El extraño del bar que me hizo perder el control
HistoriasOcultas
16 de enero de 2026
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Sensual y envolvente
Acababa de cumplir 35 años y mi vida era un desastre. Mi novio de cuatro años me había dejado por su secretaria, perdí mi trabajo en una reestructuración, y mi departamento había sufrido una inundación que me obligó a mudarme temporalmente con mi hermana. Esa noche, mientras todos dormían, decidí que necesitaba salir, emborracharme, olvidar aunque sea por unas horas que mi vida se había ido al carajo.
El bar era uno de esos lugares con luz tenue y música jazz en vivo. Perfecto para beber sola sin sentirme juzgada. Me senté en la barra, pedí un whisky doble, y me dediqué a compadecerme de mí misma mientras el alcohol hacía su trabajo.
Él se sentó a mi lado después de mi tercer trago. No dijo nada al principio, solo pidió su bebida y miró hacia el escenario donde un trío de jazz improvisaba. Yo lo observé de reojo: alto, cabello oscuro ligeramente despeinado, mandíbula cuadrada, traje que le quedaba como si hubiera sido hecho a medida. Era exactamente el tipo de hombre que normalmente me intimidaría.
"Parece que tuviste un día difícil," dijo finalmente, sin voltear a verme.
"Un año difícil," corregí, sorprendida de mi propia honestidad.
Él volteó entonces, y sus ojos me atravesaron. Eran grises, casi plateados en esa luz tenue, y me miraban con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar.
"¿Quieres hablar de ello?" preguntó.
"No," respondí. "Quiero olvidarlo."
Una sonrisa se dibujó en sus labios. "Puedo ayudar con eso."
No sé si fue el alcohol, la vulnerabilidad, o simplemente que ya no tenía nada que perder. Pero cuando él pagó nuestras bebidas y me tendió la mano, la tomé. Caminamos juntos hacia la salida, subimos a un taxi, y nos dirigimos a un hotel que él conocía sin que yo preguntara nada.
En el ascensor, me empujó contra la pared y me besó. No era un beso romántico; era hambre pura, deseo sin disculpas. Su lengua invadió mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretar mi trasero. Yo gemí contra sus labios, aferrada a sus hombros, sintiendo su erección presionar contra mi vientre.
La habitación era lujosa, pero apenas la noté. Él me cargó hasta la cama y me tiró sobre ella sin ceremonia. Me observó desde arriba mientras se quitaba el saco y aflojaba la corbata.
"¿Cómo te llamas?" preguntó.
"¿Importa?"
Él sonrió de nuevo, esa sonrisa que prometía placer y peligro. "Supongo que no."
Se abalanzó sobre mí, sus manos rasgando mi blusa en lugar de desabotonarla. Los botones volaron por todas partes y no me importó. Su boca atacó mi cuello, mordiendo, succionando, marcándome. Yo tiraba de su camisa, desesperada por sentir su piel.
Cuando finalmente estuvimos piel contra piel, ambos gemimos de alivio. Su torso era firme, caliente, perfecto contra mis pechos. Él arrancó mi sostén con la misma impaciencia que mi blusa y tomó un pezón en su boca mientras su mano atendía el otro.
"Dios, tienes unas tetas perfectas," gruñó, su voz ronca de deseo.
Nadie me había hablado así, tan crudo, tan directo. Y me encantó. Me sentí deseada de una manera que mi ex nunca me hizo sentir.
Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola hasta mi cintura. Cuando vio mis bragas de encaje, gruñó de aprobación. Las arrancó también, el encaje desgarrándose, y yo jadeé de sorpresa y excitación.
"Estás empapada," murmuró, sus dedos explorando mi sexo. "¿Todo esto es para mí?"
"Sí," gemí. "Todo para ti."
Me penetró con dos dedos sin aviso, haciéndome gritar. Su pulgar encontró mi clítoris y empezó a hacer círculos mientras sus dedos bombeaban dentro de mí. Yo me retorcía en la cama, gemía, gritaba, perdida en sensaciones que no sabía que existían.
"Voy a hacerte venirte hasta que no puedas caminar," prometió. "Hasta que olvides tu propio nombre. Hasta que lo único que recuerdes sea mi verga dentro de ti."
Sus palabras, combinadas con sus dedos, me llevaron al borde. El orgasmo me golpeó como un tsunami, mi cuerpo entero convulsionándose mientras gritaba incoherencias. Él no paró, siguió estimulándome, extendiendo mi clímax hasta que le supliqué que se detuviera.
Se detuvo solo para quitarse el pantalón. Cuando vi su erección, tragué saliva. Era grande, grueso, intimidante. Él se puso un condón con movimientos practicados mientras yo lo observaba, mordiéndome el labio.
"Date la vuelta," ordenó.
Obedecí sin cuestionar, poniéndome en cuatro sobre la cama. Sentí sus manos en mis caderas, posicionándome, y luego entró en mí de un solo golpe.
Grité. De sorpresa, de placer, de dolor mezclado con éxtasis. Era enorme, llenándome completamente, estirándome de maneras que nunca había experimentado. Él esperó un momento, dejando que me acostumbrara, y luego empezó a moverse.
No era gentil. No era tierno. Era salvaje, primitivo, exactamente lo que necesitaba. Sus caderas chocaban contra mi trasero con cada embestida, el sonido de nuestra carne llenando la habitación junto con nuestros gemidos.
"Más fuerte," pedí, sorprendida de mis propias palabras. "Cógeme más fuerte."
Él gruñó y aceleró, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás. La posición hacía que cada embestida tocara lugares profundos dentro de mí, lugares que hacían que viera estrellas.
"¿Así te gusta?" gruñía en mi oído. "¿Te gusta que te cojan como una puta?"
"Sí," grité. "Sí, me encanta."
Y era verdad. En ese momento, en esa habitación con un extraño cuyo nombre no conocía, me sentí más libre, más viva, más yo misma de lo que me había sentido en años. No había expectativas, no había historia, solo placer puro y sin complicaciones.
El segundo orgasmo me golpeó sin aviso, más intenso que el primero. Mi cuerpo se tensó, mis paredes internas apretándolo como un puño, y grité hasta quedarme sin voz. Él gruñó algo ininteligible y lo sentí palpitar dentro de mí mientras se venía, sus caderas estremeciéndose con cada chorro.
Caímos en la cama, jadeantes, sudorosos, satisfechos. Él salió de mí y se deshizo del condón mientras yo intentaba recordar cómo respirar. Luego se acostó a mi lado y me atrajo hacia él, su brazo alrededor de mi cintura.
No hablamos. No hacía falta. En algún momento me quedé dormida, y cuando desperté, el sol entraba por las ventanas y él ya no estaba. En la mesita de noche había una nota: "Espero que hayas olvidado lo que necesitabas olvidar. Cuídate."
Nunca supe su nombre. Nunca volví a verlo. Pero esa noche me enseñó algo importante: que a veces necesitamos perdernos para encontrarnos. Que el sexo puede ser sanador cuando nos permitimos soltar el control. Que hay poder en rendirse al deseo.
Mi vida eventualmente se recompuso. Encontré un nuevo trabajo, un nuevo departamento, incluso un nuevo amor. Pero esa noche con el extraño del bar sigue siendo uno de mis recuerdos más preciados. Un secreto que guardo solo para mí, para recordarme en los días difíciles que soy capaz de tomar lo que quiero, de sentir sin disculpas, de vivir sin límites.