follado así.
Diego se acostó a su lado, pasándole un brazo por la cintura, y le besó el hombro sudado.
—Y eso que es recién la primera vez —dijo, sonriendo contra su piel—. Espérate a la segunda.
Matías se rio, débil, y se giró para besarlo. Tenía el cuerpo entero temblando, el culo lleno y caliente, y una sonrisa de satisfacción que no se le borraba. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Providencia, pero adentro, entre sábanas revueltas y olor a sexo, los dos cuerpos se enredaban de nuevo, ya pensando en la próxima.